sábado, 27 de febrero de 2016


OSWALD SPENGLER, EL HOMBRE QUE VEÍA MÁS LEJOS

(prologo a una edición de "Años decisivos")



Rodrigo Agulló
Autor de Disidencia perfecta. La «Nueva derecha» y la batalla de las ideas. Áltera, 2011


"(...)Spengler fue, no cabe dudarlo, un crítico acerbo del parlamentarismo,
del liberalismo y de la democracia. Pero no en cuanto formas
de gobierno per se, sino más bien en cuanto que en ellas veía
factores de erosión de lo que él denominaba «tradición»: ese conjunto
de fuerzas sociales, de autoridad de las instituciones y de instinto
de conservación que permiten que un pueblo se mantenga en
forma, esto es, que cumpla un determinado papel en la historia. Que
ese instinto era para él lo esencial se pone de relieve, por ejemplo, en
los repetidos elogios que en Los años decisivos y otras obras dedica a
Gran Bretaña —esa cuna del democratismo— cuando señala que
«el pueblo inglés, por muy “liberalmente” que hablara o pensara, ha
sido en la práctica el más conservador de Europa […] en el sentido
de mantenimiento de todas las formas de poder del pasado, hasta
en sus más mínimos detalles ceremoniales; […] mientras no se vislumbraba
una forma nueva más fuerte, se conservaban todas las
antiguas: los dos Partidos, la manera en que el Gobierno se mantenía
independiente del Parlamento en sus decisiones, la Cámara Alta
y la Realeza como factores contemporizadores en situaciones críticas.
Ese instinto ha salvado una y otra vez a Inglaterra». Porque para
Spengler lo más importante no era ésta o aquella fórmula política,
sino una actitud que él denominaba «disciplina del alma"(...)

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http://www.elmanifiesto.com/imagenes%5Cfotosdeldia%5Cprologo_los_a%C3%B1os_decisivos.pdf

jueves, 25 de febrero de 2016

«El mito más fuerte reposa sobre lo nacional»:Carl Schmitt, Georges Sorel y El concepto de lo político


LUIS ALEJANDRO ROSSI

Univ. Nac. de Quilmes (Argentina)


Resultado de imagen para carl schmitt


Link al documento en PDF http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:filopoli-1999-14-FA1420CF-E466-E256-0C74-2E864D8FF4D7&dsID=mito_fuerte.pdf

La Revolución Conservadora Alemana: Una Introducción


Por Lucian Tudor

http://www.academia.edu/13808196/La_Revoluci%C3%B3n_Conservadora_Alemana_Una_Introducci%C3%B3n

Traducción por Sebastián Vera


Nota: Este artículo corresponde al texto introductorio de Lucian Tudor para su libro
 From the German Conservative Revolution to the New Right


La Revolución Conservadora alemana hace referencia a un amplio movimiento intelectual y  político surgido en Alemania y Austria a principios del siglo XX, principalmente en el período de entreguerras, durante la República de Weimar. El movimiento tuvo sus raíces en las obras de antiguos filósofos y autores del siglo XIX, como Friedrich Nietzsche, Johann Wolfgang von Goethe, Ferdinand Tönnies, Constantin Frantz, Friedrich List, Paul de Lagarde y Julius Langbehn, entre otros, haciendo uso de sus ideas o llevándolas más lejos e integrándolas en nuevas filosofías [1]. La Revolución Conservadora fue liderada por grupos de intelectuales que habían comenzado su trabajo antes y durante la Primera Guerra Mundial, pero cuyas contribuciones revolucionarias más importantes comenzaron después de la guerra, en parte como reacción a las crisis política, económica y social que Alemania experimentó repentinamente como consecuencia de su derrota.

Estos pensadores y activistas también influyeron en el movimiento nacionalsocialista de Adolf Hitler y algunos elogiaron al fascismo italiano, pero es importante recordar que su relación con esos movimientos es complicada. Debe reconocerse que la Revolución Conservadora forma una línea de pensamiento distinta del fascismo y del nacionalsocialismo, ni tampoco puede ser mirada como “proto-nazi.” Algunos de sus miembros con el tiempo se unieron al movimiento nacionalsocialista y adoptaron su ideología, pero otros lo hicieron por oportunismo o con la esperanza de influir en él (por lo que nunca aceptaron su ideología) y otros incluso se opusieron tanto fascismo como al  nacionalsocialismo e intentaron crear grupos políticos alternativos. Todos los miembros de la Revolución Conservadora, independientemente de la postura política que tomaron, tenían en común el postular el derrocamiento del Tratado de Versalles y la creación de un rejuvenecido Reich alemán basada en nuevos principios políticos y sociales.

Los intelectuales y dirigentes relacionados con el “movimiento conservador revolucionario” son típicamente conocidos como “conservadores revolucionario” o, en algunos casos, como “neoconservadores”. Una de las figuras culturales más importantes que han popularizado el término “Revolución Conservadora” fue el autor monárquista a
ustríaco Hugo von Hofmannsthal. Hofmannsthal, refiriéndose a la construcción de una nueva Europa basada en las cualidades positivas de la tradición francesa y las fortalezas de principios del siglo XVI, declaró que “El proceso del que estoy hablando es nada menos que una revolución conservadora en una escala nunca conocida en la historia de Europa. Su objeto es formar una nueva realidad alemana, en la cual compartirá toda la nación “ [2]. Sin embargo, la referencia de Hofmannsthal a una
 “revolución conservadora” en aquél momento fue vaga y no tenía la definición más precisa que
se daría años más tarde [3]. Un significado un poco más claro fue dado al término por Edgar Julius Jung en 1932, quien escribió acerca de una nueva revolución alemana que haría una “revisión implacable de todos los valores humanos y disolvería todas las formas mecánicas,” y posteriormente llevaría a una revolución política de impacto internacional:

Por “revolución conservadora” nos referimos al retorno al respeto de todas esas leyes y valores elementales sin los cuales el individuo es alienado de la naturaleza y de Dios y es dejado incapaz de establecer un orden verdadero. En lugar de la igualdad viene el valor interno del individuo; en lugar de las convicciones socialistas, la justa integración de  personas en su lugar en una sociedad jerárquica; en lugar de la selección mecánica, el orgánico desarrollo del liderazgo; en lugar de la compulsión burocrática, la responsabilidad interna del genuino auto-gobierno, en lugar de la felicidad de masas, los derechos de la personalidad formados por la nación.[4]

 La Revolución Conservadora fue un movimiento filosófico muy diverso, pero con tendencias claras: los conservadores revolucionarios desarrollaron a menudo sus propias líneas de  pensamiento único, pero simultáneamente compartían ciertos principios en común con todos los demás, es por eso que todos pueden ser designados por un solo nombre. Todos los conservadores revolucionarios habían desarrollado una crítica mordaz del liberalismo, marxismo, republicanismo, individualismo, igualitarismo, modernismo occidental, materialismo filosófico y nihilismo. Todos tenían en común su creencia en los valores del volk (“gente,” “la nación”, o “ethnos”), el reconocimiento del valor de las diferencias entre individuos y entre los pueblos, la importancia de la autoridad, el valor del holismo y sentimiento de comunidad supra-individual, la importancia de las creencias religiosas, la supremacía de las fuerzas vitales y espirituales sobre la material y las fuerzas artificiales en la vida humana, el llamado a superar el nihilismo moderno y una visión revolucionaria de la tradición (conservadurismo cultural radical). El último concepto es uno de sus rasgos más definitorios y puede ser visto como el significado fundamental de la expresión “conservadurismo revolucionario”.

 Arthur Moeller van den Bruck fue responsable de establecer este concepto en una forma clara y de distinguirla de otras ideas. El punto de vista puramente revolucionario no reconoce la importancia de las tradiciones y valores, mientras que la visión reaccionaria apunta a un completo renacimiento de formas pasadas (culturales, políticas y sociales), creyendo que todo en un particular tiempo pasado fue positivo, o bien se sujeta rígidamente a todas las formas del  pasado. Según Moeller van den Bruck, cierto conservadurismo es conservadurismo revolucionario cuando combina la estabilidad con dinamismo, conservando las tradiciones que son valiosas o eternamente válidas mientras acepta nuevas ideas o prácticas que son beneficiosas: ” El conservadurismo busca preservar los valores de una nación, tanto para conservar los valores tradicionales en cuanto éstos aún posean el poder de crecimiento, como asimilando los nuevos valores que aumentan la vitalidad de una nación”[5].

Moeller van den Bruck además escribió que “el reaccionario ve el mundo como él lo ha
conocido; el conservador lo ve como lo ha sido y será siempre. [Los conservadores] distinguen lo
transitorio de lo eterno”[6]. En otras palabras, hay valores y principios que son atemporales y eternamente válidos, pero las formas particulares (instituciones, leyes, órdenes sociales, formas culturales, etc.) por medio de las cuales ellos se manifiestan son temporales, y varían y se
transforman de acuerdo al tiempo y lugar. “El pensamiento conservador percibe el principio eterno que, ahora en primer plano, ahora en el fondo, mas nunca ausente, en algún momento se reafirma porque es inherente a la naturaleza y a los hombres.” Por ende la frase “el conservadurismo tiene la eternidad a su lado” [7]. Así, el conservadurismo revolucionario es el reconocimiento, preservación o restauración de los valores eternos y principios mientras se descartan ideas y prácticas pasadas anticuadas o irrelevantes, asimilando nuevas ideas en su lugar ”[8].

Esta concepción del conservadurismo hace posible resistir los progresos modernos indeseables sin rechazar todo en el mundo moderno –  sin llegar a ser unos reaccionarios buscan restaurar completamente un estado pasado –  y revolucionar la sociedad contemporánea por medio de la regeneración de lo que fue valioso en el pasado, conservando lo que es valioso en el presente y aceptando nuevas ideas positivas para el futuro. Asimismo, el conservadurismo revolucionario también permite la combinación o síntesis de las ideas que típicamente fueron vistos como antítesis o pertenecientes a escuelas de pensamiento opuestas: la combinación de ideas revolucionarias o radicales e ideas conservadoras o de derecha. Más allá del concepto esencial descrito anteriormente, en la Revolución Conservadora figuran entre los diferentes grupos de
 pensadores un número de lo que podemos llamar sus “tendencias definitorias”, designando como estas a las siguientes: socialismo conservador, integralismo
völkisch, tradicionalismo radical cristiano, pesimismo cultural, biocentrismo, filosofía política y filosofía de la guerra. Debe reconocerse que estas grandes tendencias de pensamiento tienen una relación compleja: muchos se traslapan mientras que otros se contradicen entre sí, así como unos que han sido complementarios se han desarrollado por separado, y algunos que han sido contradictorios entre si se han reconciliado debido a ciertos intelectuales clave. En conjunto, forman las líneas fundamentales del pensamiento que compone la Revolución Conservadora alemana.

Definiendo tendencias de la Revolución Conservadora Alemana.


1. Socialismo conservador

 Basándose en la historia del socialismo no marxista en Alemania (como el del Kathedersozialisten), muchos intelectuales conservadores revolucionarios abogaban por una forma de socialismo que se reconciliaba con valores nacionalistas, conservadores y derechistas.Este “socialismo conservador” se basó en un valor anti-individualista de la comunidad orgánica y la solidaridad social, sobre la reconciliación de la justicia social con un respeto por la desigualdad de carácter y jerarquía en la sociedad, sobre una organización corporativa de la economía, sobre la visión de que la ética (ética de trabajo, altruismo, devoción al servicio y al grupo) es tan importante como la economía en la definición de socialismo, y sobre un mayor énfasis en la unidad nacional en lugar de la guerra de la clases (cuando no un rechazo completo de la guerra de la clases).

