domingo, 31 de enero de 2016

Otto Strasser: "Hitler quería el poder, nada más que el poder"

Cuando en la Alemania volcánica de 1920 se hablaba de los "hermanos Strasser" se veía converger en ellos a todas las fuerzas que deseaban reconstruir una Alemania nacionalista y convertirla en una Alemania socialista. Resultó natural que un día conocieran a Hitler y que, desde ese mismo día, comenzara una larga lucha entre el nacionalsocialismo que propugnaba el futuro Führer y el que deseaban los Strasser. Gregor Strasser (1892-1934) llegó a ser presidente del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores) entre 1923 y 1925, cuando fue encarcelado Hitler tras su fallido intento de golpe de estado en noviembre de 1923. Su hermano, Otto Strasser (1897-1974), lideró el ala izquierda del mismo partido. En el congreso nacional del NSDAP de 1926, los hermanos Strasser presentaron un programa alternativo al de Hitler, en el que proponían la socialización de los medios de producción, una reducción de la propiedad privada y una alianza entre Alemania y la Unión Soviética.
Desde la toma del poder por Hitler, los nazis de izquierda sufrieron una violenta represión, tildándoselos de "rojos con camisa parda" y, como era de esperar, inauguraron los campos de concentración. Expulsados del partido en 1930, Gregor fue asesinado en Berlín durante la "Noche de los cuchillos largos" de 1934, y Otto, que había emigrado en 1933 a Austria y posteriormente a Checoeslovaquia, fue víctima de varios intentos de asesinato por parte de la Gestapo. Así, se vio obligado a huir, primero a Portugal y después a los Estados Unidos, para acabar en Canadá. Recién pudo regresar a su país al término de la Segunda Guerra Mundial. En 1967, el periodista y escritor ruso Víctor Alexandrov (1908-1989) tuvo la oportunidad de entrevistar a Otto Strasser en su casa de Munich. Dicha entrevista fue publicada en la revista "Planeta" de Buenos Aires (nº 16, julio de 1967).



Usted es considerado generalmente el "cerebro del nacionalsocia­lismo", ¿está de acuerdo?

Sí y no. Sí, si por ello se entiende que traté de dar una forma al oscuro concepto del nacionalsocialismo y de utilizarlo según los datos económicos y políticos. Siempre lo hice, guiado por mi educación y mi forma de pensar; primeramente en lo que se llamó el "Programa de Bamberg" y luego en mis "Ca­torce tesis de la revolución alemana", que aparecieron en 1930. Justamente fue esta obra, en sus definiciones mismas, el principal mo­tivo de mi antagonismo con Hitler (dejando de lado cierta animosidad recíproca), que se empeñaba en no tener ningún programa, so­bre todo ningún programa anticapitalista. Así, podía esperar el apoyo de los "poderosos del momento", que necesitaba para tomar el po­der. Por eso hizo todo lo posible, sobre todo después del golpe abortado del 9 de noviem­bre de 1923, para no provocar al capitalismo, al ejército y a la burocracia; en una palabra para hacer fracasar la "revolución conserva­dora", finalidad que buscábamos y buscamos siempre mis amigos y yo. En ese sentido, yo no era el "cerebro del nacionalsocialismo" tal como Hitler lo desarrolló.

¿Cuándo y dónde conoció a Hitler?

En otoño de 1920, en la época en que yo era estudiante de la Universidad de Econo­mía y Jurisprudencia de Berlín, y pasaba mis vacaciones en Deggendorf. Mi hermano Gregor, entonces farmacéutico en Landshut, me invitó un día a su casa para conocer a dos personas importantes. En esa época, mi her­mano era jefe del "Cuerpo franco de la Baja Baviera", una de las numerosas organizacio­nes paramilitares contrarias al tratado de Versailles que iba a firmarse. Su ayudante era Heinrich Himmler, quien se encargaba de reunir los miembros dispersos de la organización (y sobre todo las armas) y de mantenerlos en condi­ciones. Fui a Landshut y allí mi hermano me informó que esperaba al general Ludendorff y a un tal Adolf Hitler. Ludendorff que­ría iniciar el reagrupamiento de todas las asociaciones paramilitares y con ese fin iba a hablar con mi hermano para que pusiera bajo sus órdenes a su grupo. Lo acompañaría Hitler, que era su "asesor político", pues el abortado golpe de marzo de 1920, le había demostrado que un golpe sin preparación política no tenía nin­guna posibilidad de éxito. Hitler debía asumir esa instrucción y esa preparación política, pues sus reuniones públicas realizadas anteriormen­te en Munich contaban con numeroso público.

¿Qué impresión tuvo de Hitler?

Cuando esos señores llegaron en au­tomóvil, el general Ludendorff me impresionó profundamente y correspondía exactamente a lo que yo me imaginaba. En cambio, su compañero Hitler me resultó desagradable por el servilismo que evidenciaba en presencia del general. Lo colmaba de atenciones como un maitre de hotel a un huésped de categoría. Cuando conversaba con él, todas sus frases comenzaban y terminaban con un "por su­puesto, excelencia", acompañado de una reve­rencia más o menos insinuada. Esa actitud ya me hubiera resultado chocante de haber vestido uniforme, pero con ropas civiles me resultaba doblemen­te desagradable. Ludendorff, en cambio, a pe­sar de lucir un uniforme militar, hablaba en forma simple y natural, y escuchaba con in­terés todas las sugestiones.

¿Cuál era su posición política en esa época?

Yo todavía era miembro del partido socialdemócrata y participaba en los cursos de estudios del Vorwarts. Hitler, que según todas las apariencias se ha­bía informado acerca de mí antes de nuestra entrevista, me atacó de inmediato. "¿Es cierto que en marzo usted tomó las armas contra el golpe nacional y por consiguiente con­tra su excelencia Ludendorff?", me preguntó con tono cortante. "Sí, y tam­bién lo hice el año anterior contra el poder del Consejo de Baviera, porque me opongo a toda dictadura, ya sea roja o parda. Además, estoy convencido de que el resurgimiento nacional sólo podrá hacerse con la bandera del socia­lismo y no con la del capitalismo y la reacción, y que los golpistas eran ciertamente nacionalistas pero también reaccionarios y capitalistas". Ludendorff tomó entonces la pa­labra y me dio la razón: "Todos eran viejos reaccionarios. Cuando lo advertí, los abandoné inmediatamente des­vinculándome de su intento". Insistí a Hitler para que nos dijera finalmente cuál era el programa de su partido que se llamaba "Par­tido Obrero Nacionalsocialista"; era un her­moso nombre y yo deseaba saber qué cubría, pero fue en vano. Aunque la conversación se prolongó durante varias horas, no pude lograr que Hitler me definiera un programa cualquiera, a pesar de que en varias ocasiones el general Ludendorff se esforzó en traducir las explicaciones de Hitler en el plano de la economía y la política interna. Cuando nos separamos ya avanzada la tarde, mi hermano se había puesto bajo el comando militar de Ludendorff, pero pidió tiempo para pensar en lo referente al aspecto político. Al despedirse, Hitler se dirigió a mi hermano: "Con usted me hubiera entendido fácilmente, pero su her­mano es un marxista y un intelectual. Es di­fícil ponerse de acuerdo con esa gente".

¿Cuál fue su impresión en general y cuáles fueron las consecuencias de esa en­trevista?

Mi impresión fue totalmente negati­va. Un hombre que no puede precisar su pen­samiento carece de plan claro y bien definido, o no quiere revelarlo. En mi opinión, en esa época y también después, Hitler no tenía pro­grama político, fuera del programa que tomó de Gottfried Feder, conocido con el nombre de los "25 puntos del NSDAP". Hitler quería el poder, nada más que el poder, para Adolf Hitler. Cualquier programa que lo llevase al poder le hubiese convenido. Su intuición le hizo comprender que la unión del nacionalismo y del socialismo, las dos ideas fuerzas del siglo XX, era "el camino del futuro" que lo llevaría a él al poder.

¿Considera entonces que Hitler no creía en ningún concepto político?

Sí, creía en el antisemitismo, si po­demos llamar a eso un concepto político. De todas maneras, es una fuerza política y lo ha sido a través de los siglos, y no solamente en Alemania.

¿Cuándo y dónde volvió a ver nue­vamente a Hitler?

Mi hermano ingresó en el NSDAP y yo abandoné el partido socialdemócrata. Me mantuve entonces al margen de la polí­tica, aprobé mi doctorado e ingresé como informante en el ministerio de Abastecimiento y Agricultura en Berlín. El 9 de noviembre de 1923 se produjo el golpe de Hitler del cual me enteré en Berlín, cuando ya había terminado. Mi hermano fue detenido y conde­nado lo mismo que Ludendorff y Hitler, pero en 1924 fue puesto en libertad al ser elegido diputado en la Dieta de Baviera. Hitler per­maneció en Landsberg y Ludendorff fue absuelto. Es más, después del alejamiento de Hitler de la vida política alemana, Ludendorff y mi hermano se hicieron cargo de la direc­ción política del movimiento nacional, para su gran desagrado. En esa época mi hermano pi­dió mi colaboración, en su carácter de consejero político, para hacer del NSDAP un verdadero partido nacionalso­cialista, con un programa claro y eficaz. Ingre­sé así en ese partido "sin Hitler", y fundamos con Gregor las "Letras Nacionalsocialistas" y designamos jefe de redacción al doctor Joseph Goebbels, ex miembro del "Partido de la Li­bertad del Pueblo Alemán". Re­cibía un pequeño sueldo mensual como secre­tario particular de Gregor, el primer dinero que el joven Goebbels ganó regularmente.

¿Cómo volvió Hitler a la escena?

Mediante una serie de influencias aún no aclaradas. Según las investigaciones de los historiadores, Hitler habría sido puesto en libertad en forma totalmente inesperada e incluso se le habría permitido -al menos en territorio bávaro- reiniciar su actividad política, aunque siempre fuera extranjero y a pesar de haber sido condenado a varios años justamente por sus actividades políticas. Prusia emitió una orden de arresto y le prohibió residir en su territorio y hacer uso de la palabra en público, de modo que dos tercios de Alemania le eran inaccesibles. Mi hermano aprovechó esa situación para convocar a un mitin en Hannover, con el fin de constituir una comunidad de todos los trabajadores del norte de Alemania. Las "Letras Nacionalsocialistas" serían para ellos un órgano de formación política y servirían para ampliar y difundir la acción. En Berlín fundamos las "Ediciones Combate" y como yo debía asumir la dirección, acepté continuar mi colaboración, pero puse como condición la adopción de un programa definido, que elaboré junto con mi hermano, y que se conoció más tarde con el nombre de "Programa de Bamberg". La asamblea de Hannover se pronunció en favor de dicho programa, de modo que tuvimos las manos libres. Así, mientras en el sur de Alemania "reinaba" Hitler junto con Rosenberg y Streicher, en el norte mi her­mano tenía sólidamente el partido en sus ma­nos, con el apoyo de hombres como Kaufmann y Schlange Schöningen. Goebbels y yo mismo asegurábamos el apoyo intelectual. Hitler tomó la iniciativa du­rante una reunión del partido realizada en Bamberg (primavera de 1926), para tratar de obtener por la fuerza una elección definitiva entre "hitlerismo" y "strasserismo". Pero ello se frustró y no tuvo otra consecuencia que el ingreso de Goebbels en el sector hitlerista, que tenía la ventaja de ser el más rico.

¿Cómo se desarrollaron sus relacio­nes con Hitler?

Después de la reunión en Bam­berg, la antipatía que Hitler sentía por mí aumentó cuando Goebbels le contó que en Hannover yo había preconizado la declaración del nacionalsocialismo contra el antisemitis­mo de Munich. Pero Hitler sabía muy bien que mientras durase su destierro del norte de Alemania nada podía hacer sin mi hermano. Por consiguiente, trató siempre de estrechar sus vínculos personales con él. Fue el padrino de los mellizos de mi hermano, frecuentó asi­duamente su casa, y en oportunidad de la muerte de mi padre pronunció una alocución fúnebre en la casa de mi familia, de modo que durante el período entre 1925 y 1930 mantuve con él numerosas entrevistas. Ello me parece muy importante porque existe una enorme diferencia entre el hecho de haber conocido a un hombre en privado y en sus comienzos, y el de verlo con la investidura del poder. Junto con Rudolf Hess, que por lo demás se hallaba presente a menudo, soy el único hombre vivo que conoció a Hitler en sus comienzos y en un círculo tan restringido.

¿Y cuál es su juicio definitivo acer­ca de la personalidad de Hitler?

