lunes, 1 de febrero de 2016

Nacionalismo en Marcha
(E. Jünger. Leipzig. 1926)


http://www.lalegion.pe/#!filosofia/cqik

Nosotros nos autodenominamos Nacionalistas - una  palabra que nos ha sido consagrada a través del odio del  populacho inculto, del culto y  de un ejército de oportunistas y farsantes. Lo que aquí es odiado, lo que  es rechazado por las superficiales corrientes del progreso, del liberalismo y de la democracia, tiene por lo menos la ventaja  de no ser común. Nosotros no exigimos lo común. Nosotros rechazamos el culto a las verdades comunes, a los derechos humanos comunes,  las obligaciones comunes,  el derecho a voto común, y a la bajeza común - consecuencia  última de todo lo que es común.  Las características y las exigencias comunes, son las características y las exigencias de la masa. Cuanto más común es algo, menor es el valor que contiene. El reconocerse, y apoyarse, en la masa, equivale a creer que  la fuerza del propio peso un mérito propio y no de las leyes  de la gravedad. Y la idea de valorar la Humanidad como el bien más alto y puro, equivale a considerar que lo esencial del individuo es únicamente su pertenencia a una determinada especie de mamíferos.
Lo común es contado y pesado, lo particular es valorado y apreciado. La voluntad común significa, ser incapaz de encontrar un valor específico en uno mismo, por uno mismo.  Significa, en el mejor de los casos, tener razón ojetivamente, medidamente, intelectualmente, científicamente, comúnmente... La voluntad particular, significa, ser la medida de uno mismo,  sentir la propia responsabilidad, reconocer la propia  fuerza espiritual. El nacionalismo moderno, el sentimiento básico de un nuevo género de hombre cansado hasta el vómito de la hueca fraseología de la Ilustración, quiere lo particular. Él no quiere masa y extensión, sino lo que permanece más profundamente dentro de uno: vigor espiritual. Él  no  quiere demostrar sus derechos mediante estudios científicos como hace el Marxismo, sino demostrarlos con su propia existencia, lo quiera o no la ciencia. Él no quiere una meticulosa medición del peso y medida  de sus derechos, sino el Derecho que posee la vida para vivir, y que forma una unidad inquebrantable, de destino, con su propia existencia. Él no quiere  el dominio de las masas, sino el de la Personalidad, cuyo orden se define en el contenido de los valores interiores y de la energía viva. Él no quiere ninguna igualdad, vacua justicia y libertad,  que sólo fundamenta exigencias, sino sentir la suerte que hay de ser lo que se es. El nacionalismo moderno tampoco quiere ninguna idea de  independencia que vague por los espacios vacíos, ningún "espíritu libre", prefiere el firme compromiso. Él no quiere el socialismo de las exigencias, sino el del deber: El Socialismo de un mundo duro y estoico en el que cada uno esté dispuesto a sacrificarse por los demás.
El Padre de este nuevo  nacionalismo es la Gran Guerra. Lo que literatos o intelectuales escriban sobre ella, carece para nosotros de interés.  La guerra es el  resultado de la sangre: aquí sólo es importante lo que los hombres tengan que decir sobre ella. El tristemente famoso manifiesto pacifista de los literatos, ni logrará  eliminar la Guerra ni lo que ésta ha creado.  Es como mucho una bandera al viento, presa la brisa que sople en cada ocasión. El que se mida la guerra con una mayor o menor superficialidad, tiene un interés únicamente psicológico. El núcleo de la juventud alemana no ha vivido la guerra en los cafés ni en cómodos escritorios.  Él puede haber estado en el Infierno, pero bien, es propio del alma fáustica el no salir con las manos vacías ni siquiera del Infierno.  Barbuse, el intelectual pacifista francés,  puede haber visto ahí lo que quiera, pero nosotros hemos visto aquel fuego dantesco con intensidad infinitamente mayor.
Nosotros no hemos vuelto de ahí con un mero nihilismo. Por encima del poder de la materia, se nos ha manifestado el poder de la Idea.  Más allá del horror de las víctimas, hemos reconocido el verdadero valor del hombre y la fuerza de su rango. Más claramente que las rojas llamas del fuego de la guerra, vimos brillar la luz de la Voluntad. Granadas, nubes de gas, vehículos acorazados, todo esto puede ser esencialmente brutal y cobarde, pero para  nosotros es únicamente la apariencia externa, el tétrico trasfondo del que un nuevo hombre, una nueva visión,  ha nacido. Además, percibimos este nacimiento en todos los pueblos de Europa, pues la guerra no sólo afectó a los alemanes. Este nuevo nacionalismo no es un fenómeno que se limite sólo a Alemania. En todas partes vemos, diferenciada por las características de cada pueblo, aquella fuerza, fuerza nacida de la sangre, que exige  nuevas formas. Alegrémonos todos, gritémonos el uno al otro "¡Sed fieles a lo que sois!", pues nosotros preferimos vivir en un mundo lleno de sentido a en una papilla fluctuosa, sin carácter, sin forma y  sin personalidad.  Pero lo que sobretodo debemos recordar: Que la guerra nos ha tocado de la forma más dura. Es necesario un tiempo para tomar  conciencia tras haber sido deslumbrados de aquella manera por lo más horrendo, pero  debemos esperar, que, cuando pase el tiempo y  crezca la nueva siembra, nuestra cosecha será la más rica. La guerra es nuestro padre, ella nos ha engendrado en el ardiente regazo de las trincheras como una nueva raza, y nosotros  reconocemos con orgullo nuestro origen. De ahí que nuestros valores sean heroicos, los valores del guerrero  y no los del tendero que pretende medir el mundo con su diminuto patrón. Nosotros no queremos lo útil, ni lo práctico, ni lo cómodo, sino lo necesario: aquello que el Destino exija.  El soldado  alemán llegado del frente, está desfilando. Derecha, izquierda, y al centro. Dejemos a las columnas tiempo para aclararse sobre la dirección  de la marcha, cada uno para si mismo. Acabará sucediendo, que todos vayamos hacia el mismo punto.  Nuestra bandera no es roja (1), tampoco negra, roja y dorada (2), ni negra, roja y blanca (3), nuestra bandera es la bandera de un nuevo gran Reich, que ha nacido de nuestros corazones y que sólo desde ellos puede ser forjada. Llegará el día, en el que podrá ser desplegada libremente. Nuestra tradición común es la guerra, el gran sacrificio, permanezcamos conscientes sobre el sentido de esta tradición.
En este escrito, en el que te saludo como hermano, compañero de lucha y amigo, y al que pronto seguirán muchos más escritos, quedan abarcados los cuatro pilares del nacionalismo moderno. Ellos  corresponden a la actitud de una juventud que no es doctrinaria, tampoco liberal ni reaccionaria, y que también ha rechazado  la mentalidad de esa revolución de demagogos y charlatanes. Esta juventud ha conquistado la conciencia, en los parajes más horrendos del mundo,  de que los viejos caminos  ya se han acabado y de que ya es hora de abrir otros nuevos. Nosotros saludamos aquella sangre que no se ha  quemado en la lucha, sino que se  ha transformado en brasas y fuego. Lo que ahí no pudo ser destruido, está a la altura de cualquier lucha. Nosotros saludamos a los que vienen, aquellos a los que unirá la profundidad de los viejos rigores. La marcha está en camino, pronto las líneas se cerrarán en una sola e imparable columna.  Nosotros saludamos a los muertos, cuyo espíritu permanece en nuestras conciencias. No, no pueden haber muerto en vano. ¡Alemania, te saludamos!
E. Jünger. Leipzig, 1926.