Los socialistas conservadores afirmaron que el verdadero socialismo era de una naturaleza distinta al marxismo y criticó a este último por su materialismo económico, igualitarismo, internacionalismo y énfasis excesivo de la clase social en la historia. Sin embargo, al mismo tiempo criticaron al capitalismo por su individualismo atomizador (que desintegra los lazos sociales y “la comunidad del trabajo”), su tendencia al reduccionismo económico y la indiferencia a la calidad, y la creación de la ética capitalista en las sociedades (la obsesión con el beneficio, prácticas de negocios despiadadas, egocentrismo, etc..). Según la crítica de Werner Sombart, el capitalismo estuvo marcado por el surgimiento de la racionalización y la abstracción de las características de la figura mercantil: “Antes que el capitalismo se pudiere desarrollar, el hombre natural tuvo que ser cambiado hasta ser irreconocible y un mecanismo racionalmente dispuesto tuve que ser introducido en su lugar. Tiene que haber una transvaloración de todos los valores económicos”[9].

Podemos mencionar los siguientes como los más importantes ejemplos de socialismo conservador en la Revolución Conservadora: el socialismo de Estado nacional de Johann Plenge, el “socialismo de guerra” de Paul Lensch, el socialismo nacional corporativista de Arthur Moeller van den Bruck, el éticamente orientado “socialismo prusiano” de Oswald Spengler, el “socialismo alemán” de Werner Sombart, el nacionalsocialismo elitista de Hans Zehrer, el socialismo de Estado de Hans Freyer, la teoría del “trabajador” anti-burgués militante de Ernst Jünger, el nacional-bolchevismo de Ernst Niekisch y el movimiento de campesinos de Bruno von Salomon y Ernst von Salomon[10].

2. Integralismo Völkisch

A lo que nos referimos con el término “integralismo Völkisch” es a una línea de pensamiento
que acentúa el sentido del todo social (holismo), el particularismo cultural y un sentido de significado colectivo en el Volk. Conservadores como Hans Freyer, Othmar Spann, Edgar Julius Jung y Werner Sombart desarrollaron una perspectiva integralista, analizando críticamente la situación de la sociedad liberal moderna desde un enfoque sociológico. Criticaron, más  prominente, el individualismo y la apertura extrema de las sociedades capitalistas liberales. La teoría individualista se negaba a reconocer que las personas existían no como individuos desconectados, sino como miembros de un todo supra-individual con conexiones espirituales, mientras que el individualismo en la vida social había alienado a los individuos unos de otros, atomizado la sociedad y destruido el sentido de interdependencia, y de comunidad orgánica y espiritual. Además, la completa apertura cultural de la sociedad liberal había dañado la estabilidad necesaria y original de la cultura, así como la noción de la particularidad y el sentido de un mayor sentido en la propia cultura.

Combinados, el individualismo y la apertura total habían dañado la integridad de los pueblos (Volk), creando incertidumbre y alienación en la vida social y cultural. Los conservadores revolucionarios abogaron por el vuelco de la sociedad liberal y la creación de Estados integrados, más cerrados, étnicamente particularistas y holísticos (anti-individualistas, orientados a la comunidad) que restauraran el profundo sentido del significado colectivo en la vida[11]. Como escribió Hans Freyer, “El hombre es libre cuando es libre en su Volk y cuando es libre en su reino [Raum]. El hombre es libre cuando es parte de una voluntad colectiva concreta, que asume la responsabilidad de su historia… una voluntad que une a los hombres y dota su existencia privada de significado histórico”
[12].

3. Tradicionalismo cristiano radical

 En el pensamiento de algunos intelectuales conservadores revolucionarios y de sus seguidores,  principalmente Othmar Spann y Edgar Julius Jung, se desarrolló una filosofía de religiosidad cristiana, autoritarismo, elitismo o jerarquía y una variante más tradicionalista del concepto de conservadurismo revolucionario. Los tradicionalistas cristianos radicales abogaban por la
 creación de un Estado monárquico que también sería dirigido por una elite jerárquicamente organizada y autoritaria que estaría dispuesta a aceptar nuevos miembros basados en su calidad,
creando así un liderazgo espiritualmente aristocrático. Como lo describió Jung, “El Estado, como
la orden más alta de la comunidad orgánica, debe ser una aristocracia en el sentido último y más alto de la palabra: la regla de los mejores. Incluso la democracia fue fundada sobre este reclamo”[13].

También tuvieron como objetivo establecer un Estado que utilizaría una economía corporativista no socialista (relacionada con el sistema de gremio medieval), sería totalmente anti-individualista y enfatizaría la ética social católica, orgánica, que sería animada por la espiritualidad cristiana y el poder de la iglesia, organizada sobre una base federalista étnico-separatista, en contraposición a una típica base nacionalista. Los tradicionalistas cristianos radicales también afirmaron que su visión del Estado ideal era el “Estado verdadero”, lo que significa una estructura sociopolítica que varía entre las culturas, pero que reaparece en toda la historia, basándose así en un modelo eternamente válido[14].

4. Pesimismo cultural

 El pesimismo cultural ( Kulturpessimismus) era una visión de la naturaleza de las culturas en la que las estas pasan por ciclos de crecimiento y decadencia, lo que generalmente implica la crítica de que la sociedad contemporánea se encuentra en un estado de decadencia. El punto de vista del  pesimismo cultural también rechaza la creencia en el progreso, puesto que todas las culturas en última instancia colapsan, y aboga por una visión cíclica o circular de la historia. La filosofía  pesimista de decadencia fue desarrollada por algunos intelectuales alemanes, siendo el más famoso Oswald Spengler. Spengler sostuvo que las altas culturas tienen sus propios caracteres espirituales esenciales y están “destinadas” a pasar por ciclos predecibles comparables a los de un organismo biológico.

En la teoría de Spengler, la fase temprana de cada alta cultura es la de una Kultur saludable, vital y ascendente, mientras que la fase posterior es la mecanizada, urbanizada y decadente Zivilisation, que es la etapa de la actual cultura occidental[15]. Después de la realización de una alta cultura en una civilización imperialista, inevitablemente morirá, y por esa razón hay no hay“logros eternos” en la historia: “La vida del individuo –  ya sea animal o planta u hombre –  es tan  perecedera como la de los pueblos de culturas. Cada creación, cada pensamiento, cada descubrimiento, y cada hecho está condenado a caer al olvido”[16].

Otro punto de vista del pesimismo cultural fue desarrollado por Ludwig Klages, quien se concentró más en la decadencia de la vida a lo largo de la historia humana. Se ha también afirmado comúnmente que Arthur Moeller van den Bruck era partidario del pesimismo cultural debido a su teoría sobre el surgimiento de “pueblos jóvenes” fuertes y la decadencia de los “pueblos viejos”, pero en realidad su punto de vista no era estrictamente pesimista porque afirmó que la historia era indeterminada y que las naciones podían revertir su caída[17].

5. Biocentrismo

El “biocentrismo” es una rama de la Lebensphilosophie (“filosofía de la vida”) que fue desarrollada principalmente por Lufwig Klages, aunque también fue abogada por sus seguidores y otros pensadores vitalistas que fueron influenciados por su trabajo. El biocentrismo establecía una distinción esencial entre Seele (“alma”) y Geist (“espíritu”), cosas que combaten entre sí
durante la vida humana. El “Geist” es el intelecto, el pneuma o el logos… lo que llamaríamos en lenguaje ordinario la inteligencia, el espíritu, la mente… “El ‘Seele’ corresponde a la psique griega. Es el principio vivo, la chispa vital… y una con el cuerpo, el soma.” [18] El biocentrismo es una filosofía romántica y anti-racionalista que concibe al Alma como positiva y al Espíritu como negativo. Según la teoría biocéntrica, los seres humanos originalmente (en tiempos ancestrales, primordiales) vivían der acuerdo al principio de Leben (“vida”, la cual es sostenida como valor último, distinguiéndose así de la mera existencia) y en una relación armoniosa con el cosmos y el mundo sensual de las imágenes.

En la teoría biocéntrica, en algún momento de la historia la fuerza del Espíritu se había entrometido en la vida humana, causando que los seres humanos utilizaran un pensamiento abstracto y conceptual (en contraposición a lo simbólico) junto con el intelecto racional, comenzando así la separación entre cuerpo y Alma. Para esta teoría, mientras más avanza la historia humana más la verdadera Vida es limitada y arruinada por el Espíritu en un proceso largo, pero finalmente imparable que termina en la formación de pueblos totalmente mecanizados, demasiado civilizados y sin alma. Esta última etapa de la humanidad está marcada  por una desconexión completa de la naturaleza, la destrucción del medio natural, el cosmopolitismo y la falta de verdadera Vida, que se prevé que finalmente culmine con la muerte de la humanidad. La filosofía biocéntrica también atacó al judeo-cristianismo por ser una religión logocéntrica que se opone a la Vida y afirmó que el paganismo antiguo (que tiene un carácter dionisíaco centrado alrededor de valores vitalistas, femeninos) como la religión biocéntrica de la Vida[19]. Obsérvese aquí, sin embargo, que el tradicionalista cristiano radical Edgar Julius Jung, ha mostrado un aprecio a la crítica que hace Klages al rígido racionalismo, su ataque contra “la
mecánica privación del alma de la vida” y su filosofía de Eros, apuntando hacia una posible
reconciliación del cristianismo con la Lebensphilosophie de Nietzsche y Klages[20].

6. Filosofía política

 Mientras que la filosofía política estaba presente entre muchos intelectuales alemanes, dos pensadores de la Revolución Conservadora, Carl Schmitt y Karl Haushofer, desarrollaron una filosofía compleja de la política y de la geopolítica. Karl Haushofer es un conocido teórico geopolítico que afirmó que el derecho de las naciones no sólo se limitaba a defender sus tierras, sino también a expandirse y colonizar nuevas tierras, especialmente cuando se experimenta una superpoblación. Alemania era una nación en esa posición y por lo tanto tenía derecho al Lebensraum (“espacio vital”) por su exceso de población. Con el fin de superar la dominación de la estructura de poder angloamericana, Haushofer abogó por un nuevo sistema de alianzas,  particularmente una que incluyera un eje ruso-alemán-japonés[21].

La filosofía de Carl Schmitt comenzó con el concepto de lo “político”, el cual se distinguía de lo “político” en el sentido normal de la palabra, basándose en cambio en la distinción entre “amigo” y “enemigo”. La política existe dondequiera que existe un enemigo, un grupo que es diferente y tiene diferentes intereses, y con quien existe la posibilidad de conflicto. Este criterio incluye a grupos tanto fuera del Estado así como dentro del Estado y, por lo tanto, tanto una guerra interestatal como una guerra civil son tomadas en cuenta. Una población puede ser unificada y movilizada a través del acto político en el que un enemigo es identificado y combatido[22].

 Schmitt también defendió la práctica de la dictadura, que distingue de la “tiranía”. La dictadura es una forma de gobierno que se establece cuando un “estado de excepción” o emergencia existe,
siendo necesario evitar los procesos parlamentarios lentos para así defender la ley. Según Schmitt, el poder dictatorial está presente en cualquier caso en que un Estado o líder ejerce poder independientemente de la aprobación de las mayorías, independientemente de si es o no “democrático” este Estado. La soberanía es el poder de decidir el Estado de excepción, y por lo
tanto, “soberano es quien decide sobre la excepción”[23].

 Schmitt criticó además al parlamentario o democracia liberal con el argumento de que la base original del parlamentarismo –  que sostenía que la separación de poderes y el diálogo abierto y racional entre las partes se traduciría en un Estado funcionando bien –  fue negado por la realidad de la política partidista, en que los dirigentes del partido, coaliciones, y grupos de interés toman decisiones políticas sin un debate. Otro argumento notable hecho por Schmitt fue que la verdadera democracia no es la democracia liberal, en el cual una pluralidad de grupos son tratados igualmente bajo un solo Estado, sino que la verdadera democracia consiste en un Estado unificado, homogéneo, en la que las decisiones de los líderes expresan la voluntad del pueblo unificado. En palabras de Schmitt, “Toda real democracia se basa en el principio de que no sólo los iguales son iguales sino que los desiguales no serán tratados de forma igualitaria. La democracia requiere, por lo tanto, en primer lugar homogeneidad, y en segundo lugar, si surge la necesidad, la eliminación o erradicación de la heterogeneidad”[24].