Coincide exactamente con mi pri­mera impresión de 1920. El encanto austría­co de Hitler, que usaba o del cual se despojaba a vo­luntad y también sus accesos de furia igualmente controlados eran tan irresistibles como su voluntad sobrehumana. Gracias a su poder de intuición, basado justamente en su incultura, Hitler des­orientaba a los débiles y a los fuertes -pero sobre todo a los débiles- que conversaban con él, y entonces explotaba sin ningún escrúpulo esos puntos vulnerables, para ganar a su in­terlocutor a su causa o para intimidarlo, según la importancia que le atribuía. Su fuerza de voluntad, que superaba las dimensiones huma­nas, se acrecentaba también con su falta de cultura y de conocimientos, convirtiéndose así en el arma decisiva de su desmesurada ambi­ción. Esa am­bición indomable, una voluntad poco común, una falta total de principios morales y su poder de intuición fueron los in­gredientes de esa mezcla explosiva que al ser lanzada en medio de la situación revoluciona­ria de la posguerra, tanto en Alemania como en Europa, tuvieron el efecto fatal que todos nosotros conocemos.

¿En qué época tuvo usted frecuentes oportunidades de conversar a solas con Hitler?

En los primeros años posteriores a su liberación. Hitler era frecuentemente huésped de mi hermano en Landshut y de mis padres en Dinge. Durante esos encuentros pri­vados y sin protocolo, podía en cierta forma salir de sí mismo; Hitler se expresaba de manera muy diferente cuando se hallaba ante un público numeroso que cuando asistía a una pequeña reunión, pues temía la crítica. En este caso, cuando hablaba de política, se limi­taba siempre a generalidades y evitaba todo problema preciso. Desviaba la conversación al terreno del arte.

¿Puede describirme usted una jor­nada que haya pasado en compañía de Hitler?

Con mucho gusto. En Dingensbüttel, en el año 1926, estando de visita en casa de los abuelos Strasser, fuimos a buscarlo des­pués del desayuno para visitar la ciudad. De inmediato comenzó a exponer sus proyectos para modificar su aspecto. Su odio se dirigía especialmente contra los techos planos que, según afirmaba, eran de inspiración judía. Al recordar las visitas que hicieron a la ciudad los emperadores, acometió contra los banque­ros judíos y los prestamistas, entre los cuales Fugger era, según él, el típico representante judío, y con un ligero movimiento de la mano rechazó mi objeción de que Fugger no era judío. Hitler sentía aversión por toda rectifi­cación o corrección, sobre todo si se presen­taban pruebas. Le gustaba discurrir solo y llamaba "juegos de intelectuales" a las dis­cusiones. Por la tarde, a la hora del café, Hitler se limitaba a hablar de arte o de obras políticas que coincidían con sus propias con­cepciones. Recuerdo una larga conversación sobre Maquiavelo. Creía poder deducir de la obra del florentino que todos los hombres son malos y que un jefe debía tomar a César Borgia como modelo. Esta conversación del año 1926 me parece muy importante a la luz de los acon­tecimientos del 30 de junio de 1934: cuando yo condenaba el cobarde asesinato de sus ge­nerales realizados por Borgia, Hitler lo defendió considerándolo la mayor hazaña po­lítica de Borgia. Afirmó que un jefe siempre debe estar dispuesto a separarse de sus com­pañeros de la primera hora, si ellos represen­tan un obstáculo para el fin que se propone. En "Mein Kampf" (Mi lucha), Hitler confiesa haber leído solamente libros que confirmaban sus propias convicciones. Buscaba argumentos para su imaginación enfermiza. Casi siempre lo acompañaban Hess y su chofer Schaub. Llevaba un ligero impermeable sobre sus ropas y botas de montar y no se separaba de su fusta. Durante la noche, lo visitaban algunos nota­bles de la ciudad, y Hitler les exponía sus planes para la transformación de la ciudad de Munich, que esperaba embellecer con un mo­numento conmemorativo dedicado a la marina. Hitler era el hombre más desprovisto de sentido del humor; detestaba los cuentos cómicos, los juegos de naipes y las conversacio­nes galantes. Se acostaba siempre a las diez de la noche. Hitler era un fenómeno interesante, de un magne­tismo extraordinario. He visto a muchas per­sonas que le eran totalmente hostiles entusias­marse completamente con él al cabo de diez minutos, porque Hitler advertía sus debili­dades y sabía halagarlas.

¿Cuál es su opinión acerca de la actitud de Hitler con las mujeres, basada justamente en su conocimiento personal e íntimo?

¡Hitler no tenía ninguna relación con las mujeres! Esa fue una de las razones de la desconfianza instintiva que sentía por él. Quien no gusta de las mujeres, no bebe vino y se precia de no fumar ni de comer carne, me resulta sospechoso a primera vista. Mi experiencia de la vida me ha enseñado que conviene cuidarse de esta clase de hombres. Frecuentemente, ellos compensan esos sentimientos de frustra­ción en una forma lamentable: anomalías se­xuales, crueldad, deseos sanguinarios y un desprecio sin límites por la vida. Y Hitler odiaba a las mujeres. Ignoro si se trataba de una deficiencia congénita o de consecuencias de una experiencia desdichada. La historia de su juventud -la verdadera historia y no la fábula que él había inventado- puede hacer presumir dos eventualidades. Pero es total­mente cierto que Hitler era impotente y que a raíz de ello había concebido un odio por la mujer y por los hombres particularmente vi­riles. No obstante, además del hecho de con­siderar a las mujeres objetos capaces de per­mitirle alcanzar sus fines, especialmente para ganarse la voluntad de ciertos hombres o para perderlos, las veneraba en su condición de madres.

¿Ello es válido también en lo re­ferente a su sobrina Geli Raubal? ¿Conocía usted a Geli? ¿Qué sabe usted de su muerte?

Ello es igualmente válido en lo re­ferente a las relaciones que tuvo con la hija de su hermanastra. Conocí muy bien a Geli. La frecuenté suficientemente para despertar los celos de Hitler pues no puede haber la menor duda de que Hitler estaba enamorado de su sobrina. No la amaba como tío, pero ese amor adquirió un carácter morboso precisamente porque Hitler era impotente, como ya he dicho. Mantenía prisionera a Geli; la encerraba en su habitación no sólo de noche sino frecuentemente también de día. Ella vivía en su casa, de modo que la tenía continuamente bajo sus ojos. Cuando salía, la hacía vigilar por un hombre de confianza. En suma, la tiranizaba tanto que ella me pidió que a través de mi hermano le consiguiera una autorización para establecerse en Berlín.

¿Y su muerte?

Es también un capítulo que nunca se aclaró, y cuyo secreto podría encontrarse tal vez en los archivos del gobierno bávaro. El hecho es que Geli fue encontrada muerta de un balazo en su habitación y que Hitler difundió la noticia de que Geli "se había suicidado por desespera­ción amorosa". Pero nunca pudo disiparse el rumor, en la jerarquía del partido, de que el mismo Hitler la había asesinado en una crisis de celos (de la cual hubo varios testigos). Se­gún esa versión, Hitler se habría enterado de una carta en la cual Geli confesaba estar encinta, lo que habría impulsado a Hitler a darle muerte.

¿Tenía Hitler propensión al sa­dismo?

Sin duda alguna. Por ejemplo, le gustaba hacerse proyectar filmes tomados du­rante ejecuciones.

¿A qué ejecuciones se refiere?

El caso del espionaje Sonowsky en Berlín, por ejemplo, culminó con la decapita­ción de la baronesa Von Berg en Plotzensee. Pues bien, Hitler se hizo proyectar varias veces el filme de esa decapitación. Las ejecu­ciones que siguieron al desmembramiento del movimiento de resistencia del 20 de julio eran igualmente uno de sus filmes favoritos.

¿Cuáles son los episodios menos co­nocidos de la vida de Hitler?

El capítulo más oscuro es el de sus orígenes. Se sabe que el padre de Hitler era hijo ilegítimo de una señorita Schickelgrüber, que posteriormente casó con un señor Hitler, a quien hizo adoptar el niño. Pero hoy se ha probado que ese niño, es decir el padre de Adolf Hitler, era mitad judío. Su padre fue un judío soltero cuya criada era la señorita Schickelgrüber. Si bien es fácil comprender que el mismo Hi­tler haya hecho todo lo posible para ocultar estos hechos y evitar su difusión, resulta mu­cho menos comprensible la actitud de sus ad­versarios -del interior y el exterior- que entonces no podían ignorarlos. Resulta sorprendente que nunca se haya hablado de ellos. Si se hubieran revela­do, la leyenda hitlerista habría perdido todo fundamento: la ascendencia judía de Hitler habría terminado definitivamente con su mito. Otro capítulo oscuro de la vida de Hitler es el de su comportamiento durante el período lla­mado "el gobierno de los Soviets de Munich". En "Mi lucha" nos informa que a comienzos de la revolución el 9 de noviembre de 1918, Hitler se hallaba internado en el hospital municipal de Pasewalk por una pre­sunta intoxicación por gas que le habría oca­sionado trastornos visuales. Es curioso que nunca se haya encontrado el menor indicio de la historia clínica del cabo del Regimiento 16 de Infantería de Reserva bávaro Adolf Hitler. Quienes tuvieron ocasión de ver esa historia aseguran que nunca se trató de una intoxicación de esa clase. Ello es más que probable, pues durante las últimas semanas de la guerra los aliados ya no usaron gases, ya que se hallaban en continuo avance y se hubieran expuesto a encontrarse con sus propias ema­naciones venenosas. Sea como fuere, lo importante aquí es que Hitler nunca dio una explicación plausible de sus actividades durante ese período. Sin em­bargo, lo volvemos a encontrar, a comienzos de 1919, en un cuartel de Mu­nich, donde se disolvió su antiguo regimiento. Hitler no se hizo desmovilizar y llevó el bra­zalete rojo del ejército revolucionario que el gobierno de noviembre impuso en reemplazo de las insignias tradicionales del ejército. Per­maneció allí incluso cuando se proclamó la República de los Soviets en Baviera en 1919, lo cual provocó la huida a Bamberg del go­bierno legítimo de Hoffmann, que desde aque­lla ciudad lanzó un llamado a la rebelión contra la dictadura roja. El presidente Ebert, en Berlín, lo apoyó y dispuso la intervención a la Fuerza de Defensa, reforzada con numerosos paramilitares a los cuales me incorporé. Hitler no sólo se abs­tuvo de incorporarse sino que, por el contrario, siguió prestando servicios durante esas semanas de marzo y abril de 1919 luciendo el brazalete rojo. Ninguno de sus biógrafos, ni él por lo demás, menciona ninguna participación en la lucha contra el bolcheviquismo. Sólo después de la victoria de la Fuerza de Defensa y de sus paramilitares, el cabo Adolf Hitler apareció en el des­pacho del capitán Roehm, el oficial político de las tropas vic­toriosas, para ponerse a su disposición en su carácter de espía de los di­versos movimientos políticos que entonces se producían en la capital de la Baviera libe­rada. Hitler tuvo la audacia de designarse a sí mismo en esta función como "oficial po­lítico", es decir como oficial patriota encargado de difundir la doctrina. En realidad, sólo era uno de los numerosos agentes de in­formaciones de la División VII que de­bían informar al jefe de la sección política de todo lo que sucedía entonces en Munich. Así, Hitler tuvo ocasión de asistir a una re­unión del Partido de los Trabajadores Ale­manes que ya tenía dos años de vida. Después de asistir a algunas de las reuniones, durante las cuales usó varias veces de la palabra, Hi­tler fue invitado por el presidente del pequeño partido a asumir la dirección de la propagan­da, en su carácter de séptimo miembro del consejo directivo. Hitler siempre se negó a responder a las preguntas que se le formularon con respecto a su acción durante la dictadura de los Soviets en Munich.

¿Conoció usted a Alois, el herma­nastro de Hitler?

Sí, lo conocí muy bien. Su her­manastro, que había heredado el nombre de Alois de su padre común, era maitre de hotel en el restaurante Hut de la Potzdamer Platz en Berlín. Hacía mucho tiempo que Alois había aceptado su común origen judío. Escribió a su hermanastro Adolf informándole que tenía en su poder cartas del abuelo judío a la señora Schickelgrüber, que, además de la pensión alimentaria, trataban de la Evolución y de los progresos del hijo común, y que se proponía venderlas al "Frankfurter Zeitung". Ello debía suceder en 1927 o 1928, y a raíz de ello, Adolf Hitler adquirió esas cartas a su hermanastro, precisamente por intervención de su abogado, también mitad judío, que veía en ello un medio de presión contra el führer.

¿Cómo escribió Hitler "Mi lucha"?

Decir que lo escribió es inexacto. Refirió sus aventuras de juventud, sus ideas, a su compañero de celda Rudolf Hess, y éste decidió consignar todas esas cosas por escrito. Mientras Hitler caminaba a lo largo de la celda, evocando sus recuerdos y exponiendo sus ideas, en forma frecuentemen­te incoherente y vaga, Hess se ocupaba de tomar nota de ellos. Después de abandonar Landsberg, Hess habló del manuscrito a Gottfried Feder, uno de los redactores de los famosos "25 puntos". Este último lo completó y luego lo envió, para una última corrección, al padre Stenzler, que en esa época era jefe de redacción de un periódico nacionalista de prestigio, el "Miesbacher Anzeiger", y que juzgó muy malo el estilo suprimiendo numerosos pasajes, para gran disgusto de Hitler. El padre Stenzler fue asesinado por las SS el 30 de junio de 1930, y corrió el rumor de que su críti­ca de "Mi lucha" no era ajena a ese fin trágico.

