Moeller van der Bruck y la Revolución Conservadora
https://adversariometapolitico.wordpress.com/2012/11/24/moeller-van-der-bruck-y-la-revolucion-conservadora/
http://foster.20megsfree.com/380.htm
Moeller nació en Solingen en 1876 y murió en 1925, tras manifestar escepticismo hacia Hitler y a su movimiento (“Ese tipo nunca llegará lejos”…). En realidad fue el padre del “conservadurismo revolucionario”. Traductor de las obras de Dostoyevsky al alemán y autor, entre otros, de “El estilo prusiano” y “El derecho de los jóvenes pueblos”, Moeller es, con mucho, el intelectual de esta corriente más leído; sus obras no caen en la complejidad sorprendente de Spengler, ni en lo iniciático de Keyserling y difiere tanto en tratamiento como en temática de Salomon o Junger, pero fue quien supo calar mas hondo en el corazón de los “jóvenes nacionalistas” y darles un cuerpo doctrinal coherente y global del que sin él difícilmente hubieran podido dotarse. A su muerte su pensamiento fue recogido por el grupo “Tat” (“Acción”), dirigido por Eugen Rosentok, que fue derivando hacia un “comunismo nacional” sin demasiada audiencia.
En 1919 Moeller fundó el “Juniklub” (que más tarde sería sustituido por el “Herrenklub”), que se definió como “corporativo, socialista, antioccidental y nacionalista”. Entre sus miembros se encontraba Hans Grimm, autor de “Pueblo sin espacio”, título suficientemente significativo, y Heinrich von Gleichen, que más tarde dirigiría el “Herrenklub”. Por sus salas dieron conferencias los hermanos Strasser, Oswald Spengler y el futuro canciller Brüning. Pero la obra cumbre de Moeller fue el libro titulado “El Tercer Reich”, que auguraba aquello que Hitler llevó a la práctica.
Aparecido poco tiempo después de “La Decadencia de Occidente”, el libro de Moeller está dedicado en parte a refutar algunas de las tesis de Spengler. A la ineluctable decadencia spengleriana, Moeller opone la “voluntad inagotable de los pueblos” que puede superar cualquier estado de decadencia, la cual dependerá de la integridad o no de esa voluntad. De ahí que se empeñe en resucitar el nacionalismo alemán como antídoto contra la decadencia. “El nacionalismo alemán quiere mantener Alemania porque constituye, como “País del medio” (Mitland), el único fundamento sólido del equilibrio europeo”. Tal como lo concibe Moeller, el nacionalismo alemán tiene una misión planetaria que es lograr la unificación de Europa. Ahí está la tarea “revolucionaria” del estilo prusiano, realizar la unidad europea (Moeller tenia en sus venas sangre de muchas naciones, su abuela era española y su madre holandesa) y al mismo tiempo su tarea “conservadora”, el preservar ese estilo. Tal como la concibe Moeller, Europa unida sólo es concebible bajo el dominio alemán, y para esto se apoya en tesis geopolíticas y en la situación continental de Alemania como “mitland”. La unidad europea deberá pues pasar por una Alemania fuerte. A este “europeismo” (un tanto sui generis) Moeller lo llama “supernacionalismo orgánico y organizador”.
Alemania no es para Moeller una nación occidental, sino oriental. Desprecia Occidente y lo que significa, especialmente lo que significa después de la revolución francesa, opone el germanismo a la latinidad y ve en Arminuis y en la victoria del bosque de Teotoburgo sobre los romanos, la victoria de lo instintivo sobre la razón. Cabe decir que su noción de la latinidad parecía más influida por el neo-clasicismo francés que por la latinidad misma. Es precisamente en Francia y en Inglaterra en las naciones que ve los gérmenes de la desintegración moderna: dominadas por las logias masónicas, fue en estas dos naciones en las que más hondo caló el liberalismo, el escepticismo y el racionalismo, la secularización y el oportunismo masónico especialmente. Las logias prepararon el cerco de Alemania en 1914 y con ella la desintegración del Reich. Una política exterior en el futuro deberá basarse en la amistad hacia Rusia y en el sometimiento de Alemania y Francia. Rusia… allí ha triunfado el comunismo, en una nación oriental el comunismo se presenta como una importación occidental que esclaviza y domina la voluntad y el afán de servicio del espíritu ruso. El marxismo es una continuación del liberalismo, pero mientras que éste se limita a proclamar una formal igualdad de derechos, el marxismo habla de igualdad económica y unión proletaria internacional. Ambos textos-origen, el manifiesto comunista y el Contrato Social, son igualmente abstrusos y utopistas.