7. La filosofía de la guerra

 La mayoría de los conservadores revolucionarios vieron el objetivo pacifista de la paz mundial como poco realista y expresaron la opinión de que la guerra era un hecho inevitable e ineludible de la existencia humana, independientemente de si es o no es una experiencia deseable. Spengler
declaró que “La paz es un deseo, la guerra es un hecho; y la historia nunca prestó atención a los
ideales y los deseos humanos. Mientras el hombre siga evolucionando habrá guerras.[25]” Advirtió que si los europeos adoptaban el ideal pacifista, los no-europeos harían la guerra y gobernarían el mundo: “Las razas fuertes y no desgastadas no son pacifistas. Adoptar tal posición es abandonar el futuro, porque el ideal pacifista es una condición estática y terminal que es contraria a los hechos básicos de la existencia.”[26]

Carl Schmitt sostenía que la política era un hecho de la vida, y lo es porque así como siempre habrá un enemigo de un pueblo, el conflicto y la guerra eran la realidad de la existencia. Schmitt
también criticó la noción existente entre los liberales y marxistas de luchar por una “humanidad universal,” porque tal noción deshumaniza el enemigo, esencialmente “declarando que es un
forajido de la humanidad; y una guerra de tal modo puede ser conducida a la más extrema inhumanidad[27] . Schmitt especialmente tenía en alta estima el sistema de guerra limitada y civilizada desarrollada por los europeos desde la Edad Media, que permitió evitar excesos[28].

Werner Sombart escribió acerca de la diferencia entre las naciones cuyo carácter dominante está marcada o por el tipo Comerciante (ejemplificado por los ingleses) y el tipo Héroe (ejemplificado por los alemanes). El primero está caracterizado por el utilitarismo, materialismo, el individualismo y el comercialismo, mientras que el segundo está marcado por el altruismo, la disposición para el sacrificio, orientación hacia el deber, el anti-individualismo y el desprecio por el materialismo[29]. Mientras que los comerciantes luchan por la paz y felicidad e incluso conciben a la guerra como una “empresa puramente comercial”, los héroes tienen un instinto  bélico: “También hay virtudes militares –  virtudes que encuentran su pleno desarrollo en lguerra y a través de la guerra, así como todo heroísmo se desarrolla completamente en guerra y a través de la guerra” [30]. Edgar Jung también veía la guerra como una parte natural de la vida terrenal y particularmente escribió acerca de la importancia de la disposición a sacrificar la vida en la guerra, en contraste a la cosmovisión pacifista e individualista: “El individualismo se enfrenta con la muerte en el campo de batalla, el sacrificio inequívoco por una Idea… Una edad que burlonamente habla de ‘la sin razón de morir’ revela tan sólo su separación de la vida, la cual recibe su valor sólo de la muerte”[31].

Hans Freyer postulaba que si bien la guerra tenía efectos negativos, esta era no sólo inevitable sino también necesaria para la creación de un estado positivo. Basado en sus propias experiencias como soldado, sostenía que la preparación para la guerra y el acto de la guerra desempeñaba una función social integradora, contribuyendo al sentido positivo de la comunidad y la conciencia política[32]. Ernst Jünger fue más allá de la mayoría de los autores y es conocido  por su trabajo sobre lo que vio como los efectos positivos de la guerra y la batalla, con él mismo habiéndolo experimentado en la Primera Guerra Mundial. Jünger rechazó la civilización  burguesa de la comodidad y la seguridad, que él veía como débil y moribunda, a favor de la endurecedora y “magnífica” experiencia de acción y aventura en guerra, que transformarían a un hombre del mundo burgués en un “guerrero”. El tipo Guerrero luchó “contra la eterna utopía de la paz., la búsqueda de la felicidad y la perfección”[33].

***
La influencia de la Revolución Conservadora

 Las ideas sostenidas por los intelectuales de la Revolución Conservadora alemana influenciaron al pensamiento tanto izquierdista como derechista y tuvieron un impacto poderoso en el ámbito de la filosofía así como en el de la política, llegando más allá de Alemania y más allá del período de su existencia. A principios del siglo XX los conservadores revolucionarios tenían una influencia directa sobre una serie de movimientos políticos, más prominentemente en el movimiento nacionalsocialista y sus ideólogos, en el pensamiento de Otto Strasser y en los líderes “austro-fascistas” como Ernst Rüdiger von Starhemberg, Engelbert Dollfuss y Kurt von Schuschnigg[34]. Durante ese período de tiempo, el pensamiento conservador revolucionario también recibió un poco de atención fuera de las naciones de habla alemana, siendo el ejemplo más importante el impacto que tuvo sobre Julius Evola, el famoso filósofo tradicionalista radical italiano, quien tuvo cierta influencia sobre las políticas del fascismo italiano[35] .

 Incluso de forma más significativa, durante las décadas de 1950 y 1960, la Revolución
Conservadora llevaría el pensamiento de “Derecha” a través de Europa e inspiraría a la Nueva
Derecha europea y al identitarismo, cuyos intelectuales frecuentemente hacen referencia a sus  precursores conservadores revolucionarios. En términos de la Neue Rechte alemana, debemos mencionar a Armin Mohler, un defensor clave de la Revolución Conservadora en la post-guerra,  junto a Karlheinz Weissmann, Gerd-Klaus Kaltenbrunner y Pierre Krebs . En lo que se refiere a la Nouvelle Droite francesa, debemos mencionar a Alain de Benoist, Julien Freund, Dominique Venner, Robert Steuckers y Guillaume Faye. Fuera de Francia y Alemania son importantes los ejemplos del italiano Giorgio Locchi, el croata-estadounidense Tomislav Sunic, el ruso Alexander Dugin, el español Sebastián J. Lorenz, el conservador radical anglo-indio Alexander Jacob y el paleoconservador estadounidense Paul Gottfried.


1992); Jeffrey Herf, Reactionary Modernism: Technology, Culture and Politics in Weimar and the Third Reich (Cambridge: Cambridge U
niversity Press, 1984), 121 ff.; Alain de Benoist, “La Alemania de Von Salomon,” Elementos: Revista de Metapolítica para una Civilización Europea
 No. 42 (12 March 2013): 22-31. http://issuu.com/sebastianjlorenz/docs/elementos_n__42_autores_kr_i. [11] Ver Jerry Z. Muller, The Other God that Failed: Hans Freyer and the Deradicalization of German Conservatism (Princeton: Princeton University Press, 1988); John J. Haag, Othmar
Spann and the Politics of “Totality”: Corporatism in Theory and Practice (Ph.D. Thesis, Rice
University, 1969); Sombart, Economic Life in the Modern Age; Edgar Julius Jung, The Rule of the Inferiour: Its Disintegration and Removal Through a New Reich, 2 vols. (Lewiston, New York: Edwin Mellon Press, 1995). [12] Hans Freyer, Revolution von Rechts (Jena: Eugen Diederich, 1931), 69. Citado en Muller, The Other God that Failed, 203. [13] Jung, The Rule of the Inferiour, 1: 138. [14] Ver Alexander Jacob, Introduction to Jung, The Rule of the Inferiour, vol. 1; Haag, Othmar
Spann and the Politics of “Totality”; Larry Eugene Jones, “Edgar Julius Jung: Th
e Conservative
Revolution in Theory and Practice,” Conferencia del Group for Central European History of the
American Historical Association 21, no. 02 (1988): 142-
174; Chapter 3, “The Spannkreis and the Battle for Hegemony in Central Europe,” en Janek Was
serman, Black Vienna: The Radical Right in the Red City, 1918
 –
1938 (Ithaca, NY: Cornell University Press, 2014). [15] Oswald Spengler, Man and Technics: A Contribution to a Philosophy of Life (New York: Alfred Knopf, 1963), 14. [16] Ver Oswald Spengler, The Decline of the West, 2 vols. (New York: Alfred A. Knopf, 1926
& 1928); Stephen M. Borthwick, “Historian of the Future: An Introduction to Oswald Spengler’s
Life and Works for the Curious Passer-by
and the Interested Student,” Institute for Oswald
Spengler Studies, 2011, https://sites.google.com/site/spenglerinstitute/Biography
; “The Pessimism of Oswald Spengler” en Klemperer, Germany’s New Conservatism.
 [17]
Ver Alain de Benoist, “Arthur Moeller van den Bruck,” Elementos: Revista de Metapolítica
 para una Civilización Europea No. 15 (11 June 2011): 39-42. http://issuu.com/sebastianjlorenz/docs/elementos_n__15. [18]
Lydia Baer, “The Literary Criticism of Ludwig Klages and the Klages School: An Introduction to Biocentric Thought,” The Journal of English and
Germanic Philology 40, no. 1 (January, 1941): 93, n. 7. [19] Ver Ludwig Klages, The Biocentric Worldview, introducción por Joseph Pryce (London:
Arktos, 2013); Baer, “Literary Criticism of Ludwig Klages”; Marion E.P. de Ras, Bo
dy, Femininity and Nationalism: Girls in the German Youth Movement 1900
 –
1934 (New York : Routledge, 2007), 84 ff [20] Jung, Rule of the Inferiour, 79-81, 302 ff.

[21]
Ver Andrew Gyorgy, “The Geopolitics of War: Total War and Geostrategy.” The Journal of
Politics 5, no. 4 (November, 1943): 347
 –
62; Karl Haushofer, Lewis A. Tambs, y Ernst J. Brehm,
An English Translation and Analysis of Major General Karl Ernst Haushofer’s Geopolitics of the
Pacific Ocean: Studies on the Relationship Between Geography and History (Lewiston, NY: Edwin Mellen Press, 2002). [22] Ver Carl Schmitt, The Concept of the Political: Expanded Edition (Chicago: University of Chicago Press, 2007), y Paul Gottfried, Carl Schmitt: Politics and Theory (New York: Greenwood Press, 1990). [23] Carl Schmitt, Political Theology: Four Chapters on the Concept of Sovereignty (Chicago: University of Chicago Press, 2005), 1. [24] Carl Schmitt, The Crisis of Parliamentary Democracy (Cambridge: MIT Press, 1985), 9. [25]
Oswald Spengler, “Is World Peace Possible?,” en Selected Essays, 205
-207. [26] Ibid., 207. [27] Schmitt, The Concept of the Political, 54. [28] See Gottfried, Carl Schmitt, 27. [29] Ver Fritz K. Ringer, The Decline of the German Mandarins: The German Academic Community, 1890
 –
1933 (Hanover: University Press of New England, 1990), 183 ff. [30] Sombart, A New Social Philosophy, 72. [31] Jung, The Rule of the Inferiour, 56-57. [32] Ver Muller, The Other God that Failed, 112-115. [33]
 Ernst Jünger, Krieg und Krieger (Berlin: Junker und Dü
nnhaupt, 1930), 59. Quoted en
Klemperer, Germany’s New Conservatism, 183. Ver también los libros
 de Ernst Jünger Storm of Steel (London: Chatto & Windus, 1929) y Copse 125 (London: Chatto & Windus, 1930). [34]
Ver, por ejemplo, “Part IV: Neo
-
Conservatism and National Socialism” en Klemperer, Germany’s New Conservatism; Ot
to Strasser, Hitler and I (Boston: Houghton Mifflin Co., 1940), 27; Wassermann, Black Vienna, 103-104; Günter Bischof, Anton Pelinka, and Alexander Lassner, The Dollfuss/Schuschnigg Era in Austria: A Reassessment (New Brunswick, NJ: Transaction Publishers, 2003), 16, 32, & 125 ff. [35]
Ver H.T. Hansen, “Julius Evola’s Political Endeavors,” en Julius Evola, Men Among the
Ruins: Postwar Reflections of a Radical Traditionalist (Rochester: Inner Traditions, 2002), y Julius Evola, The Path of Cinnabar (London: Integral Tradition Publishing, 2009)

miércoles, 24 de febrero de 2016

La guerra del espíritu o los profetas de la religión nacional. La Gran Guerra de 1914


Luis Meana


“No hubo hasta ahora historia universal, sino únicamente un agregado de historias locales... que eran una manera de juntar a los hombres de cara a la acción en la historia universal”. Asistimos, pues, al nacimiento de la historia universal: “comenzamos precisamente ahora”. La frase, iluminadora, la escribe el filósofo Karl Jaspers años después de la Gran Guerra. Y esa frase describe muy bien lo que significa 1914: el corte rapidísimo y profundísimo entre la historia local del mundo y el comienzo de su historia propiamente universal. Nos encontramos, en 1914, ante un gigantesco colapso histórico. Ante un acontecimiento de carácter cuasi geológico: 1914 es el movimiento tectónico que conduce a la desaparición de una forma de civilización. Como juzgó acertadamente el escritor André Malraux, en el colapso de 1914 infartó para siempre el continente: “el hecho fundamental es la muerte de Europa…Como factor político, Europa prácticamente desaparece, y esa transformación aconteció en un período brevísimo”. Y con consecuencias gigantescas.