¿Conocía usted la organización Thulé (Orden de los Teutones)? ¿Cuál era la posición de Hitler con respecto a ella?

Personalmente nunca tuve nada que ver con el grupo Thulé. Sólo he sabido que en la época de su lucha contra el poder del Consejo, los comunistas detuvieron e hicieron fu­silar a más de una docena de miembros de ese movimiento, como represalia. Más tarde supe que Hess había pertenecido a esa so­ciedad secreta. Es probable que Hitler haya estado vinculado con ella, pero no puedo ase­gurarlo.

Pero Hess fue discípulo del profesor Haushoffer. ¿Hasta qué punto Haushoffer se hallaba vinculado a ese círculo?

Haushoffer fue mi último jefe, en su carácter de coronel del Regimiento 1º de Artillería de Campaña bávaro. Después de mi desmovilización fue profesor en Munich y, en gran parte, fue el creador de esa nueva cien­cia llamada "geopolítica". Hess era un adepto entusiasta de Haushoffer, con quien colabo­raban sus dos hijos. Pero como estos últimos no satisfacían las exigencias de Hitler acerca de la herencia aria, Haushoffer y sus dos hijos no desempeñaron un papel importante en el partido. No obstante, a través de Hess, Hitler sufrió una fuerte influencia de las teorías ge­nerales y espirituales de Haushoffer.

¿Cómo se incorporaba Hitler en este esquema?

Al igual que todos los miembros de su partido, Hitler era un apasionado adepto a la astrología y a las ciencias ocultas. Su afi­ción surgió en su juventud por influjo de la doctrina del ex monje Lanz Von Liebenfels. Sin embargo, mi profundo conoci­miento del carácter de Hitler me induciría a decir que creía tan poco en la astrología como en el catolicismo, pero sabía utilizarlos muy bien para conquistarse a los hombres y domi­narlos. No sólo dejó el campo libre a Hess y a Himmler, los dos "místicos" entre sus alle­gados inmediatos, sino que, gracias a ellos, mantuvo también relaciones instructivas con famosos astrólogos y los alentó a usar hábilmente sus pre­dicciones con fines de propaganda. Pero lo más importante era que, al menos en sus comienzos, las predicciones de estos hombres fueron casi exclusivamente favorables a Hitler. En esa medida, la astrología fue confirmada por los hechos, a diferencia por ejemplo de los ridículos análisis de los periódicos ale­manes "Frankfurter Zeitung" y "Berliner Tageblatt".

¿Es cierto que usted y su "Frente Negro" utilizaron la primera verdadera emi­sora clandestina?

Sí, es exacto. Ya en 1934, es decir cinco años antes de la guerra, yo había conce­bido el proyecto de difundir a Alemania mi propaganda contra Hitler mediante un trans­misor de onda corta. Realicé ese plan con la ayuda de mi amigo Rudolf Formis, ingeniero jefe de la planta transmisora de Radio Stuttgart. Para furia de Hitler y de sus acólitos, todas las noches y durante largas horas, un río de verdades se volcaba en Alemania, sobre todo después de la "Noche de San Bartolomé alemana" del 30 de junio de 1934. Finalmente, Hitler encargó a su "superasesino" Heydrich para que pusiera término a la actividad del transmisor del "Frente Negro", y trajera a Ale­mania, vivos o muertos, a Strasser y a Formis. No lo lograron, pero Heydrich encontró no obstante su instrumento mortal: el jefe SS Alfred Naujocks. Con la colaboración de una mujer de apellido Kersbach y de otro asesino SS, Naujocks descubrió el escondrijo del trans­misor (el hotel Zahorcy en Praga), y asesinó a mi amigo Formis, aunque fue herido por este último durante su heroica defensa.

En el "Vólkische Beobachter" del 23 de noviembre de 1939 se decía que usted había preparado un complot contra Hitler con la colaboración de los servicios secretos ingleses. En la acusación se mencionaba el hecho de que usted había intentado asesinar a Hitler en 1936, durante los Juegos Olímpicos de Ber­lín, luego en ocasión de una reunión del Parti­do en Nuremberg, y finalmente durante la visita del Duce en 1937. En mayo de 1938, us­ted habría hecho transportar también un arte­facto explosivo a Dresden con el propósito de dar muerte a Hitler. ¿Es verdad?

¡Como usted ve los nazis siempre tuvieron confianza en mí! Responderé objeti­vamente: considero que el tiranicidio es un medio legítimo de un pueblo sometido para reconquistar su libertad. Y Hitler comenzó por reducir al pueblo alemán a la esclavitud para arrojarlo luego al abismo de la guerra total, es decir, de la destrucción total. Hubiera sido una gran suerte lograr eliminar a Hitler antes de ese cataclismo e incluso al precio del asesi­nato. Por esa razón organicé numerosos aten­tados; algunos no fueron preparados por mí y aunque estaban dentro del espíritu del "Fren­te Negro", los ignoraba totalmente. Basta ima­ginar lo que ese tiranicidio hubiera evitado a Alemania y a toda la humanidad, para jus­tificarlo plenamente. Veamos los detalles: aparte de un atentado personal contra Hitler ejecutado por un grupo SA, que después del 30 de junio de 1934 quería vengar el ase­sinato de Röhm y me entrevistaron en Praga para prepararlo, sólo el atentado mediante una bomba contra el diario "Der Stürmer" fue organizado y realizado según mis planes. La­mentablemente, debí abortar a raíz de una traición en Alemania misma con un saldo de tres víctimas: Hirsch, Kremin y Dopkin, que fueron ahorcados por el verdugo de Hitler. Todos ellos sabían que una lucha por la libertad exigía sacrificios humanos, pero también sabían cuál era la finalidad perse­guida: evitar la guerra.

Schellenberg, que estaba encargado de perseguirlo a usted, ¿fue quien determinó su expulsión de Suiza?

En sus memorias, Schellenberg me dedica todo un capítulo a mí y a las persecu­ciones de que me hizo objeto, especialmente en Portugal. Es más que verosímil que durante las diversas entrevistas que tuvo con Masson, el jefe de los servicios de seguridad suizos, haya solicitado también mi extradición. En efecto, yo fui expulsado indirectamente de Suiza, después del atentado de la sala "Burgerbrau" en Munich en noviembre de 1939. Se me comunicó que Hitler había solicitado mi arresto y mi extradición. Sólo me quedaba huir a Francia, cosa que logré a mediados de ese mes. Una vez más escapé de las garras de la Gestapo.

¿Usted afirmó que Hitler no fue el líder sino el catalizador del pueblo alemán?

Exactamente. Como lo he dicho y repetido tantas veces, no era el jefe, sino el "tapón" de la Revolución alemana; no fue el que formó la voluntad del pueblo alemán, sino el que la soportaba, como una membrana, y expresaba los sentimientos de un pueblo aplastado por la Primera Guerra Mundial y una revolución social abortada. Gracias a ello siempre vibró al unísono de las masas y ca­si siempre en oposición a las clases dirigentes del pueblo alemán: la nobleza, los intelectua­les, el ejército y la Iglesia. Hitler odiaba, por instinto y por razonamiento, a esos voceros de la minoría y de la élite, e hizo todo lo posible para destruir las instituciones que ellos representaban. No nos referimos únicamente a su odio contra éstas, sino también a la disolución de las organizaciones estudiantiles. También en esta ocasión obtiene la total apro­bación de la gran masa del pueblo. Le daré un solo ejemplo de su infalibilidad premonitoria, que era independiente de su propia convicción. Un día debía hablar en un congreso femenino ante un millar de mujeres de todas las clases so­ciales. Mi hermano creía que iba a ser un fiasco total, puesto que Hitler no tenía nin­guna relación normal con las mujeres. Hitler habló y terminó su discurso con este grito: "¿Y qué os ha dado el nacional­socialismo? ¡El hombre!". Había encontrado el denominador común. La intuición de Hitler no puede subes­timarse. Si se agrega a su fuerza de voluntad y a su absoluta falta de escrúpulos, consti­tuye el origen esencial de sus éxitos. Hitler nunca fue un jefe que impusiera al pueblo sus propias concepciones: fue sólo un medio capaz de penetrar en los sentimientos confusos de un pueblo en un momento dado, traducir­los en palabras y convertirlos en el fin de su voluntad.

En lo que concierne al porvenir, ¿cree usted que puede haber un nuevo Hitler en Alemania?

No creo, ¡estoy seguro! ¿Por qué? Porque hoy se plantean los mismos problemas de un nuevo orden económico y político que antaño, en la época de la República de Weimar, y que hacen objetivamente posible la aparición de un nuevo Hitler. Dichos proble­mas no fueron resueltos por Hitler, ni por las potencias victoriosas ni por Bonn. Y mientras esos problemas -a los cuales se agrega ahora el de la unificación de Alemania- subsistan, las tensiones internas conducirán a intentos de solución, como sucedió en el pasado, y el es­píritu del pueblo alemán le permitirá superar la "solución fascista".

¿Cómo podría, en su opinión, con­cretarse esa posibilidad?

Ante todo el problema principal: la situación de la Alemania de Bonn debe dete­riorarse forzosamente a raíz del fin de la "guerra fría" (de la cual Bonn será el principal beneficiario). La tensión siempre en aumento entre Moscú y Pekín ha producido y seguirá produciendo una distensión entre Moscú y Washington. Por consiguiente, la actitud obs­tinada y estéril de Bonn se hace molesta in­cluso para Washington. A ello debe agregarse el deterioro de la situación económica y financiera de Bonn. Di­cho deterioro induce ya a amplios sectores de la gran industria a interesarse vivamente en las posibilidades de soluciones "parafascistas", tendencia ésta que habrá de acentuarse en el futuro. No debe olvidarse que a fines de la era de Weimar, la gran industria buscó en la mis­ma forma un "hombre fuerte" y que lo en­contró en la persona de Hitler. Esos mismos círculos mantienen en reserva desde 1945 a importantes representantes del régimen hitlerista. Así, hombres como el doc­tor Best, condenado a muerte en Dinamarca, como Sepp Dietrich, el asesino de Röhm, y como el general SS Meyer, condenado a muer­te en Canadá, ocupaban y ocupan todavía car­gos honoríficos y fuertemente pagados en la industria alemana. No deben dichos cargos a su capacidad profesional, créame, se los con­serva como "agentes de enlace", en caso de necesidad, o por si aparece una posibilidad. Esa necesidad se impondrá cuando la situación de Bonn se torne cada vez más difícil.

¿Piensa usted que hay algún candi­dato para ese papel de Hitler II?

Debe señalarse que Hitler II se parecerá tan poco (o tanto) a Hi­tler como Napoleón III a Napoleón I. Un "hombre fuerte" no tiene ninguna intención de hacerse cargo de un papel ya hecho; la expe­riencia ha costado muy cara. Evidente­mente, tiene que haber sido miembro del partido, pero sin haber desempeñado una par­te activa en la persecución de los judíos. Debe haberse aproxi­mado a Hitler lo suficientemente cerca para beneficiarse con el sello de la legitimidad, pero al mismo tiempo hallarse suficientemente ale­jado para no ser contaminado por el olor nau­seabundo de los hornos crematorios. Debe ser un capitalista convencido, pero también hablar elocuentemente de justicia social, en lo posible, ¡con las flores del estilo evangélico! Debe ser católico, pero sin un apego espectacu­lar por la Iglesia, y tener cierto encanto en la televisión que resulta indispensable para esta forma de "dictadura demagógica". Debe ser pronorteamericano, sin dejar de mostrarse amable con De Gaulle y evitar sostener opiniones dirigidas contra Moscú. Además, debe resultar simpático al pueblo e inofensivo para las personas que tie­nen alguna influencia lo mismo que para el Parlamento, que no tiene ninguna vocación por ninguna forma de cambio.

¿Cómo se explica que usted no haya recibido ninguna indemnización por haber combatido el sistema hitlerista, mientras que las señoras Goering y Heydrich reciben una pensión del gobierno de Bonn?

Usted ha puesto el dedo en una de las paradojas del "espíritu de Bonn". A hom­bres como el profesor Nikisch y yo nunca se nos reconoció como "víctimas del nazismo", mientras que nazis reconocidos conservan sus cargos o reciben elevadas pensiones como re­paración. Pero recuerde usted que fue un hombre como Schroeder, actual ministro de relaciones exteriores de Bonn, en su época agente de Hitler en la sección jurídica de los SA, quien se ocupó como ministro del Interior del decreto que privaba a Hitler de sus dere­chos ciudadanos, y que al mismo tiempo me declaró "extranjero indeseable" que no podía beneficiarse con la nacionalidad alemana. De­bí librar una batalla de cinco años contra Bonn para recobrar finalmente mi nacionalidad y el derecho de poder volver a mi país, pero des­pués de seis procesos. Bonn sigue negándome toda indemnización. Así pues, ni indemniza­ción ni reparación, he ahí el espíritu de Bonn en todo su esplendor.

sábado, 30 de enero de 2016

 Los socialistas abandonan el NSDAP- Otto Strasser

http://laotraeuropa.blogia.com/2010/122703-otto-strasser-ii-los-socialistas-abandonan-el-nsdap.php

Otto Strasser (II) : Los socialistas abandonan el NSDAP

Lectores, camaradas ¡¡Amigos!!