NOTAS

(1) Bandera Comunista
(2) Bandera de la República de Weimar
(3) Bandera de la Monarquía

2 comentarios:

  1. Que gran texto, como todo lo del Maestro Jünger, no se puede leer sin pensar en Von Solamón y sus libros "Los Reprovos, tambien nosotros estamos regresando cada día como los combatientes , transformados espiritualmente y patrioticamente.Dugin dice, ya no hay fascismo, ya no hay soldados politicos, ya nadie mata por ideas políticas. Más sin embargo en la América Romática antes llamada latinoamerica hay hombres y mujeres inoculados de fanatismo religioso o político, de ahi que se esperan batallas campales a muerte con la "americanotósfera" Todo esta en su lugar, y este texto de Jünger no es fatastico.

    ResponderEliminar
  2. Que gran texto, como todo lo del Maestro Jünger, no se puede leer sin pensar en Von Solamón y sus libros "Los Reprovos, tambien nosotros estamos regresando cada día como los combatientes , transformados espiritualmente y patrioticamente.Dugin dice, ya no hay fascismo, ya no hay soldados politicos, ya nadie mata por ideas políticas. Más sin embargo en la América Romática antes llamada latinoamerica hay hombres y mujeres inoculados de fanatismo religioso o político, de ahi que se esperan batallas campales a muerte con la "americanotósfera" Todo esta en su lugar, y este texto de Jünger no es fatastico.

    ResponderEliminar