Guerra de culturas

Se ha dicho muchas veces y por muchos historiadores que 1914 fue una “guerra civil europea”. Lo ve así hasta el pintor Franz Marc, quien participó en la guerra y en ella moriría cerca de Verdún en 1916: “esta Gran Guerra es una guerra civil europea, una guerra contra el invisible enemigo interior del espíritu europeo…”. Lo que es una apreciación correcta. Pero no hubo, como se piensa, una sola guerra civil. Hubo dos. Una militar y otra cultural. El mundo terminó estallando en la Gran Guerra porque existía, desde hacía mucho tiempo, una silente, pero honda guerra civil entre dos poderosas culturas o civilizaciones europeas: la anglosajona y la alemana. En este tan laureado centenario casi nadie ha hablado de esta otra guerra cultural o entre culturas, muy anterior al escenario bélico –comenzó decenios antes de la contienda– y mucho más importante que todas sus batallas. El sentido último de esa guerra lo expresó, con rotundidad y fantasía difícilmente superables, el insuperable káiser Guillermo II en una carta al escritor inglés Houston S. Chamberlain en 1917: “La guerra [de 1914] es la lucha entre dos cosmovisiones; la germánica-alemana que está a favor de la moral, el derecho, la fidelidad y la fe, la verdadera humanidad, la verdad y la auténtica libertad, contra… la [concepción inglesa] que está al servicio del Mammon [en arameo, la riqueza], del poder del dinero, del placer, la avaricia de tierras, la mentira, la traición, el engaño y encima el alevoso asesinato… ¡Estas dos cosmovisiones no pueden conciliarse o hacerse compatibles, ¡una tiene que vencer, la otra tiene que hundirse! Y, mientras tanto, hay que seguir luchando”.

Esa divergencia cultural viene de muy atrás. En realidad viene de la Ilustración y está incrustada en su código genético. La Razón ilustrada es en Inglaterra un saber primordialmente empírico y utilitario, mientras que en Alemania, y para su Ilustración, ese utilitarismo es una degradación y falsificación del verdadero ser de la Razón. Para los alemanes, una Razón utilitaria es superficial, frívola y plana. El saber debe ir íntimamente unido a la “configuración del alma”: cultura, dice Samuel Pufendorf, es “cultura animi”. Por lo demás, ya Kant estableció en 1784 una clara diferenciación entre “cultura” y “civilización”. Por civilización entiende Kant el refinamiento de “las buenas maneras”, el afinar los comportamientos en sociedad. Por cultura entiende algo muy distinto: el cultivo del arte, la ciencia y la moralidad. Cree Kant que su época, el siglo XVIII, está altamente “civilizada”, pero no “cultivada”. “Cultura” es desarrollar la interioridad. “Civilización”, la exterioridad. Para Kant “la idea de moralidad pertenece a la cultura” y la de civilización se limita “al cultivo del pundonor y de las buena maneras, que sólo tienen un parecido externo con la moral”. En esa contraposición ya es visible la divergencia que irá creciendo durante todo el XIX hasta llegar a su expresión más extrema en 1914. Por supuesto, para los alemanes el desarrollo de Occidente debe basarse en la cultura germana, no en la civilización anglosajona. Alemania recurre a la idea de cultura como una forma de marcar su superioridad y de apoyar su pretensión de hegemonía en Europa.

La guerra de 1914 viene, en su raíz última, del propósito alemán de “hacer retroactiva” la civilización “utilitaria” que sale de la Ilustración inglesa y de la Revolución francesa. En última instancia, de lo que se trata es de acabar con el “calamitoso estado del alma” europea y resolver el “vacío interior” creado por el progreso técnico y el bienestar económico. Alemania quiere cortar, radicalmente, la “crisis espiritual” del presente europeo y del Deutsche Reich, convertidos, ambos, en cuerpos que caminan sin alma. El espíritu ha desaparecido o se ha perdido en esa sociedad del éxito técnico-económico. Por decirlo así, nación y alma se han vuelto divergentes en vez de convergentes. Esa evolución debe pararse y hay que dar marcha atrás. Debemos abandonar la civilización para imponer la cultura. La gran triada de la Revolución Francesa –libertad, igualdad, fraternidad– tiene que ser reemplazada por una nueva triada germánica: deber, orden y justicia. La raíz que llevó a la guerra fue ésta: la lucha entre el individualismo burgués y la idea de pueblo como fusión de individuos. Por esa hendidura se filtra otra contradicción profundísima e intrínseca a la Ilustración europea: ella tiene, a un mismo tiempo, una doble pulsión contradictoria, nacionalista y universalista. Así que esa guerra nace también de la lucha entre nacionalismo y cosmopolitismo.

Esas dos cosmovisiones implican formas radicalmente contrapuestas de entender la vida. La franco-inglesa es burguesa, defiende valores como la paz, la seguridad monótona, el respeto a la ley, el interés, o la propiedad. La germánica es aventurera, romántica, arriesgada, está basada en el ansia de plenitud, en las sensaciones, en las emociones, en el impulso. Lo dice un hermoso verso de Richard Dehmel: “cuando el espíritu esté curado de toda finalidad, y no quiera saber más que de sus instintos”, entonces sentimos la vida. Se reniega del “gris en gris” propio de la vida burguesa y se ansía sustituirla por un “afecto romántico antiburgués”. Contra la inflación del intelecto, la inflación del sentimiento y de la voluntad. Con otras palabras, estamos ante un nuevo imperativo categórico: el “imperativo categórico del corazón”. Que debe sustituir a los imperativos de la Razón. Para esos aventureros, vida significa guerra. Porque ella es la vida en su más pleno sentido, y no la hipertrofia del conocimiento, y no esa enfermedad de la democracia. De esta paradójica forma, la Vida es Muerte. Y por ahí se resbaló hacia la Gran Guerra: por esa fantasiosa teorización de la guerra.


Soldados de la pluma

Aunque se hable poco o nada de ello, en la Gran Guerra se batalló con la pluma mucho antes que con las bayonetas. Advirtió hace ya tiempo Rimbaud: “el combate espiritual es mucho más brutal que la batalla de los hombres”. Cierto. Es un hecho no discutible que las principales naciones en guerra movilizaron en 1914 potentes ejércitos intelectuales para vencer en un campo de batalla distinto al bélico: en el de las ideas. Esa confrontación de ideas es conocida como la guerra de los espíritus. 1914 trajo un “estado de emergencia espiritual” que obligó a escritores y académicos a implicarse en la “necesidad de la defensa nacional”. Se desencadenó una “neurosis intelectual de la guerra”. Escritores, artistas y pensadores se pusieron a cumplir lo que les parecía una obligación ineludible: “servir a la nación con la pluma”. Eso llevó a que se formase un frente literario en todos los países europeos. Lo hubo en Francia –bastante–, lo hubo en Inglaterra –menos–, pero donde esa movilización alcanzó dimensiones extraordinarias fue en el Reich alemán. De lo que se trataba era de dejar bien fundada la legitimidad de la decisión belicista de Alemania: a la guerra se iba por la defensa y afirmación de lo que les parecía un bien universal, la cultura alemana. Con ese frente literario se trataba de justificar “la misión universal a la que estaba llamado el espíritu alemán: ser los defensores de un orden moral mundial”. Y cumplir así la función de Führer de la humanidad que le correspondía a Alemania. Contra el universalismo francés, el universalismo de la nación alemana por el bien de la humanidad. Lo formuló un académico ilustre, “la patria es la llave para el mundo”. Esa lucha intelectual de la Gran Guerra supone una de las concentraciones de talento más grandes de la historia humana. Especialmente en Alemania, país que está en el cénit de su saber. Nunca antes, y creo que nunca después, hubo un nivel universitario como aquél, y nunca tantos talentos –literarios, artísticos, filosóficos o científicos– participaron, tan masivamente y tan entregadamente, en la defensa de una guerra. Se ha hablado mucho, y con escándalo, del apoyo de grandes pensadores al nazismo en la Segunda Guerra Mundial, recuérdese el caso Heidegger. Pero no hay comparación entre lo ocurrido en las dos guerras. En la segunda el apoyo intelectual no fue, ni en número, ni en grado de convicción, ni en relevancia de los autores partícipes, comparable al de la primera. En la que se llegó a aquello que tanto quería evitar el filósofo-teólogo Ernst Troeltsch: “la estatalización de los cerebros”.


Las tres infanterías

Aunque parezca que sólo hubo una infantería intelectual, en realidad hubo varias. En Alemania se suceden o a veces coinciden, al menos, tres. Una, que inicia esa batalla cultural ya a mitad del siglo XIX, y que es la formada por lo que podríamos llamar “los profetas de la religión nacional”. La forman primordialmente tres o cuatro personalidades muy distintas: Paul Lagarde, Rudolf Eucken, Julius Langbehn y el representante principal de la denominada revolución conservadora, Arthur Möller van den Bruck. La segunda infantería la forman un número enorme de literatos y artistas, procedentes de una confusa amalgama de tendencias –modernistas, expresionistas, nihilistas, futuristas…–, y en la que nos encontramos con los escritores más grandes de la época. La tercera infantería es la formada por filósofos, científicos y académicos –los llamados mandarines de la cultura– que fueron quienes teorizaron a favor o en contra de la contienda en lo que se ha llamado la guerra de los filósofos, que también la hubo. A ese movimiento de los pensadores alemanes en defensa de la Gran Guerra se le conoce bajo el epígrafe Las ideas de 1914.


Los profetas de la religión nacional

Cuatro autores se convierten, en distintos momentos de finales del siglo y del inicio del siglo XX, en profetas de la nación: Paul Lagarde (1827-1891), Julius Langbehn (1851-1907), Rudolf Eucken (1846-1926) y Arthur Möller van den Bruck (1876-1925). Unos eran catedráticos reconocidos, otros escritores marginales, otros autodidactas de difícil clasificación. Pero todos ellos teorizaron sobre el pueblo y la nación y cada uno de ellos escribió un libro de gran repercusión popular en Alemania, tanta que se convirtieron en guías espirituales de la nación. Lagarde publica sus Escritos alemanes; Langbehn Rembrandt como educador; Eucken, padre del famoso economista Walter Eucken y único filósofo alemán en recibir hasta entonces –1908– el Premio Nobel de Literatura, escribe De la unión de los espíritus, y Möller van den Bruck publica, en 1922, un libro que se haría famosísimo, sobre todo por su título, que daría pie a enormes resonancias y evocaciones: El Tercer Reich. De ese título sacarían los nazis, años más tarde, el nombre para su movimiento y, además, muchas ideas, aunque posteriormente las despreciasen o atacasen.