Con profunda preocupación hemos contemplado en los últimos meses la evolución del NSDAP y con creciente recelo nos hemos visto forzados a observar cómo cada vez más a menudo y en cuestiones cada vez más importantes el partido entra en conflicto con la idea esencial del nacionalsocialismo.

En numerosas cuestiones de política exterior, de política interior y, sobretodo, de política económica, ha ido tomando el partido un posicionamiento que cada vez con mayor dificultad puede considerarse acorde con el espíritu de los 25 puntos (*2), en los cuales nosotros vemos el único (y exclusivo) programa del partido. Y todavía mucho más que eso ha pesado el creciente aburguesamiento del partido, una primacía de los intereses tácticos sobre los principios fundamentales, y la preocupante caciquización del apartado del partido, el cual cada vez más se ha convertido en la meta del movimiento y ha puesto sus intereses por encima de las exigencias programáticas de la Causa.

Nosotros habíamos comprendido y comprendemos aún al nacionalsocialismo como un movimiento conscientemente antiimperialista, cuyo nacionalismo se centra en la conservación y protección de la vida y el desarrollo de la Nación Alemana, sin ninguna clase de tendencias dominantes sobre otros pueblos y tierras.

Para nosotros había sido y sigue siendo aún, la negación del intervencionismo contra Rusia del capitalismo internacional y del imperialismo occidental, una exigencia esencial resultante tanto de nuestra ideología fundamental como de la necesidad de una política exterior propiamente alemana (*3). Alrededor de esto, hemos considerado las posturas de la dirección del partido cada vez más abiertamente favorables a una guerra de intervención, como contraria a la causa Nacionalsocialista y a las necesidades de una política exterior alemana.

Para nosotros había sido y sigue siendo todavía la solidaridad con el pueblo indio en su lucha por su libertad del yugo inglés y la explotación capitalista (*4) una necesidad, la cual se resulta del hecho de que para una política de liberación alemana, cada debilitamiento de los poderes tras el Pacto de Versalles (*5) es favorable, así como la afirmación por la lucha de cualquier pueblo oprimido contra la explotación de los usurpadores, ya que es consecuencia forzada de nuestra idea del nacionalismo, que el derecho a la autoafirmación de cada pueblo a su manera, lo que nosotros exigimos para nosotros, también corresponda a los demás pueblos y naciones.

En este aspecto para nosotros el concepto liberal de las “bendiciones de la cultura (civilizadora)” nos es completamente desconocido.

(N.d.E.: Para Otto y Gregor Strasser, el Nacionalsocialismo era una ideología enteramente aplicable por otras Razas y Culturas, de acuerdo a su propia realidad, y no limitada por ello exclusivamente a los alemanes. En este párrafo queda de manifiesto, además, que Otto no concebía la idea de "superioridad cultural", que es completamente contradictoria con una concepción "Nacional" -es decir, diversa- del mundo).

Nosotros habíamos sentido por lo tanto la política de la dirección del NSDAP, la cual a menudo tomó partido por el imperialismo británico contra la libertad de la India, contrario a los intereses esenciales del Nacionalsocialismo.

Nosotros habíamos entendido y seguimos entendiendo al Nacionalsocialismo según toda su naturaleza, como un movimiento alemán, cuya labor en el interior del Estado no es únicamente es la creación de una Gran Alemania Popular, con el rechazo de pequeños estados separados y privilegios particulares basados en criterios dinásticos, religiosos o puramente arbitrarios (¡Intervención Napoleónica!) (*6), los que impiden la reunificación de todas las fuerzas nacionales, imprescindibles para la liberación y la autodeterminación de Alemania. Nosotros hemos sentido por lo tanto la cada vez más abierta toma de posición de la dirección del partido a favor de este sistema de estados y privilegios particulares, cuya salvación e incluso ampliación fue proclamada como una tarea propiamente del Nacionalsocialismo, como perjudicial tanto para los intereses del Estado como enemiga de la idea de una gran unidad alemana.

Nosotros habíamos entendido y seguimos entendiendo al Nacionalsocialismo como un movimiento republicano, en el que existe tan poco espacio para la monarquía hereditaria como para cualquier otro privilegio que no descanse en el servicio a la Nación.

Nosotros habíamos visto y seguimos viendo en él el movimiento revolucionario que busca acabar con el Estado autoritario del mismo modo que con la democracia formal, y que ve su meta para el Estado es un modelo estatal orgánico de auténtica democracia germánica. Nosotros habíamos sentido por lo tanto que los intencionados claroscuros entre republicanismo y monarquismo de la dirección del partido son un lastre; y el excesivo culto por el autoritarismo fascista, como se manifiesta cada vez con mayor fuerza en los puestos oficiales del partido, verdaderamente como un peligro para el movimiento y un crimen contra la causa.

Nosotros hemos considerado y seguimos considerando al Nacionalsocialismo ante todo como el gran antídoto del capitalismo, el cual pone en práctica la idea del socialismo verdadero (aquel que está libre de la corrupción marxista) que lleva a la economía común de una Nación para el bien de esta Nación y rompe con el ese sistema de gobierno del dinero sobre el trabajo que impide el natural desarrollo de los pueblos y la verdadera creación de una economía popular.

Para nosotros el socialismo significa economía de necesidad en interés de la totalidad de los productores, participando en la posesión, dirección y ganancias de toda la economía de la Nación, es decir, la quiebra del monopolio de la propiedad del sistema capitalista actual, y ante todo la quiebra del monopolio de su poder de decisión, actualmente ligado a la propiedad.

Nosotros hemos notado por lo tanto, y en contra del espíritu original de los 25 puntos, que las formulaciones de nuestra voluntad socialista quedan cada vez más descoloridas desde la dirección; y las múltiples atenuaciones de las exigencias socialistas del programa (considérese por ejemplo el punto 17) (7*) que se han tomado, como una falta contra el espíritu y el programa del Nacionalsocialismo original, algo contra lo cual desde hace años hemos estado luchando con nuestra labor de enfatizar las exigencias socialistas del programa.

Nosotros habíamos sensibilizado y seguimos sensibilizando al Nacionalsocialismo conforme a su esencia, como el enemigo tanto de la burguesía capitalista como del marxismo internacional y vemos su tarea en la superación de ambos, a partir del hecho de que el sentimiento genuino socialista está unido en el marxismo a sus falsas enseñanzas del materialismo y del internacionalismo, y la burguesía, el de por sí correcto sentimiento nacionalista está unido a las falsas enseñanzas del racionalismo liberal y el capitalismo, y ambas fuerzas esenciales y acertadas (nacionalismo y socialismo) estarán condenadas a permanecer infructuosas en sus nefastas alianzas para la Nación y para la Historia.

Nosotros hemos visto y seguimos viendo por ello en nuestra lucha contra el Marxismo y contra el Capitalismo ninguna diferencia esencial, pues el liberalismo (y materialismo) existente en ambos es nuestro enemigo por igual.

Nosotros consideramos por tanto que las consignas de lucha de la actual dirección del NSDAP siempre en una sola dirección, “contra el marxismo”, como insuficientes y vemos en medida creciente que en todo ello existe un guiño de simpatía a la burguesía, que bajo las mismas consignas defiende sus intereses particulares y capitalistas, con los los que nosotros no hemos tenido ni tendremos nada en común.

Reforzados, subrayados y patentes se hicieron estos temores de naturaleza fundamental al comprobar las preocupaciones sobre las vías tácticas tomadas por la actual dirección del partido.

Desde siempre nos ha llenado de pesar y malestar, el que Adolf Hitler se haya explicado siempre tan a menudo en los círculos directores del empresariado y a los grandes capitalistas sobre los motivos y vías del NSDAP, pero (casi) nunca se ha tomado la molestia de hacer lo mismo con los círculos directores de los trabajadores y campesinos. Nosotros consideramos que el sentimiento resultante de ello, el de que el Nacionalsocialismo está más cerca de los primeros círculos que de los segundos, como un gran obstáculo. Tanto más cuando la franqueza nuestra voluntad socialista, debería excluir cualquier clase de entendimiento con esos círculos para los cuales la defensa de sus intereses capitalistas siempre será más importante que la realización de las metas nacionales y colectivas, sobretodo cuando esta realización tiene al Socialismo como premisa.

Por los mismos motivos hemos visto con creciente preocupación la estrecha relación de la dirección con Hugenberg y con el Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP) (8*), y en parte también con los “Cascos de Acero” (Stahlhelm) (9*) y los llamados “patriotas alemanes”, porque todos estos hechos –aún cuando por el bien del pueblo pueden ser aceptables en sus fines tácticos–, parecen hechos expresamente para dar una equivocada imagen de nuestro movimiento.

Como punto fundamental del carácter revolucionario del Nacionalsocialismo ha estado siempre y sigue estando para nosotros el rechazo frontal de cualquier clase de política de compromiso y/o coalición, pues toda coalición sólo puede servir a los intereses del sistema (y orden) establecido, el sistema de la explotación capitalista, y por lo tanto contrario a la libertad nacional.

Se nos muestra según la esencia del Nacionalsocialismo y su tarea, la realización de la Revolución Alemana, que es simplemente imposible elevar la consigna de “entremos en el Estado”, al cual todavía no hace dos años, con los “Cascos de Acero”, hemos combatido con toda la crudeza de la voluntad revolucionaria.

La decisión de la dirección del partido de llevar a cabo una coalición con partidos burgueses en Thüringen, ha sacudido con fuerza nuestra fe en que nuestra idea de la esencia y tarea del Nacionalsocialismo, que tanto en el programa como en la actividad del partido fueron expresados hasta ahora, puede seguir siendo sostenida. Nuestros reproches fueron dejados sin respuesta por la dirección. En ello se ha situado el NSDAP en la misma situación que el SPD tras el 1918, cuando tomaron la decisión de ir junto a los enemigos de su voluntad político-económica, acabando con ello, forzosamente, traicionando sus metas originales. Con implacables consecuencias se ha realizado en el NSDAP la misma línea de traiciones a los fundamentos, como se muestra en su rebaja de los impuestos a particulares, el aumento de los alquileres y otras muchas políticas realizadas en Thüringen.(10*)

 La objeción de que el peligro de la persecución estatal obligue a tamaños sacrificios de las convicciones, no es sólo inexacta, como la prohibición en Baviera y en Prusia muestran, sino socava ante todo el carácter y el valor del movimiento, pues con este argumento de la cobardía toda traición puede quedar cubierta. Mientras que para nosotros toda táctica debe encontrar su fin en los fundamentos, la dirección del partido ha abandonado cada vez más a menudo y en cada vez aspectos más decisivos las cuestiones esenciales del Nacionalsocialismo por consideraciones tácticas.

Junto con el aburguesamiento del partido ha venido también un creciente caciquismo que ha acabado por tomar formas estremecedoras. No sólo los llamados altos dirigentes de las SA sino, en creciente medida, también los funcionarios políticos del partido se han desarrollado según su actitud y su forma de vida de un modo, que se encuentra en contradicción tanto con las leyes internas de nuestro movimiento revolucionario como con las mínimas exigencias de un carácter honrado. La -entre tanto- casi general dependencia material directa o indirecta de los funcionarios del partido y su líder, ha dejado aparecer una tamaña atmósfera de indignidad, que hace virtualmente imposible la reivindicación de cualquier opinión independiente; asimismo ha llevado las cosas a un estado de corrupción material e ideal, que no se puede conseguir ayuda sin el apoyo de toda la organización (estructura) del partido. Los numerosos desacuerdos y problemas con los conflictos personales dentro del partido tienen aquí su más profunda y esencial causa.

Este desarrollo que nosotros aquí observamos con creciente preocupación, en los campos de fundamentos, tácticas y organización del partido, nos ha visto en cada hora del los últimos años como los primeros, profundos y severos enemigos y denunciantes. Los cinco años de “cartas nacionalsocialistas” (nationalsozialistischen Briefe), dan aquí un claro testimonio, tanto en la opinión personal como expresada, que hemos tomado sin consideración a las presiones y tentaciones llegadas desde arriba. En ninguna hora hemos tomado en cuenta la posibilidad de variar nuestros posicionamientos por motivos oportunistas, y en numerosas ocasiones nos hemos encontrado ante la cuestión de si debíamos tomar una manifestación pública de nuestra disconformidad con la dirección del partido en sus duros choques con la esencia del Nacionalsocialismo.

El que no hayamos hecho esto hasta el día de hoy se debe a que la dirección del partido no había renegado del programa de los 25 puntos abiertamente, y también porque confiábamos en que el espíritu revolucionario que vive sobretodo en los militantes base de las SA podría vencer sobre las actitudes de una dirección caciquista.

Esta esperanza se ha hecho vana con el último acto de voluntad de la dirección del partido.

