lunes, 1 de febrero de 2016

La rebeldía del eterno guerrero

Abel Posee




"MURIO lleno de años", como dice poéticamente de algún patriarca esa Biblia que leía Jünger con precisión escolástica, durante la ocupación de París, vestido con su impecable uniforme de la Reichswehr (una verdadera provocación de las suyas: en la terraza de Lipp o en el Flore, con sus botas relucientes, comentando y leyendo las apocalípticas predicciones de Isaías).

Como en una de sus paradojas, él, que buscó la muerte con voluntad de héroe, fue más bien el testigo de todas las muertes del siglo. En él pareció cumplirse cabalmente el dístico atribuido a Heráclito: "Morir de vida. Vivir de muerte".

Vio desaparecer hombres, titanes de su tiempo y melancólicos intelectuales cada vez más escépticos. Desde el fervor de las ilusiones gestadas por el siglo XIX hasta los desengaños de este final de milenio en el que "el Hombre" de los positivistas y neohegelianos se presenta más bien como un enfermo terminal, irredento, y tal vez ya sin redención posible. Sin embargo, Jünger seguirá gozando de la salud del rebelde. Pese a sus catorce heridas, cruzará la selva ideológica de la centuria criminal que ya agoniza. Fue el Rebelde de su mitología literaria, pero se salvó por haber sido también el Emboscado. El que es consciente de la neurosis ideológica y filosófica, y crea desde el silencio y el apartamiento. Desde joven elige vivir en aldeas apartadas, del interior de Alemania. (Cuando cumple cien años, Mitterrand y el canciller Kohl deciden hacerle un homenaje público: ambos deben viajar a Wiflingen, un pueblito del sur donde se estableció poco después de terminada la guerra. Allí también lo visitó Jorge Luis Borges).


La vida de Ernst Jünger fueron ciento dos años de pasión espiritual y de aventuras. No creía en las diferencias binarias: aventura espiritual y espíritu de aventura eran lo mismo para él.

Era hijo de una familia burguesa de Heidelberg. Nació en 1895. Su padre, químico y farmacéutico, lo preparaba para seguir una sólida carrera, pero Ernst desde joven encarnó una de las figuras centrales de su visión del mundo, la del Rebelde. Primero se agregó a los Wandervögel (pájaros viajeros), un movimiento de adolescentes románticos, dispuestos a viajar en libertad, a gozar de la naturaleza y del tiempo, al margen del orden burgués. Este movimiento engrosaría el llamado Movimiento de Juventudes, con una tendencia populista, naturista y nacional, que prepararía el campo más tarde a los grupos hitlerianos. Una deformación: pájaros, sí, pero no ya poéticamente vagabundos.

Jünger tuvo discusiones feroces, abandonó el hogar y a los dieciocho años se enroló en la Legión Extranjera. Como escribió en su libro dedicado a las drogas, "todo placer viene del espíritu. Y toda aventura, de la proximidad de la muerte: alrededor de ésta, la aventura va describiendo sus círculos". Siente la vocación del guerrero. Hace su rigurosísimo aprendizaje en Argelia y en Sidi-bel-Abbés. Su padre consigue llamarlo a la razón y prosigue sus estudios en Hannover, en una escuela selecta. En diciembre de 1914 es enviado al terrible frente de Champagne. En el Somme será herido dos veces. Su valentía es insólita. Retorna del hospital a la primera línea. Lo ascienden y condecoran. Cada herida cicatriza detrás de una medalla. En un ejército de severos junkers prusianos se transforma en un mito insolente, parecido al del famoso Lawrence de Arabia, que en aquellos mismos años se arriesgaba aristocráticamente en los desiertos de Jordania y Palestina, mientras recitaba el Corán y versos de Rumi.