Para todos esos profetas el Deutsche Reich y la vida política de Alemania están invadidos por enfermedades gravísimas y mortales. Para ellos esas enfermedades llegaron de fuera. Son, en realidad, enfermedades europeas, no alemanas, pero que la han ido carcomiendo hasta dejarla destruida: a saber, el liberalismo, el capitalismo, el mercantilismo, la destrucción de las religiones, y una democracia basada en la igualdad y por eso en la mediocridad (“igualdad es muerte”, dice Langbehn). Reniegan del camino recorrido por Alemania –y por Europa– en el siglo XIX y creen que debe hacerse una corrección radical de curso y de fundamentos. Es lo que exigen y esperan: que Alemania vuelva a sus auténticos fundamentos. Dicho de otra forma: “tras la Revolución francesa viene la Reforma alemana, tras la igualdad viene la graduación, el escalonamiento” (Langbehn).

Todos ellos son místicos de una religión: la germanidad. Tienen, como casi todos los nacionalistas, pasados, presentes o futuros, una mística –fantaseada e idealizada– de las esencias, únicas y superiores, del propio Pueblo/Nación. Hay que señalar que todos esos nacionalismos –incluyendo también a los actuales– viven de sacralizaciones gratuitas y de éxtasis cuasi religiosos. Ante cuyo resplandor y fulgor creen que a los demás no nos queda más remedio u opción que la silenciosa y reverencial aceptación. Pero hay que recordarles que esa tumefacta idolatría tiene un problema gigantesco: su falta de sustento lógico. No siendo más que una inducción, tiene la misma base incierta y la misma justificación lógica de toda inducción, o sea, ninguna. Todos los nacionalismos –pasados o presentes– se basan en la barata, grosera y ciega aplicación de un silogismo enfermo: somos un pueblo –se supone que único y distinto– y, por serlo, disfrutamos de un salvoconducto o de un cheque en blanco que nos permite toda acción o decisión, sin limitación. Esa supuesta esencialidad de la propia nación libera de cualquier sometimiento a las leyes de la lógica y a los condicionantes o límites de la realidad. Lo que no deja de ser una absurda aberración. Estamos ante una mística inflada e inflamada que lo cubre y lo ampara todo. Estamos ante una idolatría barata, más o menos grosera, que tiene derecho a todo porque lo así exige la propia inflamación tumefacta de su esencialidad.


Paul Lagarde

Cronológicamente, el primero de esos profetas nacionales es Paul Lagarde, que quizá sea también el más influyente. Académico y erudito de carácter difícil y hombre de tortuosa carrera académica, fue un gran orientalista con un conocimiento monumental de muchas lenguas olvidadas o semimuertas (persa, armenio, copto, hebreo, arameo, siríaco…), lo que le permitió realizar una inmensa obra sobre la Septuaginta (es decir, sobre la Biblia griega, también llamada de los Setenta, que es la traducción griega de los antiguos textos hebreos, arameos…, y fue la Biblia usada por las primeras comunidades cristianas). Trabajador incansable, creó una obra inmensa y llevó a cabo numerosas ediciones de textos del Antiguo Testamento, que le proporcionaron enorme reconocimiento académico, especialmente en Inglaterra. Pero a este importantísimo orientalista la fama no le vino precisamente por esas publicaciones de gran nivel académico, sino por un libro político que alcanzó inmensa resonancia: los Escritos alemanes, que le convirtieron en una especie de nuevo Fichte.

Lejos de compartir el júbilo y el entusiasmo general por la unificación alemana de 1870, Lagarde ve en ella el síntoma más claro de crisis y de fracaso: a falta de una verdadera unidad nacional, el Reich se contenta con una mera unificación política. Estamos, dice, ante la bancarrota del espíritu alemán. A esa bancarrota se llega por un mal fundamental: el liberalismo. Que, para él, no es un partido político, sino más bien una fuerza diabólica, antigermana, que ha conducido y metido a Alemania en el engaño de la modernidad. Y prosigue: el liberalismo crea una forma de vida industrial que sólo establece conexiones comerciales. Estamos ante una nueva Babilonia que adora al Mammon, que sólo busca el bienestar material, la comodidad y el éxito comercial. Pero lo que hace falta es una unión basada en la fusión de los espíritus. Dos factores imposibilitan –postula él– esa unidad nacional: el capitalismo individualista y los judíos. Capitalismo y judaísmo son para él lo mismo. Y por eso deben ser aniquilados los dos. Los judíos son “portadores de la descomposición”. En su opinión, el Estado debe apoderarse de todos los bancos y entidades de crédito. El poder, dice Lagarde, no está en manos del pueblo, está en manos de una “casta política sacerdotal” (sic) que actúa sin consideración alguna hacia el pueblo. Bismarck entregó el poder a los partidos. Y los partidos se dedican a trajinar intereses, a buscar y cerrar tratos ventajistas y aprovechados. Queda una única solución: “sólo un hombre de voluntad grande, firme y pura nos puede ayudar, la voluntad de un rey, no Parlamentos, no leyes, no las ambiciones de individuos sin poder”.

No sobra hacer, al hilo de todo ese argumentario, una rápida reflexión: leyendo todo eso es fácil darse cuenta de cómo ciertas demagogias telegénicas actuales son, en realidad, demagogias muy viejas. Como se ve, todos los profetas son siempre el mismo y único profeta, incluso aunque los separen cien años. Una cosa son los bellos sonidos, y otra las realidades. Hay sonidos maravillosos que traen realidades tenebrosas. Como ocurrió en Alemania, y más de una vez, no sólo en 1914. Conviene no olvidar que estas indigencias intelectuales actuales llevaron en el pasado a la tragedia. Como llevan siempre. Porque, en medio de esas hermosas raíces, pulula el veneno mortífero que acabó con millones de vidas y destruyó, hasta en los mismos cimientos, a la Europa más civilizada.

A Lagarde le parece urgente construir una verdadera nación. Que debe ser una fusión de individuos y no una mera agregación de personas: “Alemania es el conjunto de todos los alemanes que sienten, piensan y quieren lo alemán: cada uno de nosotros es un traidor a su país si no se siente, en este aspecto, personalmente responsable en cada momento de su vida de la existencia, la felicidad, el futuro de la patria, y cada uno de nosotros es un héroe y un libertador cuando lo hace”. Contra las famosas tesis posteriores de Weber, Lagarde cree que el protestantismo –y Lutero sobre todo– son la causa de la falta de unidad de Alemania y de muchos de sus dramas. Considera a Lutero el demagogo que más daño ha causado a Alemania. Ese protestantismo es un mero episodio de la historia, un mero bastardo del catolicismo, y no determinó el desarrollo alemán. En muchas cosas, sus doctrinas le parecen irrisorias.

Según él, “los alemanes son un pueblo amante de la paz, pero están convencidos del derecho que tienen a vivir, en concreto como alemanes, y están convencidos de que tienen una misión para todas las naciones de la tierra: si se les impide vivir como alemanes, se les impide llevar a cabo su misión, y en tal caso tienen la atribución de utilizar la fuerza”. La misión marcada por Dios a Alemania es la colonización del este europeo. Una misión así daría a los alemanes nueva fuerza y les haría conscientes de su misión en el mundo. “Sólo la germanización de los pueblos del este es un hecho de la nación, que está paralizada y se consuela con fumar y leer en su nadería”. Europa llegará a la paz bajo la hegemonía alemana. Lagarde ve en la guerra una necesidad moral. Porque hace a un pueblo fuerte, decidido y capaz de sobrevivir. Y porque la guerra y la conquista son la única forma de guardar a Alemania de su propia desaparición.


Julius Langbehn

En medio de una vida errante y llena de privaciones, este hombre solitario escribe un famosísimo libro que le convierte, según muchos de sus contemporáneos, en un segundo Nietzsche. Afirmación o consideración que es un despropósito. Ese libro se titula Rembrandt como educador, título que sale de combinar Schopenhauer como educador (título de Nietzsche) y Rembrandt como pensador (título de Goethe). Es un libro aforístico, repetitivo, premioso, de mala sintaxis, pero de éxito arrollador. Éxito que resultó acrecentado por una genialidad publicitaria. Cuando aún no existía el marketing, a Langbehn se le ocurrió publicar el libro sin la identidad del autor. En el espacio en el que debía aparecer el nombre del autor se podía leer solamente esto: “De un alemán”. Eso excitó el morbo de la gente, muy ocupada en adivinar quién se ocultaba detrás del anonimato, y se hacían todo tipo de cábalas sobre quién podía ser el autor. La consecuencia fue que las ventas se dispararon, no sólo por eso, pero también por eso.

Para Langbehn, el Reich se encuentra en un alto estado de degeneración. Ha perdido las virtudes nacionales que le caracterizaban. El diagnóstico de Langbehn es éste: modernidad=judaísmo. Ellos dos son los grandes culpables de la degradación de Alemania. Modernidad quiere decir intelectualismo. Y esa modernidad se basa en tres pilares: ciencia, comercio y técnica. Y esos pilares –afirma– han destruido la cultura, con lo que no hace más que cumplir aquel descubrimiento que formuló brillantemente el inmenso poeta William Wordsworth: “matar para analizar”. Por lo tanto, hay que poner fin a eso. A una ciencia que, según cree Langbehn, significa el triunfo de la materia sobre el espíritu. El ethos de esa ciencia es un dogmatismo mecanicista que reduce el espíritu a una ficción. Que desconoce que el misterio está por encima de la ciencia y por encima del intelecto. Y la voluntad, también. La verdadera ciencia, cree él, debe ser una ciencia del espíritu, no de la materia. Porque el método inductivo no logra penetrar en el “espíritu del todo”. “La meta final de la falsa ciencia es constatar hechos; la meta final de la verdadera ciencia es ofrecer juicios” (Langbehn). Reniega, por tanto, de ese saber bárbaro, del saber de universidades y escuelas. Y cree que Rembrandt –como símbolo y como responsabilidad– representa a los que deben ser los nuevos dioses de la cultura alemana: arte, individualidad y vida frente a ciencia, comercio y técnica.

Como para el resto de profetas, pueblo y nación son tema central. Dice así: “No el territorio, no la lengua, y no el Estado, el Pueblo en su unidad es la patria”. El renacer de Alemania tiene que basarse, por tanto, en el espíritu, no en la materialidad ni en el éxito económico. Tiene que venir del corazón, no del intelecto, y no de la letra sino de la imagen: “el vocablo mata, la imagen está viva” (Langbehn). La salvación tiene que venir de la lucha. La guerra decide quién es más fuerte y quién debe guiar y dirigir por ser más capaz. La fuerza del más fuerte es misión para guiar la historia universal. “El mejor debe ser el señor, también entre los pueblos. Por eso el [pueblo] alemán está llamado al dominio del mundo” (Langbehn). Tiene que darse una dominación espiritual alemana del mundo. Aunque hay que señalar, sin embargo, que Langbehn, al contrario que el resto de críticos-profetas, tuvo siempre una visión distanciada y negativa de la guerra, que le repugnaba, quizá porque la había vivido con 17 años como voluntario de la contienda franco-alemana y conocía muy bien lo que ocurría en los campos de batalla, lo que le llevó a no idealizarlos.

En un giro previsible, piensa que debemos volver a los “verdaderos germanos”, pero en otro imprevisible pone a Rembrandt como la persona y la figura que debe convertirse en el educador de los germanos. Según él, en el desarrollo del mundo ha habido tres eras: la era de la fe, la era de la ciencia y ahora entramos en la era del arte. Para él, el arte es más verdadero que la ciencia o la razón. El arte es la forma más alta de verdad, y por eso debe ser el educador de la humanidad. El artista es el único que es capaz de entender “el misterio abierto del universo”. Por el contrario, la política debe ser reducida a su verdadera función: ser mera sirvienta del arte. “Guerra y arte son una solución griega, una solución germana, una solución aria”. Rembrandt supone para él la antítesis de la cultura moderna y el modelo de lo que debe ser la “tercera reforma”, tras la de Lutero, que es la primera, y la de Lessing, que fue la segunda. Estamos ante la tercera, que es la de Rembrandt, el “más alemán de todos los artistas alemanes”, que representa el verdadero espíritu y virtudes germanas (aunque sea holandés, pero, siéndolo, es perfecto alemán).