A través de una carta de Adolf Hitler del 30 de Junio, el Gauleiter de Berlín fue forzado a llevar a cabo una limpieza sin contemplaciones de todos los “bolcheviques de salón” del partido.

Junto con esta exhortación fue decretada la exclusión de todos los militantes reconocidos o sospechosos de ser socialistas revolucionarios.

Con ello quedó pronunciado el definitivo divorcio del NSDAP con las metas y exigencias de una Revolución Alemana, y también de los puntos socialistas del programa original.

Como firmes, indoblegables, partidarios del Nacionalsocialismo, como ardientes luchadores de la Revolución Alemana, rechazamos este falseamiento del carácter revolucionario, de la Voluntad Socialista y de los fundamentos esenciales del Nacionalsocialismo y permaneceremos al margen del NSDAP convertido en ministerial, y siendo lo que siempre fuimos:

 

¡¡Nacionalistas revolucionarios!!

 

4 de julio de 1930

 

(1) Otto Johann Maximilian Strasser (10 de septiembre 1897 – 27 de agosto 1974). Político alemán del ala izquierda del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP). Mantenía posiciones más radicales que las de Hitler a quien consideraba demasiado moderado, en especial en su política económica complaciente con el capitalismo industrial. Propugnaba una revolución nacionalsocialista anticapitalista con factores socialistas estatizantes.

(2) Gregor Strasser (también Straßer) (31 de Mayo de 1892 – 30 de Junio 1934). Político alemán y Presidente del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) de 1923 a 1925, con motivo del encarcelamiento de Hitler a resultas del fracaso del golpe de estado de la cervecería Burgerbräukeller, en noviembre de 1923. Fue asesinado en Berlín durante la llamada "Noche de los cuchillos largos", donde se eliminó el ala Socialista del Partido, de la cual únicamente sobreviviría Joseph Goebbels, el cual tomó partido por Hitler.

(*3) Los "25 Puntos" constituyeron la base programática del Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP). Sin embargo, una vez que Hitler fue nombrado Canciller del Reich, su gobierno se alejó en diversos aspectos de lo que establecían dichos principios. En parte, ello se debió a necesidades tácticas, y en parte, a la imposibilidad de llevar a la práctica cada uno de los puntos en la forma que originalmente habían sido planteados. No obstante, es evidente que los "25 Puntos" poseían una clara y contundente orientación Socialista, que en la praxis fue menoscabada o al menos soslayada en muchos aspectos por el Tercer Reich. En ello, hubo adicionalmente razones de Estado que debieron anteponerse una vez que Francia, Inglaterra y EE.UU. (y a la postre, 156 países), le declararon la guerra a Alemania.

(*4) Alemania sólo tomó decidido partido por el movimiento independentista Hindú de Subhas Chandra Bose y Sri Asit Krishna Mukherji (el esposo de Savitri Devi), una vez en guerra contra Inglaterra.

El Movimiento Nacional hindú (salvo en las particularidades religiosas) fue muy semejante a los movimientos occidentales como el austríaco o alemán. Se constituyó a partir de los años veinte en torno a la Asociación de Voluntarios Nacionales (Rashtriya Swayamsevak Sangh, RSS), una asociación consagrada a "reforzar" y "fortalecer" a los hindúes frente a la minoría musulmana de aquel tiempo. A modo semejante del Movimiento Nacionalsocialista alemán de esa época, se estableció una red nacional de ramas locales que se reunían diariamente en sesiones de entrenamiento de artes marciales. Al entrenamiento paramilitar se le añadían los discursos ideológicos que no que eran la versión hindú del ideal nacionalsocialista del Kulturkampf (Lucha por la Cultura Nacional), que era coreado por fervorosos de militantes: "Hindu, hindi, hindustán" ("Un pueblo, una lengua, un país"). Había 25.000 ramas que agrupaban a más de dos y medio millones de seguidores.

(*5) El llamado "Pacto de Versalles" fueron condiciones ignominiosas y absolutamente injustas, impuestas por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial contra Alemania, por haber pedido el armisticio y dar término a la guerra.

(*6) Napoleón en su invasión de Alemania y su control de los Territorios del Rin creó pequeños estados, derechos y privilegios que sobrevivieron durante varios Siglos.

(7*) 17) "Exigimos la reforma de la propiedad rural para que sirva a nuestros intereses nacionales; la sanción de una ley ordenando la confiscación sin compensación de la tierra con propósitos comunales; la abolición del interés de los préstamos sobre tierras y la prohibición de especular con las mismas". Este punto afectaba directamente los intereses de los "Junkers" (la "nobleza" hereditaria alemana), que poseía enormes fincas improductivas. En la práctica, una vez que Hitler llegó al poder este punto no se aplicó con la fuerza requerida contra los "Junkers", aunque con otras medidas, sí se mejoró rápida y notablemente el nivel de vida de los campesinos.

(8*) Partido ultranacionalista y ultraconservador dirigido por un millonario.

(9*) Grupo paramilitar ultranacionalista generalmente formado por veteranos de la Primera Guerra Mundial y en parte ligado al DNVP.

El Espíritu de la Economía - Gregor Strasser


http://soldadosdeunaidea.blogspot.com.es/2015/06/el-espiritu-de-la-economia.html



Nosotros somos socialistas, enemigos mortales del sistema capitalista actual y sus modos económicos de explotación, con su injusticia del sistema de asalariados, con su inmoral valoración del ser humano según sus propiedades y riquezas en lugar de según su servicio y responsabilidad. Nosotros estamos decididos a destruir este sistema del modo que sea necesario.

Y respecto a esto, no es en absoluto suficiente el substituir  un sistema económico por otro – sino que lo que es absolutamente necesario por encima de todo es un absoluto cambio de mentalidad. La mentalidad que debe ser superada, es la mentalidad materalista. ¡Debemos alcanzar una mentalidad económica totalmente nueva! – un  pensamiento que se libere de los conceptos actuales, cuyas raíces se hallan en el dinero, la posesión, la rentabilidad y una falsa idea del éxito. Es característico del marxismo, el falso socialismo, que su orden de ideas sea exactamente el mismo que el del capitalismo, por ello los considero desde hace algunos años y ya para siempre a ambos unidos en espíritu, sólo diversos en su diseño. El Socialismo Nacional,  directamente originario de la vida orgánica,  destruye las mentirosas palabras de una teoría ajena al mundo así como también los conceptos sin vida de una moribunda civilización.

Nosotros debemos aprender, que en la economía de un pueblo la cosa no depende de la rentabilidad, ni del beneficio, sino  sólo y exclusivamente de la cobertura de las necesidades de cada uno de los miembros de ese pueblo. Ésta y no otra cosa es la tarea de la  economía de la Nación. Nosotros debemos aprender que los conceptos como “economía mundial” – “balanza de pagos” – “nivel de exportaciones”, son únicamente conceptos de una época que se apaga, que desde ya hace demasiado tiempo llevan hacia el absurdo, pues chocan directamente contra lo que hay de eterno en la vida orgánica, que ha nacido EXCLUSIVAMENTE  de especulaciones y no de la TIERRA.   También debemos aprender que es un engaño, cuando la producción especuladora crea necesidades artificiales, ficticias, mediante reclamos y estímulos – esto es una burla al trabajo de las personas y sus vidas.

La excitada avidez acrecienta las exigencias, las acrecentadas exigencias multiplican la esclavitud humana, la cual es una esclavitud mental que ha tomado posesión de la vida en el lugar del alma. ¿Qué saben todavía  los hombres actuales sobre lo que significa vivir? Ellos corren y se ajetrean, se torturan, se esfuerzan, se esclavizan como los remeros de las galeras – todo para llevar una vida cuya vacuidad, cuyo vacío, es indescriptiblemente cruel. Y la cuestión no es relativa al excedente (sobreproducción), tal y como afirma el marxismo, sino  al alma de las personas. Y la producción, la economía,  tiene aquí sólo una tarea: cubrir las necesidades económicas de cada persona del pueblo, y la negación de los bienes que sólo existen a causa de necesidades artificialmente creadas, con la negación también de la esclavitud de la  “Rentabilidad y Beneficio”.

¡Nosotros debemos aprender que el trabajo es más que la propiedad, que el servicio es más que el dividendo! Es la más funesta herencia del sistema económico capitalista, el que la medida del valor de todas las cosas sea el dinero, la propiedad, la posesión. El hundimiento, la disolución de los pueblos es la consecuencia directa del uso de esta falsa escala de valores, pues la elección según las propiedades es el enemigo mortal de la raza, de la sangre y de la vida auténtica. Nosotros nunca hemos dejado duda alguna en que nuestro socialismo nacional  rompe con  este privilegio de la posesión y que la liberación del trabajador alemán debe extenderse en  su  participación en la ganancia, su participación en la propiedad y su participación en el servicio. Pero significaría volver a usar la vieja vara de medir si lo dejásemos aquí y no se iniciara también la necesaria revolución de las mentes, que nos libere de la mentalidad del sistema materialista actual. Nosotros ponemos conscientemente  el valor del servicio por encima del valor de la propiedad, ¡el valor del servicio es el único valor que realmente reconocemos! Nosotros ponemos el servicio en el punto central y no los dividendos. ¡Del mismo modo consideramos que la responsabilidad es  la coronación de las aspiraciones humanas, nunca las riquezas o el lujo! Esta es la nueva cosmovisión, la nueva religión de la economía y con ella se establecerá el final del cruel gobierno del becerro de oro y las diferencias de los seres humanos y de los derechos – serán sólo las diferencias del servicio, diferencias en el grado de responsabilidad; diferencias, en fin,  que provienen de Dios y son sagradas.


Los 14 principios de la Revolución alemana

http://es.metapedia.org/wiki/Los_14_principios_de_la_Revoluci%C3%B3n_alemana

14 Principios


I
La Revolución alemana niega ante Dios y el Mundo la atadura que ha provocado la mentira de la culpabilidad de Alemania, que mediante la brutal tiranía de los "tratados de paz" de Versalles y St. Germain, e infatigable y fanáticamente lucha por todos los medios para la destrucción total de esta dictadura y todas las consecuencias que tienen su origen en aquellos.

II
La Revolución alemana proclama la libertad de la nación alemana en un Estado alemán fuerte, unificador de todos los pueblos de tronco alemán asentados en el territorio centroeuropeo. Estado que acogerá, de Memel a Estrasburgo, de Eupen a Viena, a todos los alemanes de la Madre Patria y de los territorios irredentos de alrededor, y que constituyen con su fuerza y capacidad la espina dorsal y el corazón de la Europa blanca.

III
La Revolución alemana renuncia desde este momento, a gobernar y expoliar pueblos y naciones extranjeras; sólo quiere, nada más y nada menos, su propio espacio vital para la joven nación de los alemanes, con el mismo derecho otros pueblos y naciones que reconocen la decisión de la guerra como una voluntad del destino.
IV
La Revolución alemana proclama que el único propósito del Estado es la unión de todas las fuerzas de la nación, una concentración de fuerzas para asegurar la vida y el futuro de esta nación, afirmando cada medio que para dicho objetivo precise, y destruyendo todo aquello que lo impida.

V
La Revolución alemana exige desde aquí, que se vertebre el más radical poder estatal central contra aquellas fuerzas que, de manera individual o simplemente por su propio empeño, obstaculicen dicha construcción, ya sean aquellas destructivos entes estatales, de índole partidista o confesionales.
La unidad del Estado de la nación alemana une a las crecientes fuerzas de la tierra y el pueblo, dirigiéndolas hacia una poderosa unidad.

VI
La Revolución alemana da campo libre a la libertad individual de las fuerzas que el denostado sistema liberal oprime, para que aquella pueda desarrollarse armoniosamente en el sentido adecuado para los objetivos estatales. Se procederá a crear un sistema vivo de representación sindical y corporativa, con responsabilidad personal de los dirigentes en vez del antinatural parlamentarismo en el que nadie tiene responsabilidades y se cede a una masa anónima.

VII
La Revolución alemana proclama la unidad de destino de la nación alemana. Está convencida de la obligación de convertirse en una comunidad de destino, no de necesidades, que precisa construir una comunidad del pan, y para ello dirigirá todas sus fuerzas en pos de dicho objetivo convencida de este principio fundamental: "Interés general antes que el interés particular".

VIII
La Revolución alemana rechaza, por tanto, el sistema económico individualista del capitalismo, y su derrocamiento es el primer objetivo que se impone la revolución alemana para su triunfo. Su identidad se reconoce por completo en el sistema corporativo del socialismo, en la que la medida exacta o la finalidad de toda la economía es, no ansiar la riqueza o las ganancias, sino la satisfacción de las necesidades de la nación.