Frente a todo esto surge el III Reich, según la concepción que Moeller se elabora. Es preciso una revolución conservadora: “Alemania debe ganar su revolución reencontrando el secreto de su tradición y de su destino”, La estructura del III Reich debe ser un “socialismo nacional” es decir, un socialismo en el marco nacional alemán con la integración nacional de los jefes de la economía y de los ejecutores de la misma. Cada socialismo pertenece a un pueblo, cada pueblo tiene el derecho de su propia concepción del socialismo. Cada nación tiene el deber de establecer la justicia por su cuenta y la conciencia alemana dará lugar a un socialismo joven, corporativo militarista y arraigado en el suelo alemán. Un orden orgánico jerarquizará al pueblo de forma natural. El proletariado será nacionalizado (puesto al servicio de la nación). La forma de Estado no debe contemplar el dilema de “monarquía” o “república”: una elite verdadera, nacida de un pueblo verdadero, tiene derecho a dirigir el Estado fiel a su tradición. El futuro jefe será elegido por el pueblo alemán y existirán distintos cuerpos orgánicos: federales (regiones), políticos (de participación) y económicos (corporaciones). Más importante que la forma de estado es la elite que está al frente de ese estado, que habrá de nacer ante todo de una revolución espiritual (es decir, que modificará la conciencia del proletariado y de la comunidad popular). Quizás sea en el pensamiento de Moeller en donde se intuye por vez primera la noción de “revolución cultural”, La revolución de la que habla tendrá como función elevar el espíritu creador de las masas en general.
Tal es, a grandes rasgos, la construcción ideológica que se hace Moeller, audaz,. intuitiva, sorprendente, más allá del pangermanismo y del internacionalismo. A partir de 1930, sus temas fueron recogidos de forma ordenada por el Grupo “Tat”, hasta 1933. Con el subtítulo de “revista destinada a la elaboración de un nuevo régimen”, los hombres de “Tat”, al igual que Jünger y Moeller, rechazaron el activismo político y se dedicaron a la elaboración de un marco espiritual e intelectual para la resurrección de Alemania. Adolf Hitler ya se ocupaba de lo otro…
“Der konservative Führergedanke” o la dimensión conservadora del poder según Moeller
La idea conservadora del guía del pueblo se basaría en la exigencia moelleriana de un jefe que sea de origen conservador y no proletario; esto es, en la necesidad de que su procedencia no pueda ser ni de la masa, ni las clases popular o media. El director de los asuntos de Estado, debe tener un origen conservador; esto es, celoso de su innata aptitud para el mando: al mismo tiempo posee el sentido de lo concreto, la altura de miras y la indiferencia necesaria frente a los acontecimientos, a lo que hay que añadir la cualidad de depositario de la experiencia de las generaciones pasadas. Es decir, los requisitos que hacen de una persona un jefe nato. El único problema consiste en desplazar a los jefes conservadores que, según Moeller, pueden provenir de las viejas clases dirigentes o incluso de las clases asimiladas. Cuando Moeller piensa en una cosa así, en realidad se está refiriendo a la necesidad de la presencia triunfal de los nuevos líderes -a los que llama “trabajadores intelectuales”- y a la intelligentzia-a la “derecha” intelectual- a quienes considera dignos de la dirección del país. Este origen social del “Führer” -“el hombre que viene de lo alto”- aleja la idea moelleriana del nacional-socialismo, y más teniendo en cuenta que Hitler es, tomando prestada una expresión de J. Monnerot, “un hombre venido desde abajo” que, si no era de extracción popular, al menos pertenecía a la pequeña burguesía. Las diferencias saltan a la vista: un proyecto conservador para un jefe conservador, frente a un proyecto incierto -y seguimos utilizando la fraseología de Monnerot- para un hombre surgido del caos y que, con absoluta certeza, es un revolucionario en el sentido que instaurará un nuevo orden político y social: revolución intelectual y moral -nihilismo, antisemitismo, reforma agraria-; revolución social -sustitución de antiguas por nuevas elites-, y revolución económica -anticapitalismo-.