Cree Langbehn que tiene que haber un “Führer o káiser secreto” que sepa recoger  y atender los sentimientos y deseos de su Pueblo. Que unifique, de verdad, la cultura alemana, y la nación, de forma que guíe al pueblo y lo aúne. Que destruya la politiquería y la cambie por el mando y el carisma. Y que convierta a Alemania en magister mundi. Alemania sólo puede ser salvada por una “personalidad cesarista-artística”. Es necesario crear una nueva sociedad germánica basada en la fuerza de los jóvenes: “la nueva vida espiritual de los alemanes no es cosa de profesores; es cosa de la juventud alemana”. En este punto, conviene señalar que ese endiosamiento de la juventud fue una de las características propias de los fascismos modernos, que, en definitiva, vienen a sustituir el mérito de la edad, experiencia, de la profesionalidad o de los conocimientos por la fuerza, el empuje y el arrebatamiento propios de los jóvenes y de la juventud. Así ocurrió en el nazismo –que supone el ascenso al poder de lo más grosero, primitivo, y salvaje– y así ocurrió en el resto de fascismos. Endiosamiento de lo juvenil y joven que subsiste todavía hoy, incluso aumentado.


Arthur Möller van den Bruck

El último de esos profetas de la religión nacional es Arthur Möller van den Bruck, el más joven de todos ellos. Un escritor y autodidacta alemán que tenía, por línea materna, sangre holandesa y española. Este hombre complejo, que acabaría suicidándose en 1925 tras una crisis nerviosa, viene a ser como el rey no coronado de la llamada revolución conservadora, movimiento en el que figuran nombres muy ilustres de la cultura alemana: Ernst Jünger, Ernst Niekisch, Chamberlain, Hans Freyer, Carl Schmitt,… entre muchos otros. Hay que reconocerle a Möller un mérito especial, y que lograron muy pocos en aquellos años: conoció, más o menos casualmente, a Hitler en 1922, y su personalidad le desagradó y desilusionó y diagnosticó también por qué: por su falta de nivel intelectual, o mejor, como lo formuló él, “por su primitivismo proletario”.

El final de la Guerra de 1914 supuso para Möller una conmoción profundísima y un desengaño enorme. Escribió: “el nacionalista alemán de este momento es, como alemán, un místico, pero en cuanto sujeto político un escéptico. En este mundo en hundimiento, que es el que ha vencido, quiere salvar lo alemán”. Así que su primer esfuerzo consistió en distanciarse de todo lo que había supuesto la despreciada monarquía y posterior democracia: “el  conservador busca hoy un punto de comienzo... Pero, a la vez, intenta también… conectar, no romper, como el revolucionario”. “Llamamos revolución conservadora a la reimplantación de todos aquellos valores y leyes sin los que la persona pierde su relación con la naturaleza y Dios, y sin lo que no es posible construir un verdadero orden. En lugar de la igualdad hay que situar el valor interior, en lugar del sentimiento social la construcción justa de una sociedad estratificada”. El hombre debe ser regido por un alto orden como el Pueblo o la Nación porque sólo así llega a encontrar su sitio en el mundo.


El Tercer Reich

Pero lo que hizo verdaderamente famoso a Möller van den Bruck fue un libro. Su título era El Tercer Reich, y lo publicó en 1923, y tuvo un éxito inmenso e inmediato. Esa expresión, Tercer Reich, le fascinó desde la primera vez que la vio. Al principio el libro iba a llamarse El tercer partido o El tercer punto de vista, lo que ya delata su intencionalidad política: postular una tercera posición entre liberalismo y reaccionarismo. No se sabe del todo por qué cambió el título, ni tampoco de dónde cogió esa fórmula del Tercer Reich. Pudo ser, lo que es bastante probable, del fascismo italiano (con su idea de una Tercera Italia), pudo ser de un libro de Gerhard von Mutius, Die Drei Reiche (es decir, Los tres reinos o imperios), pudo ser de la novela de Johannes Schlaf (El tercer reino). O de cualquier otro sitio porque la frase cuenta con numerosas apariciones en esos años. La idea, en todo caso, venía de muchísimo más lejos. Su origen está en la mística quiliástica o milenarista, que anunciaba, tras un período de guerras, muertes, catástrofes y conflictos, la vuelta y venida de Cristo para reinar sobre la Tierra en un Reino definitivo y cuasi eterno de mil años. Y la idea está también en la profecía del más importante innovador medieval de ese milenarismo, el monje Joaquín de Fiore, que anunciaba una Tercera edad que sería, después de la del Padre y de la del Hijo, la del Espíritu Santo y que se caracterizaría por la fraternidad, el fin de las enemistades y las guerras. El número ordinal tercero indica en todas esas místicas la esperanza mágica en un reino definitivo y perfecto, reino de síntesis y de conciliación de los opuestos, y por tanto de plenitudes y perfecciones. En el caso de Möller van den Bruck, lo que su libro propone es fundar un nuevo Reich que continúe pero sustituya al Segundo Reich de Bismarck, y que se convierta en un Reino final y definitivo que supere a los anteriores, con sus divisiones y divergencias. “Sólo hay un Reich como sólo hay una Iglesia”, escribe. En realidad, lo que ese Tercer Reich pretende es convertirse en una especie de Tercer Partido que esté por encima del resto de partidos. Y que sea una síntesis entre tesis y antítesis a la manera de la dialéctica hegeliana. El Tercer Reich debe ser síntesis política: entre nacionalismo (tesis) y socialismo (antítesis), entre aristocratismo e industrialismo. Lo resultante es un híbrido sorprendente: un socialismo nacionalista. Que es lo que debe ser ese Tercer Reich. La fuerza impulsora es la Comunidad que está sosteniendo al Estado, y que es una Comunidad de cultura, más que de política. Por eso incorpora la idea, que luego sería tan famosa y que tanto se utilizaría en la Alemania democrática de posguerra, de una nación de cultura.

Möller  van den Bruck presenta una teoría de los pueblos jóvenes que toma de Dostoievski, de quien hizo una meritoria traducción al alemán de casi toda su obra. Establece con ello una conexión con la idea de Herder de la “fuerza creadora del pueblo”. Mientras los pueblos inclinados a la racionalidad son clasificados por Möller como viejos –Francia o los países románicos, por ejemplo, ya han sobrepasado, según él, su cénit–, hay otros, como Alemania, América o Rusia, que son “pueblos jóvenes” y tienen vitalidades por desarrollar. No es la edad, sino la efervescencia, el alma aún no gastada, lo que decide la “juventud de un pueblo”. Los “pueblos jóvenes”, dice, están más cercanos al caos y por esa razón son más creativos y capaces de re-comenzar. Puesto que Prusia es la parte más joven de Alemania, ella es la que debe emprender la construcción de ese Tercer Reich.

Cuando se lee todo esto o se siguen esas argumentaciones se ve claramente el factor de conexión y continuidad existente entre 1914 y 1940. Todo ese río de ideas, bastante caudaloso, es el que va a desembocar, años o decenios después, a la inmensa charca putrefacta del nazismo. Podría decirse, apurando las palabras, que Hitler es el eslabón final de toda esa cadena de profetas. Pero sería extremadamente injusto con esos profetas atribuirles cualquier familiaridad con la barbarie de Hitler y de sus  secuaces. Es cierto que Hitler y el nazismo recogieron muchas ideas de esos profetas de la religión nacional, es cierto que se alimentaron de ellos, aunque añadiendo la abyección y oligofrenia propias de Hitler y de los suyos, realidad que tan bien y tan rápidamente detectó Möller van den Bruck. Pero una cosa es ver continuidades y similitudes, y otra muy distinta considerarlos a todos aves del mismo corral o corralito teórico. Lo que no está permitido. Uno de los principales ideólogos de Hitler, Alfred Rosenberg, que fue condenado a muerte en el juicio de Núremberg, escribió: “Ellos –Goethe, Hölderlin, Lagarde, Richard Wagner, Houston S. Chamberlain– y muchos otros, que, hablando y escribiendo, lucharon contra los signos de descomposición y a favor de un renacimiento del ser alemán, todos habrían sido olvidados, si, en medio del derrumbamiento acaecido en el estado y en la cultura, Ud., mi Führer, no hubiese generado, esculpido y al final elevado, desde lo más hondo del pueblo hasta el poder en el Reich, un nuevo movimiento”. Hay poco que añadir a esas palabras falsarias. Sólo cabe señalar que el texto mezcla, no se sabe si interesada o incompetentemente, a dioses y a parias. Y, por lo demás, pretende convertir a algunos nombres sagrados de la cultura alemana –errados a veces– en una cosa que nunca fueron: asesinos, precursores de asesinos o plumas legitimadoras del más bárbaro asesinato.

martes, 23 de febrero de 2016

Arthur Moeller van den Bruck: Bases para un Conservadurismo Revolucionario


 Por Lucian Tudor

Traducción por Sebastián Vera.

http://www.academia.edu/14530757/Arthur_Moeller_van_den_Bruck_Bases_para_un_Conservadurismo_Revolucionario


 Arthur Moeller van den Bruck fue uno de los más importantes, tal vez la figura más importante,
de lo que se conoce como la “Revolución Conservadora” de principios del siglo XX en
Alemania. Su influencia sobre el pensamiento conservador nacional alemán, a pesar de sus limitaciones, es profundo y duradero, y continua hasta el día de hoy. De hecho, puede haber algo
de verdad en la mística declaración hecha por su esposa: “En el intento de responder la pregunta
de quién fue Moeller van den Bruck, estás realmente hablando de una pregunta al destino de Alema
nia.”[1] Fue Moeller van den Bruck quien definió esencialmente la idea clave del conservadurismo revolucionario, una línea de pensamiento que haría eco a través de la historia alemana y llevaría incluso su influencia a un nivel internacional. Un examen de su vida y de su  pensamiento filosófico es un examen de una de esas grandes fuerzas en el reino de las ideas que mueven a las naciones, y es por su valor intelectual que nuestro objetivo es realizar un examen tan sucinto.

Vida temprana y desarrollo


 Arthur Moeller van den Bruck nació el 23 de abril de 1876 en Solingen, en el área de Renania, Alemania. A la edad de dieciséis, Moeller van den Bruck (de ahora en adelante, Moeller) fue expulsado de la escuela secundaria a la asistía en Dusseldorf debido a que era indiferente a las clases, lo que era producto de su preocupación por la literatura y filosofía alemana. Esta expulsión no impidió que continuara sus estudios literarios e incluso asistió a conferencias en varios centros intelectuales, aún cuando no fue capaz de entrar a una universidad.[2]

La filosofía de Friedrich Nietzsche (y hasta cierto punto la de Paul de Lagarde y la de Julius Langbehn) tuvieron mucha influencia en el pensamiento de Moeller durante su juventud y moldearon su posición respecto al Segundo Reich de Bismarck, un Estado con el que no estaba de acuerdo debido a su “forzado patriotismo”. En ese momento, Moeller era extremadamente “inpolítico”, por lo que decidió dejar Alemania en 1902 por un tiempo para así evitar el servicio militar .[3] El primer lugar al que viajó fue París, en donde comenzó a escribir un trabajo de ocho volúmenes titulado  Die Deutschen: unsere Menschengeschichte (“Los Alemanes: La Historia de Nuestro Pueblo”), publicado entre los años 1904 y 1910, que consistía en una historia cultural que clasificaba a alemanes significativos de acuerdo a tipos psicológicos característicos.[4]

 Complementando  Die Deutschen, Moeller publicó en 1905 Die Zeitgenossen (“Los Contemporáneos”), libro en el cual presentó sus conceptos de “pueblos viejos” y “pueblos  jóvenes”, una idea que él reafirmaría en posteriores obras notables. [5] Durante este tiempo también adquirió una fascinación con el trabajo de Fyodor Dostoevsky y también una admiración  por el “espíritu oriental [ruso]”, que lo motivó a realizar una traducción alemana de las obras de Dostoievski con la ayuda de Dmitry Merezhkovsky.[6]