"Ardor, nunca odio"

A los veinte años, pese a su militarismo transacadémico, será Stosstruppenführer , jefe de comandos de asalto. En el fondo de las atroces trincheras, que huelen a sangre y orín de ratas, lee a Nietzsche, a Schopenhauer, a Baudelaire. Lo respetan curtidos oficiales y suboficiales. Planifica golpes inesperados. Aplica la agilidad de la guerrilla a la estática guerra de posiciones. Su proclama, inusual en esa feroz guerra cuerpo a cuerpo, será: "Ardor, nunca odio".

Su desempeño es tal que recibe catorce heridas, que merecen internación. Tiene veintitrés años cuando le conceden la más alta condecoración alemana: la medalla de la Orden al Mérito que sólo obtendrán doce contemporáneos (uno de ellos, el mariscal Rommel). Esta posición de aristócrata de la guerra como deporte extremo lo preservará de ciertas iras de Goebbels cuando Jünger se niegue, en 1933, a formar parte de la Academia Alemana de Poesía. El mismo Hitler tuvo que respetarlo por el prestigio militar que lo rodeaba.

Sin pretenderse novelista, Jünger recogerá su experiencia en varios libros. El principal es Tempestades de acero , sobre el cual Borges escribió una muy elogiosa crónica en El Hogar . Jünger reflexiona sobre esa revelación del guerrero casi en su adolescencia: "Crecidos en una era de seguridad, todos sentíamos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. La guerra nos arrebató como una borrachera, una embriagada atmósfera de rosas y sangre".

Él ganó su guerra, pero Alemania la perdió. Dirá: "Era preciso perder la guerra para ganar la Nación. Alemania ha sido vencida, pero esta derrota ha sido saludable porque ha contribuido a la desaparición de la vieja Alemania".

Se instala en Leipzig para estudiar biología, zoología y filosofía. Escribe en los diarios de ex combatientes. Se casa con Gretha von Jeinsen y tiene con ella dos hijos. Uno de ellos morirá en 1944, en el frente de Italia, horas antes del alto definitivo del fuego.

Es una Alemania increíble: se siente como si se debiera definir un camino de vida después del caos moral y económico de la derrota. Jünger milita en las fuerzas nacionales que enfrentan la corriente bolchevique. Son días de artículos frenéticos, noches de café en ese Berlín donde se gozan y padecen todas las heces de la decadencia burguesa. Grosz dibujará esos personajes de sopa a la madrugada y de cerveza con costillas de cerdo, rodeados de prostitutas espléndidas en sus breves vestidos de lamé, que sostienen entre sus dedos largas boquillas a lo Pola Negri. Ollas populares en los barrios obreros. Los primeros tangos, en cilindros de cera grabados en Dusseldorf por Villoldo, Arolas y Gobbi. Es el Berlin-Kriminal de Kurt Weil y La ópera de tres centavos . "Sólo se vivía para la idea" escribirá Jünger de esos tiempos de república amenazada.

Son años de intensa actividad: La montaña mágica , de Thomas Mann; el apogeo de Hermann Hesse, con El juego de abalorios ; Los sonámbulos , de Hermann Broch; la aventura poética de Trakl; Rilke y sus Elegías de Duino ; Lou Andreas Salomé que pasaba de la influencia de Nietzsche a la de Freud; Benn y Celan, Bertolt Brecht y Tucholvski; el grupo poético-iniciático de Stephan George.

Conoce a personajes de notable carisma, como Alfred Schuler, que organiza fiestas vestido de romano se considera la reencarnación de un legionario. También frecuenta a un personaje que será importante en las corrientes esotéricas del nazismo, Friedrich Hielscher, que vivió en el Tibet y meditó en torno del reencuentro con la tradición pagana de Europa. Hielscher no fue nunca nazi y estuvo a punto de ser ejecutado en 1944. Amigo de Martin Buber y de Sven Hedin, fascinaba a Jünger como uno de los seres más extraños que había conocido. A partir de esa relación, se produjo la apertura de Jünger al ocultismo y al retorno a lo pagano. Hielscher había fundado una iglesia neopagana con ritos, cánticos y celebraciones tomadas de los nibelungos.