IX
La Revolución alemana proclama, de esta forma, que la propiedad última de la tierra, el subsuelo y los recursos naturales, recae únicamente en la nación, y que los "titulares" no pueden ser sino considerados como mandatarios de la nación, con obligación de rendir cuentas, mientras que toda la nación tiene la obligación de defenderla.
X
La Revolución alemana proclama, bajo las mismas coordenadas, la participación colectiva de todos los productores en el beneficio y a la gestión de la economía nacional, sin que ninguna discriminación se pueda ejercer en razón de la función o de la responsabilidad desarrollada por cada uno. Reconoce el interés personal en la medida en que es motor de actividad humana, y lo incorpora para que coadyuve a la creación de bienestar general.

XI
La Revolución alemana no cree que el bienestar general se encuentre en la persecución de valores materiales ni en una elevación ilimitada del estándar de vida, sino en el retorno y el mantenimiento de un orden sano, el orden nacional, conforme a la voluntad divina y en la que la nación alemana pueda cumplir con el deber asignado por su destino.

XII
La Revolución alemana encuentra este deber en el pleno desarrollo del espíritu tradicional de su pueblo. En consecuencia, combate por todos los medios, contra los degeneradores de la raza, contra toda influencia cultural foránea, en pos de una renovación racial popular y por la cultura alemana. Lucha, en particular, contra el Judaísmo que, unido a las fuerzas supranacionales de la francmasonería y el ultramontanismo, dificultan premeditadamente la vida del espíritu alemán.

XIII
La Revolución alemana combate, igualmente contra el absolutismo del Derecho judeo-romano, por un Derecho alemán, cuyos ejes residen en el Ser y el Honor alemanes, afirmando y valorando las desigualdades de los hombres. El Derecho alemán reconoce como ciudadano únicamente al compatriota y como medida el bienestar general.

XIV
La Revolución alemana derribará la visión del mundo de la Gran Revolución francesa, y será el modelo del siglo XX.

Es nacionalista –contra la esclavitud del pueblo alemán- ; es socialista –contra la tiranía del dinero- ; es popular –contra la destrucción de la alma alemana-, y únicamente tiene en su meta en el bienestar de la nación.
Y en pos de esta voluntad colectiva de la nación, la Revolución alemana no se retirará de combate alguno, y ningún sacrificio por muy grande que sea le parecerá excesivo, ante ninguna guerra por sangrienta que sea, pues... ¡Esta Alemania debe vivir!