Desde los años 1912 a 1914, Moeller había viajado a lo largo de varias naciones, especialmente a través de Italia, Inglaterra, Rusia y Escandinavia, teniendo previsto originalmente escribir libros que describirían las principales características de ciertas naciones, pero en última instancia, sólo terminó un libro sobre el arte italiano titulado  Die Italienische Schönheit  (“La Belleza Italiana”) en 1913.[7]


Primera Guerra Mundial, Pueblos Jóvenes y teoría racial

 Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, Moeller volvió a Alemania debido a un sentimiento de vinculación con su país y se alistó en el servicio militar. En 1916, después de haber sido dado de baja del ejército por padecer trastornos nerviosos, escribió una obra clave conocida como Der preussische Stil (“El Estilo Prusiano”). Este libro, aunque su objetivo principal era la arquitectura prusiana, presenta el punto de vista que tenía Moeller sobre la naturaleza del carácter prusiano, el cual elogió, escribiendo que “El prusianismo es la voluntad al Estado, y la interpretación de la vida histórica como vida política en la que debemos actuar como hombres políticos”. [8]

 En 1919, Moeller produjo otra de sus obras famosas conocida como Das Recht der Jungen Völker (“El Derecho de los Pueblos Jóvenes”), en el cual reafirmó su idea de “pueblos jóvenes” y “pueblos viejos” en una nueva forma. En esta teoría, los pueblos o naciones (völker ) diferían en “edad”, lo cual no hace referencia a años o al tiempo actual, sino más bien a su carácter y comportamiento. Los “pueblos jóvenes”, entre los que incluyó a Alemania, Rusia y Estados Unidos, poseían una gran cantidad de vitalidad, trabajo duro, voluntad de poder, fuerza y energía. Los “pueblos viejos,” que incluían a Italia, Inglaterra y Francia, estaban saturados, altamente desarrollados, valoraban “la felicidad” sobre el trabajo y, en general, tenían una menor cantidad de energía y vitalidad.[9]

 Según Moeller, el destino de los pueblos estaría determinado por la “ley del auge y decadencia de las naciones”, según la cual “todos los Estados inexorablemente caen de sus posiciones hegemónicas”.[10] Sin embargo, los “pueblos jóvenes” podrían ser derrotados en la guerra por una coalición de “pueblos viejos”, como lo había sido Alemania en la I Guerra Mundial, aunque esto no aplastaría a un “pueblo joven” si las condiciones resultantes dejaban a esa nación con la capacidad para existir y crecer. En consecuencia, Moeller abogó por una alianza entre Alemania,Estados Unidos y Rusia, esperando que con este esfuerzo los “Catorce Puntos” de Wilson podrían ser implementados y así Alemania viviría bajo condiciones razonables. Sin embargo, el tratado de paz resultante fue el Tratado de Versalles y no los Catorce Puntos.[11]

 En  Das Recht der Jungen Völker, Moeller también incluyó algunos escritos previos que había hecho sobre el tema de la raza. Moeller creía que los seres humanos no se podían dividir en razas exclusivamente por razones de antropología porque el hombre es “más que naturaleza.” Tenía
una idea peculiar de la raza que presenta una dicotomía entre Rasse des Blutes (“raza de la sangre”), que se refiere al concepto biológico común de raza, y Rasse des Geistes (“raza del espíritu”), que se refiere al carácter psicológico o “espiritual” que no es determinado de forma hereditaria.[12]

Moeller argumentó que porque los pueblos de la misma raza biológica podían tener diferencias significativas entre ellos, siendo los ingleses y los alemanes un ejemplo de esto, la “raza de la sangre” no era tan poderosa o importante como la “raza del espíritu”. Es más, esto también fue probado por el hecho de que un pueblo puede formarse por medio de una mezcla de razas, como los prusianos (que eran el resultado de una antigua mezcla eslavo-germánica), pero que aún así tienen una forma positiva y unificada; aunque, por supuesto, cabe señalar que a pesar de este comentario, es probable que Moeller no hubiera aprobado la mezcla de ningún grupo europeo con razas no-europeas (es decir, no blancas).[13]

El Club Junio y el debate Spengler

 En 1919, Moeller fundó, junto a Heinrich von Gleichen-Russwum y Eduard Stadtler el grupo
“neoconservador” (otra forma de decir “conservador revolucionario”) conocido como
 Juniclub (Club Junio), una organización en la que Moeller pronto se convertiría en el principal ideólogo.[14] A comienzos de la década de 1920, el Club Junio invitó a Oswald Spengler a discutir su libro La Decadencia de Occidente con Moeller van den Bruck. Moeller y Spengler estuvieron de acuerdo en algunos puntos básicos, incluyendo la división entre Kultur  (“Cultura”) y Zivilisation
(“Civilización”), pero a su vez tu vieron desacuerdos significativos.[15]

Moeller afirmaba que la teoría “morfológica” de Spengler de los ciclos de las culturas tenía algunas inexactitudes importantes. En primer lugar, discrepó con su visión rígidamente determinista y fatalista de la historia, en la cual el auge y decadencia de las Altas Culturas eran inevitables y que incluso podían predecirse, porque, por el contrario, para Moeller la historia era esencialmente impredecible; era “la historia de lo incalculable”.[16]

En segundo lugar, las naciones que según Spengler conformaban “Occidente” tenían grandes diferencias entre sí, especialmente en términos de pueblos “jóvenes” y “viejos”, lo que afectaba
el hecho de su auge o decadencia, así como las diferencias culturales. Moeller escribió que debido a estas diferencias significativas claremente no había un “Occidente homogéneo” y “sólo  por esa razón no puede haber ninguna decadencia homogénea.”[17]

No sólo eso, sino que la historia se asemeja a una “espiral” en lugar de a un “círculo”, y un país en decadencia en realidad podría revertir su caída si ciertos cambios psicológicos y eventos ocurrieran dentro de él. De hecho, Moeller consideró que incluso un país como Alemania no podía ser clasificado como “occidental” y que incluso tenía más en común, en términos de espíritu, con Rusia que con Francia e Inglaterra.[18]

El Tercer Imperio

 En 1922, Moeller, junto con sus dos amigos Heinrich von Gleichen y Max Hildebert Boehm,  publicó una colección de sus artículos en forma de un libro titulado Die Neue Front (“El Nuevo Frente”), que pretendía ser un manifiesto para jóvenes conservadores.[19] Un año más tarde, sin embargo, Moeller publicaría su propio manifiesto, Das Dritte Reich (traducido al inglés como
“El Tercer Imperio de Alemania”), aunque cabe señalar que el término Reich significa “Imperio” en el sentido de un “reino” o un “dominio”, no de un Estado imperialista), que contenía la exposición más completa de su cosmovisión.[20]

El libro comienza con una declaración del ideal del Tercer Imperio que Alemania tenía el potencial para establecer, dando la advertencia de que Alemania debía adoptar una “mentalidad política”. En el primer capítulo discutió la Revolución Alemana de 1918 que estableció la República de Weimar, declarando que esta revolución introdujo ideas políticas no-alemanas que fueron impuestas por las potencias extranjeras de Francia e Inglaterra, y que debían ser superadas  por una revolución nueva, conservadora y nacionalista.

Aquí Moeller también repitió su concepto de “pueblos jóvenes” y “pueblos viejos,” haciendo hincapié en que las naciones inglesa y francesa eran “viejas”, pero sagaces y experimentadas
 políticamente, mientras que Alemania era “joven” y vigorosa, pero se había comportado de
manera inexperta e impetuosa. Para levantar a Alemania de la derrota en la que se la había colocado, sus líderes necesitarían precaución y experiencia política.

Para que Alemania pudiera salir de la situación de derrota en la que la colocaron sus líderes, estos necesitarían actuar con precaución y experiencia política. Moeller advirtió que si los dirigentes alemanes no podían manejar la situación política “con el máximo cuidado y habilidad” y con sabiduría, “el intento [de Alemania] terminará por sumergirnos una vez más en la impotencia, en la desintegración, en una no-existencia que va a durar esta vez no por décadas sino por siglos.”[21]

Las partes que suceden a “El Tercer Imperio de Alemania” examinan las cuatro típicos tipos
ideológicos: revolucionario, liberal, reaccionario y conservador - en Alemania, junto a sus ideas y actitudes esenciales.

Revolucionarios, Socialismo y el Proletariado


El tipo político conocido como “revolucionario” o “radical”, que estuvo representado
 principalmente por los marxistas, sostenía la visión errónea de que una nación y su sociedad  podían ser totalmente transformadas mediante una revolución, rápidamente creando un nuevo mundo. Moeller creía que esto era una visión ingenua de la vida de las naciones, porque el  pasado, costumbres, tradiciones y valores de una nación no pueden nunca simplemente ser dejados de lado por completo. “Podemos ser víctimas de las catástrofes que nos alcanzan, de las revoluciones que no podemos evitar, pero la tradición siempre resurge”.[22]

Moeller pasó mucho tiempo criticando los fundamentos ideológicos racionalistas y materialistas
del marxismo. Criticó el racionalismo por no entender que “la razón” tenía límites y era algo totalmente diferente de la “comprensión”. “La razón debe ser una con la percepción. Esta razón
dejó de percibir; ella simplemente calcula. La comprensión es instinto espiritual; la razón se
convirtió en un mero cálculo intelectual.”[23] El materialismo (que comparte un vínculo con el
racionalismo) y el racionalismo “abarcan todo excepto lo que es vital”. Como el racionalismo, el
materialismo no podía entender la historia o la naturaleza del hombre: "La concepción materialista de la historia, que le da a la economía un peso mayor que al hombre, es una negación de la historia; niega todos los valores espirituales…. El hombre se rebela contra el mero animal en sí mismo; está lleno de determinación de no vivir sólo  para el pan – o, en una etapa posterior, no sólo para la economía – toma conciencia de su dignidad humana. La concepción materialista de la historia nunca ha tomado conocimiento de estas cosas. Se ha concentrado en la mitad de la historia del hombre: y en la mitad menos acreditable".[24]

Por lo tanto el marxismo, porque fue fundado sobre tales ideas, cometió el error de concebir al hombre como un animal sin alma guiado únicamente por motivos económicos, mientras que en realidad ideas superiores y fuerzas espirituales guiaban sus acciones. Además, Marx no pudo entender que no había ningún proletariado internacional porque la gente, proletarios o no, se diferenciaban por pertenecer a diferentes völker(esto a menudo se traduce como “naciones”,  pero también puede ser entendido como “etnias”).

 Moeller creía que este error era en parte producto del pensamiento racionalista de Marx así como de su origen judío, lo que le hizo ser “un extraño en Europa” que “se atrevió a inmiscuirse en los asuntos de los pueblos de Europa.” Moeller golpeó: “Judío que era, el sentimiento nacional le era incomprensible; racionalista que era, el sentimiento nacional era para él desactualizado.”[25]

Sin embargo, el socialismo en sí no estaba limitado al marxismo y, de hecho, “no existe el socialismo internacional… el socialismo comienza donde termina el marxismo.”[26] Moeller hizo un llamad
o al reconocimiento del hecho de que “cada pueblo tiene su propio socialismo” y que existía un conservadurismo “nacional socialista” de origen alemán que debía ser el fundamento del Tercer Imperio.