Jünger y su hermano Friedrich Georg trabajan en el campo filosófico-político, muy cerca de los movimientos tradicionalistas movilizados por las insensateces del Tratado de Versalles. Están cerca de las corrientes que desembocarán en el hitlerismo, pero se desvían hacia la izquierda, influidos por la figura todavía poco conocida pero determinante de Ernst Niekisch, jefe de lacorriente nacional-bolchevique, que conciliaba lo que entonces parecían (ya no) extremismos opuestos.

A diferencia de la corriente hitleriana, los Jünger viven el nacionalismo como se podría hacerlo hoy: ante los desastres ecológicos y la sórdida hegemonía financiera y subculturizadora que se esconde detrás del mito de la globalización, "nacida de la racionalidad burguesa, la todopoderosa técnica se resuelve contra quien la ha engendrado. El mundo avanza hacia la técnica y el individuo desaparece, el neonacionalismo debe ser la primera tendencia en extraer estas lecciones" ( Arminius , 1926).

Los dos hermanos fundan una corriente de "nacionalismo revolucionario", que es capaz de convocar a fuerzas de izquierda; pero a partir de la muerte de Rosa Luxemburgo serán devorados por la castradora "globalización" del internacionalismo socialista que, mucho antes que los mercaderes de hoy, propugnaban una cultura, un hombre, un mundo uniformes. Ven en el liberalismo la culminación del pasatismo burgués, la ideología del mercachifle y no la del poeta, del santo o del guerrero. Acusan al intelectual humanista, al Literat , de ser la lacra ya condenada por Spengler, capaz de corroer la sociedad, abusando, disimulando y calumniando por medio del mito de la libertad de prensa, que en realidad encubre un empresariado económico y político.

El trabajador y el paganismo

Este pensamiento culminará en la obra todavía poco conocida de Friedrich Georg Jünger y en el libro más ambiguo y sugestivo de Ernst Jünger, El trabajador , de 1932. A la figura del Trabajador corresponde la movilización total de la sociedad a través de la producción y la tecnología. Es una superación del burgués y del obrero. Sólo se puede ser libre si se acepta esta figura de nuestro tiempo.

Jünger entrevió que el supremo destino del Trabajador era dominar la tecnología y adecuarla a lo humano y a una relación no destructiva con la naturaleza. Esto significaba superar la era de los demiurgos y titanes para consolidar el retorno de los dioses. La epifanía que necesita esta sociedad, triunfante en las cosas y enana y desabrida en todo lo humano.

El ascenso del nazismo al poder significó para Jünger la continuación de su eterno exilio. Tal vez creyó en algún momento, como Heidegger, Benn, Lorenz, Heinrich Mann, que el nazismo significaría una refundación pagana del mundo, una apertura revolucionaria hacia los valores profundos de naturaleza, tierra, sangre y germanidad. Pero en su caso no hubo compromiso alguno. Desde 1933 se indispuso con el régimen. Se emboscó. Se fue a vivir a una pequeña aldea. Se dedicó con ahínco a la entomología, coleccionó libros, insectos, vinos finos. Sin esperanza en triunfos exteriores, fue publicando sus libros: Tormentas de acero , La colina 125 , Acantilados de mármol . Heidegger lo incita a reeditar El trabajador .

Jünger publica sus libros en Lett-Cotta, una editorial poco comercial del sur de Alemania. Es el tiempo de sus reflexiones exóticas, de sus investigaciones con drogas (fue amigo hasta su muerte de Hoffmann, el sintetizador del ácido lisérgico).