Ernst Jünger y el Trabajador


Por Alain de Benoist



http://eduardohernandonieto.blogspot.com.ar/search/label/J%C3%BCnger


Al evocar El Trabajador*, al mismo tiempo que la primera versión de Corazón aventurero, el ensayista Armin Mohler, autor de un manual que se ha convertido en un clásico sobre la revolución conservadora alemana (Die Konservative Revolution in Deutschland, 1918-1932. Ein Handbuch, 2ª ed., Wissenschaftliche Buchgesellschaft, Darmstadt, 1972)**, escribe: "Aún hoy, no puedo acercarme a estas obras sin sentir un cierta turbación". En otra parte, calificando a El Trabajador de "bloque errático" en el seno de la obra de Ernst Jünger, afirma: "Der Arbeiter es algo más que una filosofía: es una creación poética" (prefacio de Marcel Decombis, Ernst Jünger et la "Konservative Revolution", GRECE, 1975, p. 8). El término es apropiado, sobre todo si se admite que toda poesía fundadora es a la vez reconocimiento del mundo y revelación de los dioses. Libro "metálico" —estamos tentados de emplear la expresión "tempestad de acero"—, El Trabajador posee, en efecto, una trascendencia metafísica, que va más allá del contexto histórico y político en el que fue escrito. Su publicación no solamente ha marcado una fecha capital en la historia de las ideas, sino que constituye en la obra jüngeriana un tema de reflexión que no ha dejado de fluir, cual oculta vena, a lo largo de la vida de su autor.
I
Nacido el 29 de marzo de 1895 en Heidelberg (1), Jünger hizo sus primeros estudios en Hannover, en Schwarzenberg, en los Montes Metálicos, Braunschweig, de nuevo en Hannover, así como en la Schsrnhorst-Realschule de Wunstorf. En 1911, se adhiere a la sección de Wunstorf de los Wandervögel (2). Ese mismo año, publica su primer poema (Unser Leben) en el periódico local de aquella organización juvenil. En 1913, a la edad de 18 años, se fuga del hogar paterno. Objeto de su escapada: alistarse en Verdún a la Legión Extranjera. Algunos meses más tarde, después de una corta estancia en Argel y una fase de instrucción en Sidi-bel-Abbés, su padre le convence para volver a Alemania. Retoma sus estudios en el Gildemeister Institut de Hannover, donde se familiarizará con la obra de Nietzsche.
La primera guerra mundial estalla el primero de agosto de 1914. Jünger se convierte en combatiente voluntario. Ingresa en el 73º Regimiento de fusileros y recibe la orden de marcha el 6 de octubre. El 27 de diciembre parte para el frente de Champagne. Combate en Dorfes-les-Epargnes, en Douchy, en Monchy. Jefe de sección en agosto de 1915, alférez en noviembre, sigue a partir de 1916 un curso para oficiales en Croisilles. Dos meses más tarde participa en los combates de Somme, donde es herido dos veces. De nuevo en el frente, en noviembre, con el grado ya de teniente, es otra vez herido, esta vez cerca de Saint-Pierre-Vaast. El 16 de diciembre es condecorado con la Cruz de Hierro de 1ª clase. En febrero de 1917 es ascendido a Strosstrupp-führer, jefe de comando de asalto. Es el momento en el que la guerra se ha atascado, al tiempo que las pérdidas humanas adquieren una terrible dimensión. Del lado francés, se aprestan a la sangrienta e inútil ofensiva del Chemin des Dames. A la cabeza de sus hombres, Jünger se desliza por las trincheras y multiplica los golpes de mano. Escaramuzas incesantes, nuevas heridas: en julio, en el frente de Flandes, y también en diciembre. Jünger es condecorado con la Cruz de Caballero de la Orden de los Hohenzollern. Durante la ofensiva de marzo de 1918 continúa capitaneando a sus soldados en múltiples escaramuzas. Es herido una vez más. En agosto, nuevas heridas, esta vez cerca de Cambrai. Finaliza la guerra en un hospital militar, ¡después de haber sido herido catorce veces! Ello le vale la Cruz "Por el Mérito", la más importante condecoración del ejército alemán. Sólo doce oficiales subalternos de tierra, entre ellos el futuro mariscal Rommel, recibirán dicha distinción a lo largo de la primera guerra mundial.
"Sólo se vivía para la Idea"
De 1918 a 1923, Jünger, acuartelado en la Reichswehr de Hannover, comienza a escribir sus primeros libros impregnados de la experiencia que le ha aportado su presencia en el frente. Tempestades de acero (In Stahlgewittern), publicado en 1919 por cuenta del autor y reeditado en 1922, conocerá un gran éxito. Le seguirán La guerra como experiencia interior (Der Kampf als innere Erlebnis, 1922), El bosquecillo 125 (Das Wäldchen 125, 1924), Feuer und Blut (1925). No tardará Jünger en ser considerado como uno de los escritores más brillantes de su generación, como nos lo ha recordado Henri Plard ("La carrière d’Ernst Jünger, 1920-1929", en Etudes germaniques, 4/6.1978), incluso si apelamos a sus artículos sobre la guerra moderna publicados en la Militär-Wochen-blatt.
Pero Jünger no se siente cómodo en un ejército en la paz. Tampoco le tienta la aventura de los Cuerpos Francos. El 31 de agosto de 1923, abandona la Reichswehr y se matricula en la Universidad de Leipzig para estudiar biología, zoología y filosofía. Tendrá como profesores a Hans Driesch y a Felix Krüger. El 3 de agosto de 1925 se casa con Gretha von Jeinsen, de diecinueve años, que le dará dos hijos: Ernst, nacido en 1926, y Alexander, en 1934. Durante ese período, sus ideas políticas maduran en la misma dirección de la efervescencia que agita cualesquiera facciones de la opinión pública germana: el vergonzoso tratado de Versalles, del que la República de Weimar ha aceptado sin vacilar todas las cláusulas y al que sólo se aceptará como un insoportable Diktat. En el transcurso de unos meses se ha convertido en uno de los principales representantes de los medios nacional-revolucionarios, importante grupo de la Revolución Conservadora situado a la "izquierda", junto a los movimientos nacional-bolcheviques agrupados alrededor de Niekisch. Sus escritos políticos se inscriben en el período medio republicano (la "era Stresemann") que finaliza en 1929, tiempo de tregua provisional y de aparente calma. Jünger dirá más tarde: "Sólo se vivía para la idea" (Diario, t. II, 20.4.1943).
Sus ideas se expresaron primeramente en revistas. En septiembre de 1925, el antiguo jefe de los Cuerpos Francos, Helmut Franke, que acababa de publicar un ensayo bajo el título Staat im Staate (Stahlhelm, Berlín, 1924), lanza la revista Die Standarte, que trata de aportar una "contribución a la profundización espiritual del pensamiento del frente". Jünger pertenecerá a su redacción, en compañía de otro representante del "nacionalismo de los soldados", el escritor Franz Schauwecker, nacido en 1890. Die Standarte fue, en principio, suplemento del semanario Der Stahlhelm, órgano de la asociación de antiguos combatientes del mismo nombre (3) dirigido por Wilhelm Kleinau. Die Standarte tenía una tirada nada despreciable: alrededor de 170.000 lectores. Entre septiembre de 1925 y marzo de 1926, Jünger publica diecinueve artículos. Helmut Franke firma los suyos con el pseudónimo "Gracchus". La joven derecha nacional-revolucionaria se expresa allí: Werner Beumelburg, Franz Schauwecker, Hans Henning von Grote, Friedrich Wilhelm Heinz, Goetz Otto Stoffegen, etc.
En las páginas de Die Standarte, Jünger adoptará pronto un tono muy radical, distinto al de la mayoría de los adheridos al Stahlhelm. A partir de octubre de 1925, critica la tesis de la "puñalada por la espalda" (Dolchstoss) que habría supuesto para el ejército germano la revolución de noviembre (tesis casi unánime en los medios nacionales). Llegó incluso a subrayar cómo algunos revolucionarios de extrema izquierda fueron valerosos combatientes durante la guerra ("Die Revolution", en Die Standarte, n. 7, 18.10.1925). Afirmaciones de este tipo suscitaron vivas polémicas. La dirección del Stahlhelm se pone en guardia y decide distanciarse del joven equipo periodístico. En marzo de 1926 la publicación desaparece, para renacer al mes siguiente con el nombre abreviado de Standarte, con Jünger, Schauwecker, Kleinau y Franke como coeditores. En este momento, los lazos con el Stahlhelm no han sido aún rotos; los antiguos combatientes continúan financiando indirectamente a Standarte, publicado por la casa editora de Seldte, la Frundsberg Verlag. Jünger y sus amigos reafirman lo mejor de su voluntad revolucionaria. El 3 de junio de 1926 Jünger publica un llamamiento a la unidad de los antiguos combatientes del frente con el objeto de fundar una "república nacionalista de los trabajadores", convocatoria que no tendrá eco (4). En agosto, a petición de Otto Hörsing —cofundador de la Reichsbanner Schwarz-Rot-Gold, la milicia de seguridad de los partidos socialdemócrata y republicano—, el gobierno, tomando como pretexto un artículo sobre Rathenau aparecido en Standarte, cierra la revista durante cinco meses. Momento que Seldte aprovecha para relevar a Helmut Franke de sus responsabilidades. En solidaridad con Franke, Jünger se aparta del periódico y en noviembre, junto al propio Franke y a Wilhelm Weiss, inicia la edición de una nueva publicación titulada Arminius. (Standarte aparecerá hasta 1929, bajo la dirección de Schauwecker y Kleinau).
En 1927 Jünger marcha de Leipzig para instalarse en Berlín, donde establecerá estrechos contactos con antiguos miembros de los Cuerpos Francos y con medios de la juventud bündisch. Estos últimos, oscilando entre la disciplina militar y un espíritu de grupo muy cerrado, tratan de conciliar el romanticismo aventurero de los Wandervögel con una organización de tipo más comunitario y jerarquizado. Jünger traba una especial amistad con Werner Lass, nacido en Berlín en 1902, y fundador en 1924, junto al antiguo jefe de los Cuerpos Francos Rossbach, de la Schilljugend (movimiento juvenil con cuyo nombre se perpetua el recuerdo del mayor Schill, caído en la lucha de liberación frente a la ocupación napoleónica). En 1927 Lass se separa de Rossbach para fundar la Freischar Schill, grupo bündisch del que Jünger será mentor (Schirmherr). De octubre de 1927 a marzo de 1928 Lass y Jünger se asocian para publicar la revista Der Vormarsch, fundada en junio de 1927 por otro famoso jefe de los Cuerpos Francos, el capitán Ehrhardt.
"Perder la guerra para ganar la nación"
Durante este período, Jünger ha experimentado no pocas influencias literarias y filosóficas. La guerra, el frente, le ha permitido la misma triple experiencia de ciertos escritores franceses de finales del siglo XIX, como Huysmans y Léon Bloy, que desemboca en un cierto expresionismo que se deja percibir en La guerra como experiencia interior y, sobre todo, en la primera versión de Corazón aventurero, y en una especie de "dandysmo" baudeleriano en Sturm, obra novelesca de juventud, tardíamente publicada, que lleva claramente esta marca (5). Armin Mohler, en esta línea, ha parangonado al joven Jünger con el Barrès del Roman de l’énergie nationale: para el autor de La guerra como experiencia interior, como para el de Scènes et doctrines du nationalisme, el nacionalismo, sustituto religioso, modo de expansión y de reforzamiento del alma, resulta ante todo una opción deliberada, siendo el aspecto decisorio de esta orientación el que deriva del estallido de las normas, consecuencia de la primera guerra mundial.
La influencia de Nietzsche y de Spengler es evidente. En 1929, en una entrevista concedida a un periódico británico, Jünger se definirá como "discípulo de Nietzsche", subrayando el hecho de que éste fue el primero en recusar la ficción del hombre universal y abstracto, "rompiendo" dicha ficción en dos tipos concretos y diametralmente opuestos: el fuerte y el débil. En agosto de 1922 lee con fruición el primer tomo de La decadencia de Occidente y es en el momento de la publicación del segundo, en diciembre del mismo año, cuando escribe Sturm. Empero, como se verá, Jünger no se resignará ser un pasivo discípulo. Está lejos de seguir a Nietzsche y a Spengler en la totalidad de sus afirmaciones. El declive de Occidente no será, desde su punto de vista, una fatalidad ineluctable; hay otras alternativas a una simple aceptación del reino de los "Césares". Asimismo, retoma por su cuenta el cuestionamiento nietzscheano, que desea perfilar de una vez por todas.
La guerra, a fin de cuentas, ha sido la experiencia más impactante. Jünger aporta, en primer lugar, la lección de lo agónico. Ardor, nunca odio: el soldado que está al otro lado de la trinchera no es una encarnación del mal, sino una simple figura de la adversidad del momento. Jünger, por tanto, carece de enemigo (Feind) absoluto: ante sí sólo existe el adversario (Gegner), conformándose así el combate como "cosa siempre de santos". Otra lección es que la vida se nutre de la muerte y ésta de aquélla: "El saber más preciado que se ha aprendido en la escuela de la guerra, escribirá Jünger, en su intimidad más secreta, es indestructible" (Das Reich, 10.1930).
Para algunos la guerra ha sido entregada. Pero en virtud del principio de equivalencia de los contrarios, el desastre concitará un análisis positivo. La derrota o la victoria no es lo que más importa. Esencialmente activista, la ideología nacional-revolucionaria profesa un cierto desprecio por los objetivos: se combate, no para conseguir la victoria, sino para guerrear. "La guerra, afirma Jünger, no es tanto una guerra entre naciones, como una guerra entre razas de hombres. En todos los paises que han intervenido en la guerra, hay a la vez vencedores y vencidos" (La guerra como experiencia interior). Más aún, la derrota puede llegar a convertirse en el fermento de victoria. Y llega a pulsar la condición misma de esta victoria. En el epígrafe de su libro Aufbruch der Nation (Frundsberg, Berlín, 1930), Franz Schauwecker escribió esta estremecedora frase: "Era preciso que perdiéramos la guerra para ganar la nación". Recordaba, tal vez, esta otra de Léon Bloy: "Todo lo que llega es adorable". Jünger, por su parte, sostiene: "Alemania ha sido vencida, pero esta derrota ha sido saludable porque ha contribuido a la desaparición de la vieja Alemania (...) Era preciso perder la guerra para ganar la nación". Vencida por los aliados, Alemania pudo volverse hacia sí misma y transformarse revolucionariamente. La derrota debía ser aceptada con fines de trasmutación, de manera casi alquímica; la experiencia del frente debía ser "trasmutada" en una nueva experiencia vital para la nación. Tal era el fundamento del "nacionalismo de los soldados". Es en la guerra, dice Jünger, donde la juventud ha adquirido "la seguridad de que los antiguos caminos no llevan a ninguna parte, y que es preciso abrir otros nuevos". Cesura irreversible (Umbruch), la guerra ha abolido los vetustos valores. Toda actitud reaccionaria, cualquier deseo de marcha atrás es imposible. La energía de ayer era utilizada en luchas puntuales de la patria y por la patria, pero en lo sucesivo servirá a la patria bajo otra forma. La guerra, dicho de otro modo, suministrará el modelo de paz.
En El Trabajador, puede leerse: "El frente de la guerra y el frente del trabajo son idénticos" (p. 109). La idea central es que la guerra, por superficial y poco significativa que pueda parecer, tiene un sentido profundo. No puede ser aprehendida a través de una comprensión racional, sino que únicamente puede ser presentida (ahnen). La interpretación positiva que Jünger da de la guerra no está, contrariamente a lo que a menudo se ha dicho, esencialmente ligada a la exaltación de los "valores guerreros". Procede de la inquietud política de buscar cómo el sacrificio de los soldados muertos no debe ni puede ser considerado inútil.
A partir de 1926 Jünger hace varios llamamientos para la formación de un frente unido de grupos y movimientos nacionales. Al mismo tiempo, trata —sin mucho éxito— de señalarles el camino de una necesaria autotransformación. También el nacionalismo precisa ser "trasmutado" alquímicamente. Debe desembarazarse de toda vinculación sentimental con la vieja derecha y convertirse en revolucionario, dando fe del declive del mundo burgués, hecho que podemos observar tanto en las novelas de Thomas Mann (Die Buddenbrooks) como en las de Alfred Kubin (Die andere Seite).
Desde esta perspectiva, lo esencial es la lucha contra el liberalismo. En Arminius y en Der Vormarsch Jünger ataca el orden liberal simbolizado por el Literat, el intelectual humanista partidario de una sociedad "anémica", el internacionalista cínico al que Spengler apunta como verdadero responsable de la revolución de noviembre y propagador de la especie consistente en que los millones de muertos de la Gran Guerra han perecido para nada. Paralelamente estigmatiza la "tradición burguesa" que reclaman para sí los nacionales y los adheridos al Stahlhelm, esos "pequeños burgueses (Spiessbürger) que, favorables a la guerra, se han escabullido tras la piel del león" (Der Vormarsch, 12.1927). Ataca sin tregua el espíritu guillermino, el culto al pasado, el gusto de los pangermanistas por la "museología" (musealer Betrieb). En marzo de 1926 define por vez primera el término "neonacionalismo", que opone al "nacionalismo de los antepasados" (Altväternationalismus). Defiende a Alemania, pero la nación es para él mucho más que un territorio. Es una idea: Alemania es fundamentalmente aquel concepto capaz de inflamar los espíritus. En abril de 1927, en Arminius, Jünger se autodefine implícitamente nominalista: declara no creer en verdad general alguna, en ninguna moral universal, en ninguna noción de "hombre" como ser colectivo poseedor de una conciencia y derechos comunes. "Creemos, dirá, en el valor de lo singular" (Wir glauben an den Wert des Besonderen). En una época en que la derecha tradicional apuesta por el individualismo frente al colectivismo, o los grupos völkisch se recluyen en la temática del retorno a la tierra y a la mística de la "naturaleza", Jünger exalta la técnica y condena al individuo. Nacida de la racionalidad burguesa, explica en Arminius, la todopoderosa técnica se revuelve contra quien la ha engendrado. El mundo avanza hacia la técnica y el individuo desaparece; el neonacionalismo debe ser la primera tendencia en extraer estas lecciones. Es más, será en las grandes ciudades donde la "nación será ganada"; para los nacional-revolucionarios, "la ciudad es un frente".
Alrededor de Jünger se constituye el llamado "grupo de Berlín", en cuyo seno encontraremos a representantes de las diferentes corrientes de la Revolución Conservadora: Franz Schauwecker y Helmut Franke; el escritor Ernst von Salomon; el nietzcheano-anticristiano Friedrich Hielscher, editor de Das Reich; los neoconservadores August Winnig (al que Jünger conocerá en el otoño de 1927 por mediación del filósofo Alfred Baeumler) y Albrecht Erich Günther, coeditor —junto a Wilhelm Stapel— del Deutsches Volkstum; los nacional-bolcheviques Ernst Niekisch y Karl O. Paetel y, por supuesto, a su hermano y reconocido teórico Friedrich Georg Jünger. Friedrich Georg, cuyas posiciones tendrán una gran influencia en la evolución de Ernst, nació en Hannover el 1 de septiembre de 1898. Su carrera ha corrido pareja a la de su hermano. Voluntario en la Gran Guerra, participa en 1916 en los combates del Somme, alcanzando el empleo de comandante de compañía. En 1917, gravemente herido en el frente de Flandes, pasa varios meses en distintos hospitales militares. De regreso a Hannover, nada más concluir la guerra, y tras un breve paréntesis como teniente de la Reichswehr —1920—, inicia sus estudios de derecho, redactando su tesis doctoral en 1924. A partir de 1926 envía sus artículos regularmente a las revistas en las que colabora su hermano: Die Standarte, Arminius, Der Vormarsch, etc., y publica, en la colección "Der Aufmersch" dirigida por Ernst, un breve ensayo titulado Aufmarsch des Nationalismus (Der Aufmarsch, Berlín, 1926, prefacio de Ernst Jünger; 2ª ed.: Vormarsch, Berlín, 1928). Influido por Nietzsche, Sorel, Klages, Stefan George y Rilke, a quienes frecuentemente cita en sus trabajos, se consagrará al ensayo y a la poesía. El primer estudio que sobre él se publica (Franz Josef Schöningh, "Friedrich Georg Jünger und der preussische Stil", en Hochland, 2.1935, pp. 476 y 477) lo encuadró en el "estilo prusiano".
En abril de 1928 Ernst Jünger confía la sucesión a la dirección de la revista Der Vormarsch a su amigo Friedrich Hielscher (6). Algunos meses más tarde, en enero de 1930, se convierte junto a Werner Lass en el director de Die Kommenden, semanario fundado cinco años antes por el escritor Wilhelm Kotzde —que ejerció una gran influencia sobre los movimientos juveniles de ideología bündisch y de manera muy especial sobre la tendencia de este movimiento que evolucionará hacia el nacional-bolchevismo, representado por Hans Ebeling y, sobre todo, por Karl O. Paetel (7)—, colaborando al mismo tiempo en Die Kommenden, en Die sozialistische Nation y en los Antifaschis-tische Briefe.
Trabaja también para la revista Widerstand, fundada y dirigida por Niekisch a mediados de 1926. Ambos se conocerán en el otoño de 1927 estableciéndose una sólida amistad. Jünger escribirá: "Si se quiere resumir el programa que Niekisch desarrolla en Widerstand en una frase alternativa, esta podría ser: contra el burgués y por el Trabajador, contra el mundo occidental y por el Este". El nacional-bolchevismo, en el que por otra parte confluyen múltiples y variadas tendencias, se caracteriza de hecho por su idea de la lucha de clases a partir de una definición comunitaria, colectivista si se quiere, de la idea de nación. "La colectivización, afirma Niekisch, es la forma social que la voluntad orgánica debe poseer si quiere afirmarse frente a los efectos mortíferos de la técnica" ("Menschenfressende Technik", en Widerstand, n. 4, 1931). Según Niekisch, el movimiento nacional y el movimiento comunista tienen, a fin de cuentas, el mismo adversario, como los combates contra la ocupación del Ruhr han demostrado y es la razón por la que las dos "naciones proletarias", Alemania y Rusia, deben buscar un entendimiento. "El parlamentarismo democrático liberal huye de toda decisión, declara Niekisch. No quiere batirse, sino discutir (...) El comunismo busca decisiones (...) En su rudeza, hay algo de fortaleza campesina; hay en él más dureza prusiana, aunque no sea consciente de ello, que en un burgués prusiano" (Entscheidung, Widerstand, Berlín, 1930, p. 134). Tales posiciones impregnan a una facción nada despreciable del movimiento nacional-revolucionario. Jünger mismo, como muy bien ha captado Louis Dupeux (op. cit.), llegó a estar "fascinado por la problemática del bolchevismo", aunque no podamos considerarlo un nacional-bolchevique en sentido estricto.
Werner Lass y Jünger se apartan en julio de 1931 de Die Kommenden. El primero lanza, a partir de septiembre, la revista Der Umsturz, que hizo las veces de órgano de la Freischar Schill y que, hasta su desaparición, en febrero de 1933, se declarará abiertamente nacional-bolchevique. Jünger, sin embargo, está en otra disposición espiritual. En el transcurso de algunos años, utilizará toda una serie de revistas como muros donde encolar sus carteles —serán los autobuses "a los que uno se sube y abandona a su antojo"—, siguiendo una línea evolutiva eminentemente política. Las consignas formuladas por él no han obtenido el eco esperado, sus llamamientos a la unidad no han sido atendidos. Jünger acabará por sentirse un extraño en cualesquiera corrientes políticas. No hay más simpatía hacia el nacionalsocialismo en ascensión que para las ligas nacionales tradicionales. Todos los movimientos nacionales, explica en un artículo publicado en el Süddeutsche Monatshefte (9.1930, pp. de la 843 a la 845), ya sean tradicionalistas, legitismistas, economicistas, reaccionarios o nacionalsocialistas, extraen su inspiración del pasado y, desde esta perspectiva, son tan sólo movimientos a los que no cabe más que calificar de "liberales" y "burgueses". Entre neoconservadores y nacional-bolcheviques, entre unos y otros, los grupos nacional-revolucionarios no podrán imponerse. De hecho, Jünger ya no cree en la posibilidad de acción colectiva alguna (8). Así lo subrayará más tarde Niekisch en su autobiografía (Erinnerungen eines deutschen Revolutionärs, Wissenschaft u. Politik, Colonia, 1974, vol. I, p. 191), y Jünger, que ha pulsado suficientemente la actualidad, acaba por trazarse una vía más personal e interior. "Jünger, ese perfecto oficial prusiano que es capaz de someterse a la disciplina más dura, escribe Marcel Decombis, no podrá ya integrarse en colectivo alguno" (Ernst Jünger, Aubier-Montaigne, 1943). Su hermano que, a partir de 1928, ha abandonado la carrera jurídica, evolucionará de igual forma que Ernst. Escribe sobre la poesía griega, la novela americana, Kant, Dostoievski. Los dos hermanos emprenden una serie de viajes: Sicilia (1929), las Baleares (1931), Dalmacia (1932), el Mar Egeo.
Ernst y Friedrich Georg Jünger continúan publicando algunos artículos, principalmente en Widerstand (9). Pero el período periodístico de ambos acaba. Entre 1929 y 1932 Ernst Jünger concentra todos sus esfuerzos en nuevos libros. Es el momento de la primera versión de Corazón aventurero (Das abenteverliche Herz, 1929), el ensayo La movilización total (Die totale Mobilmachung, 1931) y El Trabajador (Der Arbeiter. Herrschaft und Gestalt), publicado en Hamburgo el año 1932, por la Hanseatische Verlagsanstalt de Benno Ziegler y que antes de 1945 llegará a conocer varias reediciones (10).