Este socialismo alemán era esencialmente una forma de corporativismo socialista, una
“concepción corporativa del Estado y la economía,” que tenía sus bases en las ideas de
 pensadores como Friedrich List, Frieherr von Stein y Constantin Frantz, así como en el sistema del gremio medieval.[27] Otros notables intelectuales que fueron contemporáneos de Moeller,  principalmente Oswald Spengler y Werner Sombart, abogaban por conceptos similares de
“socialismo alemán”. [28]

Moeller también desafió el concepto de Marx del proletariado así como su concepto de la guerra de clases afirmando que “el proletariado es un proletario por su propio deseo”. Así, el proletariado en el sentido marxista no era un producto de su posición en la sociedad capitalista, sino simplemente de “la conciencia proletaria”. El socialismo es un “problema de población” que es el “asunto socialista más urgente concebible” y al que Marx era incapaz de dar reconocimiento un apropiado.[29]

 El problema del proletariado era esencialmente el problema de una nación con mucho excedente de población debido a la falta de “espacio vital”, lo cual implicaba que la gente comenzara a vivir en malas condiciones. Debido a que Alemania estaba siendo impedida por potencias extranjeras para resolver el problema de su población, “el proletariado está aprendiendo que si clases oprimidas sufren en el cuerpo, las naciones oprimidas sufren en el alma”. Tanto los alemanes proletarios como no-proletarios eran alemanes y tendrían que unirse para liberarse a sí mismos de la opresión, porque “sólo la nación en su conjunto puede liberarse.”[30]

Liberalismo y Democracia

 El liberalismo fue atacado por Moeller por considerarlo una fuerza negativa que debía ser eliminada completamente y que era el principal enemigo tanto de la Izquierda revolucionaria y la Derecha conservadora. Moeller pensaba que el liberalismo está esencialmente basado en el individualismo, lo que significa no sólo la idea de que el individuo tiene valor sino que consiste en una especie de egoísmo que se niega a reconocer algo por encima del individuo y que incluso pone total valor al interés propio. “Los liberales dicen hacer todo lo que hacen por el bien de la gente; pero destruyen el sentido de comunidad que debe unir a los hombres excepcionales con el pueblo del que surgen.”[31]

Así, el liberalismo es una fuerza degenerativa que debilita a las naciones y atomiza la sociedad; es una ideología tolerada sólo por naciones que ya no tienen un sentido de unidad o “instinto de Estado.” Los liberales por lo tanto no tienen sentido de responsabilidad hacia su nación, siendo
indiferentes a su pasado y su futuro, buscando sólo ventaja personal. El poder desintegrante de esta ideología es obvio: “Su sueño [el de los liberales] es la gran Internacional, en la que las diferencias entre pueblos y lenguas, razas y culturas serán destruidas.” [32]

Moeller llegó a la conclusión de que el liberalismo había creado una forma de Estado – la República
 – en la que la vieja aristocracia fue reemplazada por un “estrato peligroso, irresponsable, despiadado, intermedio” de políticos corruptos guiados únicamente por su propio interés. Moeller sostuvo incluso que los liberales no tenían una idea adecuada de libertad: “libertad significa para él [el liberal] simplemente un campo de acción para su propio egoísmo, y esto lo asegura mediante los dispositivos políticos que ha elaborado con ese propósito: el  parlamentarismo y la así llamada democracia.”
[33]

En lugar del concepto liberal- republicano de democracia, Moeller ofreció una nueva idea: “La cuestión de la democracia no es la cuestión de la república” sino más bien algo que surge cuando la gente “toma participación en la determinación de su propio destino”.[34] Los alemanes habían sido originalmente un pueblo democrático en tiempos antiguos, lo que no tenía nada que ver con derechos teóricos o incluso con votar, sino que con el vínculo de patrimonio y la ejecución por  parte del monarca de la voluntad del pueblo.

 Por lo tanto, incluso una monarquía fuerte podía ser una democracia. Sin embargo, Moeller creía que la vieja monarquía del Segundo Reich había perdido contacto con el pueblo y que un nuevo tipo de Estado monárquico debía entrar en vigor, “una democracia con un líder –  no el  parlamentarismo”. [35] Este líder aboliría el mandato de los partidos e instituiría un sistema en el cual los líderes “se sentirían uno con la nación” y “identificarían el destino de la nación con el suyo propio.” [36]

Reaccionarios y Conservadores

 Reaccionarios y conservadores a menudo se consideran como lo sinónimos, pero Moeller enfatizó que existen importantes diferencias entre los dos grupos. Esencialmente un reaccionario es alguien que cree en una total restitución de las formas pasadas. Es decir, busca revertir la historia y traer de vuelta todas las prácticas antiguas, independientemente de si son realmente  buenas o malas, porque cree que todo lo del pasado era bueno. Moeller así distingue al reaccionario de los conservadores: "La visión de la historia que tiene el reaccionario es superficial así como la del conservador es profunda. El reaccionario ve el mundo como lo ha conocido, mientras que el conservador lo ve como ha sido y siempre será. Distingue lo transitorio de lo eterno. Lo que ha sido nunca podrá ser de nuevo exactamente de la misma forma. Pero lo que el mundo ha dado a luz puede ser dado a luz de nuevo".[37]

 Lo que esto quiere decir es que mientras un reaccionario busca revivir totalmente las formas del  pasado, los conservadores entienden cómo funciona realmente el mundo. Las sociedades evolucionan y por lo tanto, cambian algunos valores y tradiciones, pero al mismo tiempo ciertas tradiciones y valores no cambian o no deben cambiar. El conservador intenta preservar los valores y costumbres que son buenas para la nación o son eternas en la naturaleza mientras simultáneamente acepta nuevos valores y prácticas cuando son útiles para la nación o cuando se reemplazan valores y prácticas viejas que, en efecto, eran negativas. Por lo tanto

"Él [el conservador] no tiene ambiciones de ver al mundo como un museo; lo prefiere como un taller, donde puede crear cosas que sirvan como nuevos cimientos. Su  pensamiento difiere de los revolucionarios en el sentido que no confía en las cosas que fueron engendradas apresuradamente en el caos de la agitación; las cosas tienen un valor  para él sólo cuando poseen cierta estabilidad. Los valores estables nacen de la tradición".[38]

¿Qué, entonces, es un “revolucionario conservador” o “conservador revolucionario”. En muchos
sentidos, la definición de Moeller de conservador es básicamente equivalente a conservador revolucionario; quien valora lo que es eterno o bueno, dejando atrás lo que ya no es sostenible o está mal. Sin embargo, estrictamente hablando, para Moeller el conservador revolucionario es un conservador que combina ideas conservadoras y revolucionarias para el beneficio de la nación.
Moeller escribió que el “pensamiento conservador revolucionario” es el “único que en una época
de agitación garantiza la continuidad de la historia y la preserva de igual forma de la reacción y
del caos.”[39] Por lo tanto, es un desarrollo necesario que reconoce y reconcilia “todas las antítesis históricamente vivas entre nosotros,” refiriéndose a la reconciliación de ideas aparentemente contradictorias como el socialismo y el nacionalismo conservador .[40]

El nacionalismo conservador y el Tercer Imperio

 Según Moeller, el conservadurismo y el nacionalismo están vinculados, lo que significa que un conservador es un nacionalista. Pero ¿cómo define “nacionalismo”, un término que a menudo
tiene definiciones contradictorias? La nacionalidad (o, alternativamente, etnia) no se basa simplemente en nacer en un país específico y hablar su lengua, como a menudo se ha asumido en el pasado; una nación es en realidad definida por “su propia carácter peculiar consistente en la manera en que los hombres de su sangre valoran la vida.” [41] De esta forma, Moeller escribió: "Conciencia de nacionalidad significa conciencia de los valores de vida de una nación. No sólo son alemanes los que hablan alemán o nacieron en Alemania, o posean sus derechos de ciudadano. El conservadurismo busca preservar los valores de una nación, tanto  preservando los valores tradicionales, en cuanto éstos aún posean el poder de crecimiento, y asimilando todos los nuevos valores que aumenten la vitalidad de una nación. Una nación es una comunidad de valores; y el nacionalismo es una conciencia de valores".[42]

Es de interés señalar aquí que los intelectuales liberales-igualitarios afirman a menudo que los nacionalistas creen que una nación es una entidad totalmente inmutable en cuanto a carácter, mientras que el concepto de Moeller de conservadurismo y nacionalismo, como se explicó anteriormente, desafía completamente estos prejuicios anti nacionalistas. Del mismo modo, el socio de Moeller, el influyente pensador völkisch Max Hildebert Boehm, opinó que un völk  no era un organismo inmutable, sino que estaba permanentemente fluyendo.[43]

Finalmente, Moeller declaró que “El estado tambaleante amenazó con dejar a la nación en ruinas.
Pero ha surgido una esperanza de salvación: un movimiento conservador-revolucionario de nacionalismo.” [44] El que “Establecerá un Tercer Imperio, un imperio nuevo y final” que uniría
al pueblo alemán como un todo, estaría fundado sobre valores conservadores y el amor a la patria y que resolvería los problemas económicos y demográficos de Alemania. Sin embargo, Moeller
destacó que el objetivo no era luchar sólo por Alemania, sino que “al mismo tiempo él [el
nacionalista alemán] está luchando por la causa de Europa, por cada influencia europea que
irradia de Alemania como centro de Europa.”[45]. Por lo tanto, el cumplimiento del destino de Alemania significaría la salvación de Europa.

Influencia y muerte


 La gran visión de Moeller para el futuro del nacionalismo alemán y el conservadurismo tuvo mucha influencia entre los grupos de extrema Derecha en Alemania y fue fundamental en el desarrollo de “conservadurismo revolucionario”. Sin embargo, su influencia más prominente fue en el movimiento nacionalsocialista de Hitler, incluso al punto de que de Moeller a menudo se dice que es un precursor del nacionalsocialismo.

Aunque el término “Tercer Reich” no se originó con él, fue él quien lo popularizó durante la
República de Weimar y fue la fuente de la cual los nacionalsocialistas lo adoptaron. Además, el concepto de Moeller de un líder que se identifica con la nación, el concepto de un “socialismo nacional”, su anti-liberalismo y su creencia en la importancia de la nacionalidad llevan a una relación obvia con nacionalsocialismo de Hitler.

Sin embargo, estas ideas no son exclusivas de Moeller o de Hitler y de hecho son anteriores a ambos. También existen diferencias llamativas entre Hitler y la cosmovisión de Moeller. Este último no compartía el anti-eslavismo de Hitler o su particular punto de vista racial y, a pesar del hecho de que consideraba a los judíos como un problema cultural en Europa, sus actitudes contra ellos eran muy leves en comparación a Hitler.

 Cuando Hitler visitó el Club Junio en 1922 y tuvo una discusión con Moeller, este creía que si  bien Hitler claramente estaba luchando por los intereses alemanes, no tenía las cualidades personales necesarias: “Hitler fue arruinado por su primitivismo proletario. No entendía cómo dar a su socialismo nacional cualquier base intelectual. Era la pasión encarnada, pero totalmente sin sentido de la proporción o medida.”[46] Según Otto Strasser, otro asociado de Moeller, Hitler
tampoco entendía la frase de Moeller que rezaba “Éramos teutones, somos alemanes, seremos europeos,” lo que significaba que Alemania debía convertirse en “un miembro de la gran familia europea”. [47] A pesar de todo, Hitler aún admiraba a Moeller y una copia firmada de su
 Das  Dritte Reich fue encontrada en el búnker de Hitler en 1945.[48] El resultado fue que Moeller se convirtió en una figura paradójica, admirada tanto por partidarios y adversarios de Hitler, simultáneamente.

Ya por el año 1925, Moeller comenzó a desesperarse por la situación política en Alemania y por varios acontecimientos negativos. Él no tenía ninguna confianza en las fuerzas políticas de Derecha que surgieron y se ha sugerido también que temía que los nacionalsocialistas abusaran o distorsionaran sus ideas. A medida que se retiraba del activismo político, Moeller se volvió más solitario y depresivo, siendo finalmente golpeado por un ataque de nervios, tras lo cual se suicidó el 30 de mayo de 1925.[49] Pero al dejar este mundo, Moeller van den Brick dejó como legado su imponente visión: "El nacionalismo alemán lucha por el imperio posible…. No estamos pensando en la Europa de hoy que es muy indigna como para tener cualquier valor. Estamos pensando en la Europa de ayer y lo que puede ser rescatado para mañana. Estamos pensando en la Alemania de todos los tiempos, la Alemania con un pasado de dos mil años, la Alemania de un eterno presente que habita en el espíritu, pero que debe asegurarse en la realidad y esto puede sólo hacerse políticamente…. El mono y el tigre en el hombre están amenazando. La sombra de África cae sobre en Europa. Es nuestro deber ser guardianes en el umbral de los valores".[50]