En efecto, a diferencia de la “revolución” nazi el proyecto moelleriano se nos muestra como sustancialmente conservador, aunque de una forma no exenta de singularidad: se propone aportar una solución al problema de las masas, frente a las que, por otra parte, el conservadurismo estaba enfrentado desde finales del siglo XIX. La solución que pretende es resueltamente conservadora, en la medida en que trata de encontrar un modo de estabilizar a las masas proletarias. Si su proyecto se hubiera realizado, probablemente habríamos llegado a un sistema sui generis:una dictadura conservadora nacional-popular con analogías con el nacional-socialismo, pero probablemente no exenta de diferencias esenciales; esto es, socialmente conservadora, manteniendo en su lugar a las antiguas elites conservadoras y los valores que le son propios -el orden, la autoridad, la personalidad, la jerarquía, la propiedad, etc.-, y en la que el nacionalismo y el imperialismo hubieran alcanzado su máxima expresión aunque, en contrapartida, el racismo habría sido excluido -el sistema moelleriano, sin duda, se habría asemejado más al fascismo que al nacional-socialismo. Pero su doctrina no pudo llevarse a la práctica al no haber encontrado unas elites predispuestas, ya que éstas se habían desmovilizado a partir de 1920, ni con unas masas receptivas, a las que con anterioridad se había enfrentado y que, por descontado, habían permanecido fieles a sus partidos. En contrapartida, otras elites movilizaron a otras masas, con lo que -salvando todas las distancias, incluida la temporal- el proyecto moelleriano se manifiesta como una utopía conservadora fuera de la historia.
La idea de “Führer”, en consecuencia, define perfectamente el empeño moelleriano, al que situaremos entre el conservadurismo que desea modernizarse y adaptarse a la era de las masas, y el nacional-socialismo, con el que converge con respecto a los métodos a emplear. En cierta forma, Moeller da un sentido distinto del concepto “Revolución Conservadora”: es revolucionario como consecuencia de los métodos y el marco histórico en el que está inmerso y conservador en lo que atañe a la meta perseguida. He ahí por qué dentro del debate acerca de las denominaciones -que van desde “pseudoconservador” a “prefascista” o incluso a “teórico conservador del fascismo” (Petzold)-, nosotros nos inclinemos por la de neoconservador, la cual, desde nuestro punto de vista, hace justicia a dicho intento de modernización del conservadurismo. Intento que, sea como fuere, se justifica al menos por la pretensión de métodos inéditos para el conservadurismo de la época, métodos que lo emparientan con el nacional-socialismo -la idea de parentesco nos parece más apropiada que la de paternidad- y que, en todo caso, lo vuelven en su contra por reducción al absurdo.
Con relación al nacional-socialismo o, para emplear el concepto genérico, con relación al fascismo, no creemos que podamos considerarlo fascista en su sentido histórico. ¿Prefascista entonces? A decir verdad, no puede preceder al fascismo dado que éste último constituye una realidad que le resulta ajena, distinta en su esencia y -mientras no haya prueba en contrario- ya existente en el momento en que Moeller concibe su proyecto neoconservador y, por consiguiente, contemporáneo. Habría que situarlo, por tanto, junto al fascismo, con el que comparte algunas peculiaridades: estaríamos ante una suerte de parafascismo.
Moeller estaría así a caballo entre el conservadurismo y el fascismo. De ahí su ambigüedad manifiesta, ambigüedad que viene del latín ambiguus,que significa justamente “entre dos”.
Bibliografía:
1) VV.AA. Sobre la Konservative Revolution. Ed. Nueva República. 2000.
2) VV.AA. Thule: La cultura de la otra Europa. Ed. Bausp. 1979.
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