TRADICIÓN EN ERNST JÜNGER: MOMENTO CONSTITUTIVO, CUSTODIANTE Y DEFENSIVO


Manuel Fernández Espinosa


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En la lengua alemana hay dos términos para nuestra palabra "tradición": "Überlieferung" y "Tradition". Por lo común, los términos se emplean indistintamente, a excepción de algunos casos como el que constituye el uso filosófico que le dio Martin Heidegger. Cuando Heidegger se refiere a la "tradición" con el vocablo "Tradition" lo hace identificando esa "tradición" con una particular tradición filosófica occidental, la que -según Heidegger- ha olvidado la pregunta por el ser: "La tradición (Tradition) llega a hacer olvidar totalmente tal origen" -dirá Heidegger en "Sein und Zeit". Sin embargo, "Überlieferung" (tradición/transmitir/entregar) lo emplea para expresar algo más dinámico y decisivo: "Si todo "bien" es hereditario y el carácter de los bienes radica en el hacer posible la existencia propia, entonces se constituye en el "estado de resuelto", en cada caso, la tradición de una herencia".

Aunque no es momento de internarse en la filosofía heideggeriana, sería oportuno indicar que lo que Heidegger llama "estado de resuelto" es el más peculiar modo de ser de la existencia auténtica frente a la existencia inauténtica y gregaria. Heidegger rechaza la "Tradition" consistente en ese corpus acumulado a lo largo de la filosofía occidental, pues esa "Tradition" acarrea consigo "que con todo su historiográfico interés y todo su celo por una exégesis filológicamente "positiva", el "ser ahí" ya no comprende las condiciones más elementales y únicas que hacen posible un regreso fecundo al pasado en el sentido de una creadora apropiación de él".

Esa "Tradition", para Heidegger, obtura el acceso al origen, pero la "Überlieferung" nos permite el retorno al origen "reapropiándonos" de él.

Sin llegar a establecer tan sutiles distingos como los que marca la filosofía heideggeriana, podemos decir que Ernst Jünger llega a conclusiones similares. La tradición (Tradition/Überlieferung: nosotros no vamos a diferenciar entre ambos vocablos germanos) no puede ser un afán museístico, sino que tiene que ser algo dinámico -tal y como lo habían entendido nuestros pensadores tradicionalistas (Vázquez de Mella, v. gr.) Para hacernos cargo del dinamismo de la auténtica tradición (y no de la tradición entendida como "museísmo" o veneración de fósiles) el mismo Jünger nos ofrece un pasaje digno de reflexionar:

"La historia es la tradición que un poder victorioso se otorga a sí mismo. Así es como las familias romanas retrotraían su origen hasta los semidioses y así es como habrá de escribirse una historia nueva a partir de la figura del trabajador".

("El Trabajador. Dominio y figura".)

La tradición es algo dinámico, el sujeto de la tradición no permanece pasivo como un recipiente que acoge lo que le dan las generaciones anteriores, sino que ejerce una labor activa en cuanto que, al valorar lo recibido, rechazará algunos elementos heredados y acogerá otros. No es, por lo tanto, un mero recibir, sino más bien un reelaborar lo recibido y otorgárselo a la misma comunidad como fuente de legitimación.

Esto que puede parecer algo complicado de comprender es lo que hemos visto a lo largo de toda la historia, Jünger pone el ejemplo de los romanos que remontaban sus ancestros a los semidioses: el mito es así una fuente de legitimación. En la España de nuestros días basta pensar en lo que se ha hecho con el mito de las Tres Culturas, se ha reinventado todo un pasado mítico de convivencia idílica entre judíos, musulmanes y cristianos y, a partir de esa reinvención, inspirada en Ámérico Castro y otros, se ha desfigurado no sólo el pasado histórico de España, sino su presente y su futuro. Es obvio que a los poderes fácticos poco importa la verdad de sus teorías, ni siquiera la solvencia intelectual de los artífices de esas teorías que se reapropian para configurar nuestro pasado, nuestro presente y nuestro porvenir. Américo Castro era filólogo y no puede llamársele historiador, pero eso poco importa: lo que les importaba a las elites que divulgan la teoría de Américo Castro hasta haberla hecho hegemónica no era el amor por la verdad, sino la construcción de todo un discurso que disolviera la identidad histórica de los verdaderos españoles en aras de la multiculturalidad, ahogando la identidad hispánica; y hasta tal punto que los hay hoy -tras muchas décadas de machacar con este absurdo del triculturalismo- que, descendientes de cristianos viejos, todavía se piensan descender de moriscos o judíos.

Volviendo a Jünger, digamos que éste se ocupó de reflexionar sobre nuestro tema en un texto que tituló "La Tradición", publicado originalmente en la revista Die Standarte (El Estandarte), revista de los Stahlhelm (Cascos de acero), en 1925. En dicho ensayo breve, el Mago de Wilflingen nos dice: "La persona singular no se halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente en el espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible, también en el tiempo. La sangre de los padres late fundida con la suya, él vive dentro de reinos y vínculos que ellos han creado, custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta es la obra que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe transmitir con dignidad. El hombre del presente representa el ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre pasado y el hombre futuro."

Las tres acciones que se relacionan con la Tradición son "crear", "custodiar" y "defender". La Tradición tiene, por lo tanto, un momento "creador" (preferimos llamarlo "momento constituyente") y, para que se prolongue en el tiempo, se requiere una permanente "labor custodiante" y, llegado el caso, una decidida "disposición defensiva". Lo que he llamado, glosando el pasaje de Jünger, "labor custodiante" podría confundirse con lo que he denominado "disposición defensiva": custodiar es, en un sentido amplio, defender; pero considero muy conveniente que estos dos verbos no los entendamos aquí como equivalentes, pues en lo que atañe a la "labor custodiante" habría que pensar en todo lo que comporta de actitud vigilante la conservación de una tradición. Ésta ha de ser vigilada, custodiada, para evitar que se relajen sus portadores y se desvirtúe y corrompa la misma tradición, mientras que en la "disposición defensiva" hablaríamos más bien de toda acción, intelectual o armada, conducente a preservar la tradición de cuantos enemigos pugnen por hostigarla o destruirla. Hay que ejercer, por lo tanto, la "custodia", salvaguardando que los mismos que participan de la tradición la puedan desviar por caprichos o incurias, pero también hay que estar dispuesto a defender la tradición contra cuantos -propios o extraños- quieran destruirla.

La custodia de la tradición no es impedir a todo trance cambios en lo accidental, para ello Jünger nos propone el ejemplo de un edificio que puede cambiar con el tiempo. Esta metáfora arquitectónica la traslada más tarde a la organización política, no olvidemos que es el año 1925 cuando Jünger escribe este ensayo que comentamos:

"Ayer teníamos un imperio, hoy tenemos una república… mañana tendremos acaso de nuevo un imperio, y pasado mañana una dictadura. Cada una de estas figuras guarda, como invisible heredad, más o menos oculta en la profundidad de su lenguaje de formas, el contenido de aquello que es pasado; cada una de ellas tiene en cambio el deber de ser en todo y por todo ella misma, porque sólo así será alcanzada la plena valoración de la fuerza."

Lo que hay que custodiar de la tradición es el modo de ser propio, una ética y una estética, una moral y un estilo propios que se han perpetuado a lo largo de siglos hasta tal punto que (válgannos estos ejemplos) podemos reconocer como hispánica la defensa de Numancia lo mismo que la de Baler, o la del Alcázar de Toledo. Es por ello por lo que Jünger demanda a sus compatriotas que prescidan -si es menester- de lo exterior, pues "la ostentación de formas externas de la tradición, propia de la actual juventud, [es] lo que constituye la señal de una falta de fuerza interior."

Y reclama imperativamente: "No vivamos en un museo, sino en un mundo activo y hostil. No es tradición reavivada aquélla que el viejo soltero ostenta pintada sobre la propia cajetilla de cigarros, o aquélla exhibida en el adorno blanco y negro estampado sobre cada cenicero y sobre los tirantes. Esta no es sino propaganda en el sentido deteriorado, como, igualmente, formas de propaganda de pésimo gusto son en gran medida nuestros desfiles, las celebraciones conmemorativas y las jornadas de honorificación: empalagoso kitsch, bueno sólo para conquistar a algún simpatizante."

Pues, en lo interior es donde tiene que mantenerse la tradición, a salvo de la violación del enemigo, pues la tradición no es algo antiguo, que nos gusta más o nos gusta menos, sino que es cuestión de vida o muerte, por eso exhorta a los alemanes a ser "todo aquello que sois":

"Sed en todo y para todo aquello que sois; entonces vuestro futuro y vuestro pasado vivirán en el punto de apoyo ardiente del presente y en la más auténtica alegría de la acción. Tendréis entonces la verdadera tradición viviente y no sólo su centelleante reflejo, el cual podría proyectarse en cualquier sala de cine ciudadana."

A título de recapitulación podemos terminar concluyendo:

-A diferencia de la lengua alemana, en castellano no disponemos de dos vocablos para la palabra "tradición". Podríamos hablar de "transmisión" o, ya lo veremos en su momento, de "entrega". No tenemos que compartir la diferencia que marca Heidegger entre "Tradition" y "Überlieferung", pues lo que Heidegger identifica como la "Tradition" (la metafísica occidental y el olvido del ser que ésta entraña) son cuestiones particulares de la filosofía y, en concreto, de la filosofía de Heidegger, pero sí que podríamos advertir que no son pocos los que confunde la "tradición" con actitudes meramente pasivas, en el mejor de los casos de veneración por la antigüedad, mientras que conviene tener muy claro que la tradición es algo muy distinto: es activa. Aquí vendría bien recordar la parábola de los talentos, cuando Jesucristo nos presenta al que guardó y no arriesgó como el peor de todos aquellos que recibieron algo; pues el sentido exacto de la tradición sería ese mismo, no conformarse con enterrar lo que se nos ha entregado, sino hacerlo correr, hacerlo vida.

-La tradición reapropiada (expeliendo de ella cuanto estorbe en el presente para conquistar el futuro) es, como dice Jünger, la fuente de una legitimidad del poder y acomoda la historia a sus conveniencias, suprimiendo de ella todo cuanto atenta al ser de la comunidad que vive la tradición y la transmite.

-La tradición es acción: ha sido constituída, instituida en el pasado (la podemos instituir nosotros para el futuro), pero hay que custodiarla para impedir que, bajando la guardia, se malogren las conquistas de todo tipo que ha permitido esa tradición. La tradición hay que defenderla de sus enemigos: de todos cuantos, formando parte de la comunidad, la denigran, adulteran o pugnan por tacharla: con su "traición" ponen en peligro a la comunidad que es la que es gracias a esa tradición. También hay que defenderla contra los ajenos que nos quieren imponer sus propias "tradiciones" extrañas: nocivas y mortíferas para la comunidad.

-Es en el interior donde hay que conservar celosamente la tradición, la exhibición externa de la misma no es mala, siempre y cuando no se confunda con una actitud superficial que vacía el sentido auténtico de lo que se es.