Es movilizado como capitán de reserva en 1939 y enviado otra vez al frente de Francia. Esta vez la guerra ya no despierta el impulso y el espíritu aventurero de 1914. Su Diario es desconcertante. Cuenta el avance alemán hablando de flores, de colores, de paisajes y campesinos franceses. Se burla. Nos enseña a no ceder, a anteponer lo mejor de la vida en toda circunstancia. Llamará al primer tomo de sus memorias Radiaciones: jardines y caminos .

Su Diario parisiense está determinado por el mismo esfuerzo: hacer prevalecer lo humano sobre el horror y la humillación de la ocupación. Sólo una civilización como la de los franceses puede comprender el juego: le permiten asistir de uniforme a reuniones con Picasso, Colette, Montherlant, Céline, Cocteau, Gide y el grupo de críticos de la Nouvelle Revue Française .

Del Ritz a la trinchera

Cenas en los grandes restaurantes. Incursiones en librerías de viejo y en rincones de coleccionistas. Vive probablemente amores con esos personajes que nunca describe y encubre con seudónimos: Charmille, Doctoresse... (Hitler se llamará "Kniébolo". Critica su modo de usar la razón tradicional para explicar sinrazones).

Cuando repentinamente lo envían al infierno del frente ruso, en 1942, no pierde el aristocratismo salvador de ponerse por encima de las penurias. Vivirá la derrota de los ejércitos en el frente oriental. De las cenas del Ritz pasará a la sopa de coles. Debe luchar con las ratas para conseguir un espacio para dormir.

Para colmo, sus libros son prohibidos con la excusa "de que sólo hay papel para cosas importantes" (Goebbels).

Los desastres bélicos se suceden. Los triunfadores son también despreciables. Jünger se embosca otra vez en su aldea, ya que la vida pública es atroz e incontrolable.

Los ingleses suceden a Goebbels: comunican que los libros de Jünger seguirán prohibidos. Éste escribirá: "Los perseguidores se relevan".

Es el momento de la gran revelación, la confirmación de todas sus sospechas: estamos en un tiempo nocturnal, hay que recogerse en un espacio de sabiduría y sosegada creación. La paz que sobreviene es otra forma del mismo nihilismo. Es el ciclo del Kall-Yuga del que hablaba su admirado Guénon.

Tiene vivencias sorprendentes al establecerse en Alemania. Impera un hipócrita fervor democrático y aliadófilo: algunos amigos que le recriminaron que no se plegara al nazismo se convierten en funcionarios y le exigen deponer sus ideas antiliberales.

Pero nadie puede destruir la verdad de sus palabras y de sus libros. Se lo mantiene al margen en el mundo universitario y en el de la crítica. El emboscado, el rebelde, tiene que vérselas con la democracia de los conversos.

Desde 1950 se refugia en Wiflingen, en el manoir del castillo que perteneció a su amigo von Stauffenberg, que atentó contra Hitler en 1944.

En Francia y en España se fue haciendo una nueva lectura de este creador que, desde 1920, había predicho la enfermedad y la crisis final del siglo a causa de la incontrolada tecnología.

En 1982 se le concedió en París el premio de la Fundación Cino del Duca. En esa ocasión se congregaron muchos amigos de los tiempos de su estada parisiense. El gran crítico Robert Kanters hizo el elogio del hombre y del creador. Allí tuve oportunidad de conocerlo. Era un señor amabilísimo, vestido con un discreto traje gris. Tenía entonces ochenta y siete años, pero no aparentaba más que setenta.

Años después, con el grupo de la revista Hespérides , propiciamos su viaje a España. Mis amigos Javier Esparza, Isidro Juan Palacios, Fernández Sánchez Aragó y su traductor, Sánchez Pascual, lo llevaron a una corrida de toros. Cuando le señalaron a un matador famoso y le dijeron que tenía una docena de graves heridas, Jünger sonrió y sólo atinó a murmurar: "Conozco el tema".

Murió hace unos días, a los ciento dos años, rebelde en vida y rebelde en una obra que todavía sigue siendo de muy difícil comprensión.


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